El cuerpo de las aristas: Feminismos e intersecciones a través de los versos de Ron Coste Lewis

 

Fotografía de Michael Sedano.

 

 

¿Dónde quedan las aristas, las intersecciones, cuando hablamos de feminismos y de poesía hoy en día? Para construir una genealogía de voces de mujeres resulta primordial fragmentar la mirada y hurgar a fondo en la historia de las identidades, poner en entredicho un sistema que históricamente ha colocado unos cuerpos en un lugar de privilegio con respecto a otros, también dentro de las mismas teorías feministas. Subvertir el canon significa, entonces, también investigar desde lugares culturalmente más lejanos y deconstruir el discurso mediante una reinterpretación radical de los hechos históricos.

En este sentido se mueve Voyage of the Sable Venus, el debut poético de Robin Coste Lewis, galardonado con el Premio Nacional del Libro de 2015 en la categoría de poesía. A través de una prosa poética con un ritmo vibrante, la autora, una docente universitaria afroamericana, medita sobre la figura de las mujeres negras a lo largo de los siglos con una voz fresca, valiente y penetrante. Desde los primeros versos del poema que abre el libro, Plantación, se puede palpar la atrevida y, a la vez necesaria, misión de la poeta, que indaga sobre cuestiones como raza, género y deseo, en una continua metamorfosis de los personajes, desconcertando por completo al público lector y dejándolo sin ningún referente fijo. De esa forma, a lo largo del libro, dinamita los estereotipos sobre las mujeres negras también en el arte y, en especial modo, en el sistema cultural occidental y colonial. Se trata, sin duda, de una lectura que ofrece nuevas visiones sobre la historia y el cuerpo y que no dejará a nadie indiferente.

 

***

 

 

Voyage of the Sable Venus de Robin Coste Lewis, Knopf, 2015.

 

PLANTACIÓN

 

Y luego una mañana nos despertamos

abrazados sobre el suelo desnudo de una inmensa jaula.

 

Para hacerte feliz, decoré los barrotes.

Puesto que nunca pasaste hambre, sabía

 

que podía decirte que la parte negra

de mi familia tuvo esclavos.

 

Supongo que esa es la razón

por la que te quiero: porque te lo conté

 

y, a pesar de ello, querías besarme.

Nos reímos cuando dije plantación,

 

y nos hundimos en las sillas cuando dije caña.

Había dedos en el suelo

 

y los cuerpos rotos de mujeres

devastadas por los caballos

 

durante la Inquisición.

Dijiste, ¡No me lo puedo creer!

 

Cada cierto tiempo pasabas de ser

 un antílope revoltosa

 

a una de esas jóvenes mestizas: con coletas,

cuero, ojos que tejen telarañas, implorando

 

por ensalada de huevo y budín de plátano.

O de repente te convertías en la madre de la chica,

 

alejándote de ti mismo.

Puesto que mi cabeza entera estaba cubierta

 

por una rebosante colmena, creías

que no me habría dado cuenta. Pero lo hice. Lloré miel.

 

Y luego tenías catorce años, y te había crecido

una gloriosa polla bajo la falda. Para presumir

 

te restregaste sobre mí. Y tu lengua acabó

dentro de mi boca, quise decir

 

Por favor, antes pregunta, pero era tu

lengua, así que, de repente, ¿a quién  

 

le importaban tus pésimos modales?

Teníamos libros y una catarata

 

precipitaba en un rincón.

Nunca reconocí que no podía

 

recordar lo que

me dijiste aquella vez, esas tiernas palabras

 

que dijiste no debería olvidar nunca.

En cuanto las pronunciaste, las olvidé.

 

Me pregunto si creías que estábamos perdidos.

No estábamos perdidos. Éramos la pérdida.

 

Y, mientras tanto, solo podía pensar

en las infinitas maneras en las que habría deseado

 

comerte. Como ser

devorado puede hacer llorar a alguien. Y esperaba

 

que te gustase el sabor fresco y agradable

del jugo de la caña. Acercaste

 

mi hueso púbico hacia ti. No te dije

sigue roto, no te dije

 

aún sigue aquella fractura. Dolía,

pero me quedé en silencio porque te veía sonreír.

 

Dijiste, los barrotes son preciosos, cariño,

luego restregaste tu pata trasera sobre mí.

  

 

 

VERANO

 

 

El verano pasado dos jóvenes y discretas serpientes dejaron su piel

en mi pequeño porche, dos mañanas seguidas. Siendo

 

ahora postmoderna hice como si no la hubiera visto

o como si no entendiera lo cíclico que sabía que estaba ocurriendo

 

dentro de mí. En cambio, cada hora le decía a mi hijo

que parara con su incesante manía de contestarme mal. Pelé

 

un plátano. Y maldije a Dios –Su arrogancia,

Su insolencia- por seguir esperando nuestra devoción

 

tras crear el amor. Y los mosquitos. Le enseñé

a mi hijo la piel muerta y acartonada para que él también

 

supiera cómo se siente una cuando algo aparece

ante tu puerta –dos veces- para decirte lo que ya sabías.

 

*

 

PLANTATION

 

And then one morning we wake up
embracing on the bare floor of a large cage.

 

To keep you happy, I decorate the bars.
Because you had never been hungry, I knew

 

I could tell you the black side
of my family owned slaves.

 

I realize this is perhaps the one reason
why I love you: because I told you this

 

and you still wanted to kiss
me. We laughed when I said plantation,

 

fell into our chairs when I said cane.
There were fingers on the floor

 

and the split bodies of women
who’d been torn apart by horses

 

during the Inquisition. You’d said
Well I’ll be damned!

 

Every now and then, you’d change
from a prancing black buck

 

into a small high yellow girl: pigtailed,
patent leather, eyes spinning gossamer, begging

 

for egg salad and banana pudding.
Or just as quickly you’d become the girl’s mother, pulling

 

yourself away from yourself.
Because my whole head was covered

 

with a heaving beehive, you thought I didn’t
notice. I noticed. I cried honey.

 

And then you were fourteen, and you had grown
a glorious steel cock under your skirt. To brag

 

you rubbed yourself against me. Then your tongue
was inside my mouth, and I wanted to say

 

Please ask me first, but it was your tongue,
so who cared suddenly

 

about your poor manners?
We had books and a waterfall

 

was falling in the corner.
I didn’t tell you I couldn’t

 

remember what that thing was you said
to me once, that tender thing you’d said

 

I should never forget.
The moment you said it, I forgot it.

 

I wondered if you thought we were lost.
We weren’t lost. We were loss.

 

And meanwhile, all I could think
about was the innumerable ways

 

I would’ve loved to have eaten you. How
being devoured can make one cry. And I hoped

 

you liked the pleasant taste
of juiced cane. You pulled

 

my pubic bone toward you. I didn’t
say It’s still broken; I didn’t tell

 

you, There’s still this crack. It was sore,
but I stayed silent because you were smiling.

 

You said, The bars look pretty, Baby,
then rubbed your hind legs up against me.

 

 

SUMMER

 

Last summer, two discrete young snakes left their skin

on my small porch, two mornings in a row. Being

 

postmodern now, I pretended as if I did not see

them, nor understand what I knew to be circling

 

inside me. Instead, every hour I told my son

to stop with his incessant back-chat. I peeled

 

a banana. And cursed God—His arrogance,

His gall—to still expect our devotion

 

after creating love. And mosquitoes. I showed

my son the papery dead skins so he could

 

know, too, what it feels like when something shows up

at your door—twice—telling you what you already know. 

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