Jenn Díaz, 26 años. Escritora.

Las trece rosas

Las trece rosas

Yo también construí mi hogar en nido extraño y también obedezco a la persistencia de la vida. Mi vida me quiere escritor y entonces escribo. No es una elección: es una íntima orden de batalla.

— Clarice Lispector

¡Mamá, quiero ser Christine de Pizan!

 

Christine de Pizan se casó con quince años y enviudó con veinticinco. Tenía tres hijos y talento. Y también el valor y el coraje de querer, de llegar siquiera a plantearse la posibilidad de sacar adelante a los tres primeros con lo segundo ¡en el año 1400! Así se convirtió en la primera escritora profesional, capaz de vivir gracias a su propia literatura. En una época en la que la palabra reina era la de Aristóteles y en que la mujer era un varón pero imperfecto, incompleto, Christine de Pizan da respuesta a todos los hombres de su sociedad —y lo hace a través de los libros que escribe en su estudio. ¿Dónde se refugia Christine de Pizan para poder escribir lo que se tiene que escribir, como decía María Zambrano? No en la habitación propia que tiempo después reclamaría Virginia Woolf, sino un paso más allá, un atrevimiento: en una ciudad que ella misma construye y que es de las mujeres, en la que se refugian aquellas que destacan por sus méritos, ya sea en la mitología, en la biblia, ya sean santas o personajes históricos. En La ciudad de las mujeres Christine de Pizan es una más: se trabaja colectivamente, se busca la libertad, se está a la altura porque la altura es la del mortal.

«Si fuera costumbre mandar a las niñas a la escuelas e hiciéranles luego aprender las ciencias, cual se hace con los niños, ellas aprenderían a la perfección y entenderían las sutilezas de todas las artes y ciencias por igual que ellos pues aunque en tanto que mujeres tienen un cuerpo más delicado que los hombres, más débil y menos hábil para hacer algunas cosas, tanto más agudo y libre tienen el entendimiento cuando lo aplican.»

Es probable que este mismo discurso sea, todavía hoy, poco asumible por parte de cierta población. Los que crean que exagero, que busquen todo lo que esté relacionado con la misoginia y lo que muchos consideran misandría —cuando no es otra cosa que la excusa perfecta para volcar toda su ira sobre la mujer. Sí, no es tan fácil: ni ser mujer ni ser escritora ni, mucho menos, serlo profesionalmente. Es más fácil, si queremos ser precisos, mucho más fácil ser Christine de Pizan hoy en día, pero no completamente fácil. Pizan consiguió lo que hoy ni siquiera consiguen muchos hombres, con el camino fácil que se les presupone y que tampoco es tal: sacar adelante a su familia escribiendo, ser una escritora de profesión, ganar dinero por aquello que sabe hacer. Y lo que sabía hacer no era solamente la poesía, sabía hacer la poesía y sabía hacer la revolución: con la Querella de las mujeres se respondía a todo aquel que considerara que la mujer, por sí misma, era inferior.

«Ha llegado el momento de que las severas leyes de los hombres dejen de impedirles a las mujeres el estudio de las ciencias y otras disciplinas. Me parece que aquellas de nosotras que puedan valerse de esta libertad, codiciada durante tanto tiempo, deben estudiar para demostrarles a los hombres lo equivocados que estaban al privarnos de este honor y beneficio. Y si alguna mujer aprende tanto como para escribir sus pensamientos, que lo haga y que no desprecie el honor sino más bien que lo exhiba, en vez de exhibir ropas finas, collares o anillos. Estas joyas son nuestras porque las usamos, pero el honor de la educación es completamente nuestro.»

Pero hoy las niñas no quieren ser Christine de Pizan, porque el discurso de Aristóteles es mucho más sutil, imperceptible —la inferioridad femenina se discute menos, porque se diluye más. Hoy las niñas no quieren, mamá, ser Christine de Pizan: creemos, las niñas, que ya estamos allí, del otro lado, en un lugar a salvo como la ciudad de las mujeres en el que destacaremos por nuestros méritos igual que las diosas o las santas. Nos recreamos en la precariedad, en los gobiernos, en las nuevas reformas; nos quedamos en la superficie de las cosas, nos quedamos en los Aristóteles de nuestra época, y para ser Christine de Pizan antes hay que profundizar un poco, encontrar un pensamiento propio y alzarlo no sólo por encima de los hombres, sino de los dioses —para ser Christine de Pizan, mamá, primero hay que ser nada. 

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