Un poema de Rachel Zucker

 

Rachel Zucker por Montse Bernal.

Rachel Zucker por Montse Bernal.

 

 

Frases largas para ahuyentar el suicidio

 

 

          ves que se puede vivir sin que se haya sobrevivido

—Carolyn Forché

o

podría seguir teniendo hijos lo que ayuda un poco (duele

mucho) ya que durante mucho tiempo todo es un

mantén-vivo-al-bebé                                                       o me

podría encerrar más en mí misma recogiendo

los hechos cotidianos hacia adentro dentro para pero así

queda menos espacio

si la línea sale demasiado corta

ahoga

demasiado tiempo—no soy la primera en haberme engañado ni la primera en sentir

que hay algo [—cuelga—] atravesado en mi garganta que no quiere bajar

el jueves en la guarde

hago tortitas con el curso de preescolar de Abram y él eligió a Ami

y la maestra escogió a Luna y Derek lloraba y lloraba y entonces

dejé que midiera la harina porque no paraba de decir

¿es tu mamá? ¿Tu mamá? ¡Quiero mucho a tu mamá! era raro

así que le di mantequilla y un cuchillito romo, deseando que al maestro

no le importase y después me enteré de que la madre de Derek

había muerto en las torres

 

cuando lo dijeron dejé de respirar y de creer que soy

una buena madre por seguir con vida

 

 

            ¿tú qué piensas? me pregunta Joan, ¿es mejor morirse ahora o cuando

eran bebés y no iban a saber qué se perdían? Casi dije mejor cuando eran bebés

pero. no es cierto. cada libro de antes de dormir. cada cucharada de potito.

plátano. después de lavarse los dientes. cómo lo sostuve (con una sábana del hospital,

sujeto) mientras el imbécil del doctor preocupado porque le ensuciara la camisa

le cosía el labio reventado, y cuando yo le iba quitando la afición a la mantita y a la teta

y a los pañales y a dar mordiscos y a dar patadas y a desabrocharme la camisa

en público de pronto y a saltarse fuera de la cuna y a ponerse de pie en el metro

sin agarrarse— es, digo, mejor

                                                                                                         morirme ahora  

o

cuando llegue a una edad

(¿qué edad?) y crea que ya puede digerirlo—¿lo haré,

soltarme?

 

si logro encontrar el color justo en mi estudio tal vez entonces no necesite quedarme

en el fondo de la sinagoga y perderme de nuevo el shofar este año

pero no es el bueno, demasiado claro, primaveral. gris verdoso en vez de gris

o verde. no es amarillo. no azul. no va a funcionar he hecho esto

¿a propósito? ¿escogí el color del interior de una semilla que nunca debería haber abierto?

 

…en donde está mi aliento…

 

apenas puede oírse por encima del tecleo de mi pensamiento el por qué

estoy obsesionada con colores de pintura y las cualidades de las estaciones

objetos materiales estoy loca tan perezosa tenaz, imparable, nadie es capaz de aguantarlo

lo llaman pensamiento negativo cíclico ese constante fijarse en uno mismo

¿voy bien ahora? ¿y ahora? ¿ahora mejor? ¿peor, ahora?

por encima de la bien merecida carga narcisista, por encima del zumbido

de cuántas personas vivas ahora y ahora cuántas muertas. Llevo sin leer

el New York Times cuatro años y un mes pero no me ha servido de nada

 

¿o acaso estaría

peor?

 

cada roce es demasiado pero imperceptible ¿será quizás la fiebre de algún sitio?

gente que muere más rápido de lo que escribo poemas

 

 

cuando mis alumnos quieren escribir poemas

me dan ganas de decirles esperad a que se muera todo el mundo

 

en vez de eso les digo: el poema debe contener una sorpresa y necesita imágenes

            y ¿dónde están las cosas? El mundo real tiene valor. un pez

en un bidón lleno de peces. un pájaro en una bandada.

 

¿era un róbalo?

¿una urraca azul?

 

Vamos, hostia, ya, es indiferente si eran «rocas» o eran «piedras» lo que Virginia puso en los bolsillos

de su camisola, para abajo, tirando de ella hacia abajo, con los objetos del mundo

 

 

Eso que no tienen los alumnos

casi ha acabado conmigo.

 

Mi hijo tiene una pesadilla. llora tiene miedo de decírmelo.

luego me cuenta cómo mucha, mucha gente,

entró por la noche en su cuarto a todos les faltaba

algo: un ojo, un brazo, una pierna, una cabeza,

sabía quiénes eran por la voz

y lo que decían no era bueno

 

Tengo de todo. hasta un trabajo.

un hijo. un hijo. cuadernos que no tengo manera

de pasar

 

¿Por qué, me pregunta mi hijo, hay que

                       decir algo si ves algo?

señalando a un póster en el que hay un bulto negro

abandonado en el andén del metro. intento

respirar pero me está preguntando y señala. digo: los pájaros

                       no tienen dientes y se tienen que comer

piedras pequeñas, chinas, arena para triturar la comida. Y

asiente. Me coge de la mano.

 

Hago un esfuerzo tan grande para no mostrarle

mi visión del mundo que casi no consigo respirar. Le he dado

un hermano quiero darle otro y nunca

le cuento que hay cosas

y cosas que explotan y no es fácil saber

diferenciarlas. Lo dejo en la escuela, voy a clase,

donde los alumnos dicen una cosa y dicen

una cosa y rara vez ven algo.

 

Me pregunto

¿qué pasa si la bolsa negra está llena de no-bombas. llena de

semillas lisas y alargadas, suaves al tacto, cada una

conteniendo un bebé humano? ¿Me tragaré

una?

 

Esta mañana, a solas,

estoy escuchando música para no escuchar

la explosión

cuando la haya es seguro que tarde o temprano va a haberla

(hoy un aviso)

cada instante aún

por explotar, gasear o infectar,

todavía no es contagioso, ¿debería

no bajar al metro? pregunto y mi marido:

ya te ha bajado el ánimo

bastante. reímos los dos.

 

En clase dice un alumno, vivir en una gran ciudad está muy bien porque

abre tu mente y eso está muy bien porque así eres más culto.

                      

Así que aquí estoy, con 8.168.388 personas.

 

Buenos días, no le digo a nadie, tengo un ataque de pánico. Y

depresión. No, en realidad no me pasa nada pero gracias por el clínex. A veces

El metro lo dispara. El autobús. El ascensor. Los espacios pequeños. La

aspiradora. El hilo musical. Cosas dentro de otras cosas al igual que yo, una muñeca rusa,

fijándose en que todos llevan máscaras mientras no se tome las pastillas.

 

Me gustan las frases cortas, dice un alumno.

Me gustan los poemas sin imágenes, dice un alumno.

Quería que todo pareciera muy superficial, dice un alumno.

No dijiste que tuviera que ser algo interesante, dice un alumno.

Quiero que me pregunten si me gusta mi trabajo.

 

Quiero que me expliquen por qué puse una bolsa grande de explosivos

en mi paladar e intenté tragarla cuando lo único que hacía era

intentar mantenerme con vida, con terror de que mis hijos vieran mis ausencias,

y cómo es que la policía no intenta detenerme

y mis vecinos del metro abiertos de mente sonríen con dulzura

mientras nos abalanzamos y les digo a mis hijos abalanzados no, debéis seguir, seguir, a

cada momento podría acabarse, de pronto, terminar

antes de tiempo, debo

seguir.

 

 

 

 

(Museum of Accidents, Wave Books, 2009.)

 

 

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Rachel Zucker (Nueva York, 1971) es autora de varios libros de poesía, entre los que destacan The Pedestrians (Wave Books, 2014) y Museum of Accidents (Wave Books, 2009), que resultó finalista del National Book Critics Circle Award y fue declarado uno de los mejores libros de poesía de 2009 en el Publishers Weekly. Su obra ha sido recogida en varias selecciones, entre ellas la de Best American Poetry (2001), y merecido varios premios relevantes (el Salt Hill, deliberado por C.D. Wright, y el Center for Books Arts, por Lynn Emanuel). Además, ha publicado un memorial (MOTHERS, Counterpath Press, 2013) sobre su relación madre-hija con diversas mujeres, y es coeditora de dos antologías, Women Poets on Mentorship: Efforts and Affections (2008) y Starting Today: 100 Poems for Obama’s First 100 Days (2010). En 2012 recibió una beca del National Endowment for the Arts.

Tras graduarse en psicología en Yale y obtener un MFA de poesía en Iowa, ha ejercido como profesora en Fordham University y en la New York University. Actualmente complementa ese trabajo con sus labores como doula y educadora para el parto.

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