Hemos venido a adoctrinaros, el resultado nos da igual

 

El activismo feminista olvida, en ciertos ámbitos, para qué se ha creado y, sobre todo, para quién. A veces, la lucha o el mensaje feminista crean abismos que separan a la persona formada en igualdad de género de la que no lo está.

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Un golpe que no lleva a nada, no hiere el corazón del rival como era su destino, sin contar

además que se puede a tontas y a locas herir a uno de los testigos del combate.

BAUDELAIRE

La lucha feminista, en la mayor parte de los casos, es una lucha constante. Siendo quisquillosos, podríamos aplicar algún sermón en todos los ámbitos de nuestro día a día y a casi todas las personas con las que hablamos durante 24 horas. Cada feminista tiene un punto de vista y una experiencia que contar. Cualquier cosa que digamos será añadir, sumar, aportar algo nuevo. Pero, ¿estamos hablando de feminismo de manera plural? ¿Sabemos adónde nos dirigimos y qué queremos decir o lanzamos siempre el mismo discurso porque creemos que si lo repetimos muchas veces tendrá más fuerza?

Los mensajes, feministas o no feministas, deben tener en cuenta el público al que van dirigidos. Parece algo obvio, no debemos hablar de la misma manera sobre feminismo, o sobre problemas que afectan al género femenino, a una mujer de 70 años, que apenas si cae en la posibilidad de divorciarse de un marido al que ya no quiere, que a una chica de 12 criada en la Era de Internet  que está siendo víctima de violencia machista a través de su móvil. Por poner ejemplos. La cosa se complica si vamos a ciertos estratos sociales que no tienen tan accesible la información sobre igualdad o, concreta y especialmente, a las personas que más nos interesa que aprendan sobre igualdad y feminismo: quienes lo ejercen.

El primer obstáculo lo encontramos en el propio término “feminismo” o “feminista”. En una discusión con una amiga mía, ella siempre me preguntaba por qué habíamos elegido —las feministas— una palabra tan fea —feminismo— para nuestra lucha. En muchas ocasiones, cuando las personas feministas salimos de nuestros ámbitos de discusión (los que me gusta llamar “la burbuja elitista feminista”, después de leérselo a mi amiga Begoña en un grupo de Facebook), gastamos más tiempo explicando a la gente que “feminismo no es lo contrario a machismo”, cómo y por qué se han inventado términos como “feminazi” o “hembrismo” y que las mujeres también pueden ser machistas y los hombres, víctimas del machismo. Si gastamos horas en explicar esto, ¿cómo queremos explicarle al panadero de nuestro barrio cuestiones como la sororidad, la intersexualidad, la violencia obstreticia, la teoría queer, o conceptos, quizá, relativamente complejos para gente que no está formada en feminismo?

Nno hace falta irse tan lejos. Hablando con esta amiga a propósito de este artículo, me dijo que ella ve “un abismo tremendo” entre el feminismo activista y el resto de mujeres. Lorena comenta que hay una gran parte de la sociedad que tiene una visión muy violenta y radical del feminismo, “hay mujeres que se sienten ofendidas por según qué acciones feministas, que crean una distancia inquebrantable entre feministas y mujeres no machistas más conservadoras. En general, creo que no se comprende el feminismo y me preocupa que no se consigan sus metas por problemas de comunicación”.

Caminando por una de las calles de mi antiguo barrio, un tipo de unos 40 años me dijo algún tipo de “piropo”, no demasiado de mal gusto. Me paré y le pregunté que qué me había dicho y, después de una larga conversación que me dejó muy frustrada, concluimos que “no a todas las chicas les gusta que les digan cosas por la calle, pero a otras sí”. Le dije que no andamos por la calle para deleite de los demás, sino simplemente andamos, y me contestó que qué bien que alguien se tome la molestia de fijarse en nosotras y decirnos una palabra bonita. Le pregunté qué le parecía que le digan esas cosas a su hija y me dijo que siempre que fueran cosas bonitas, su hija, que es bien agradecida —no como yo—, se sentiría alagada. Le dije que las chicas tenemos miedo porque no sabemos la intención de los hombres por la calle y me dijo que él no estaba haciendo nada malo, que un piropo es algo bonito. Así, en bucle. ¿Tiene algún efecto que pasemos horas hablando con los señores de la calle que nos dicen “cosas bonitas” para intentarles explicar algo que, por lo que parece, se les escapa?

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La adaptación del mensaje

Con todo esto, he preguntado a algunas chicas si ellas creen que es importante adecuar el mensaje feminista al público al que se dirige. Muchas me han contestado que no hacen feminismo para educar a los hombres, sino para educar a las mujeres. Iratxe tiene 29 años y es activista. Me ha comentado que prácticamente todo el activismo que hace está destinado a liberar a las mujeres, a estar bien y a ganar confianza. “La acción activista debe tener una doble cara, pedagogía, sí, pero también darnos autocuidados: pensar en una misma. El feminismo debe ser hacia dentro y hacia fuera de una misma. Muchas veces haremos cosas para ayudar a otras y nos sentiremos útiles por ello, pero nuestras acciones no serán menos eficaces por ayudarnos solamente a nosotras mismas a sentirnos mejor, aunque nadie pille el mensaje”. Si el mensaje no llega a ser entendido por su destinatario, “es porque no quieren entender, no creo que tengamos la culpa las emisoras del mensaje. Lo tienen que hacer ellos si es que quieren y si no quieren entender, tendremos que pensar en nosotras mismas”.

No todo el mundo tiene por qué hacer el mismo tipo de lucha y está claro que Iratxe no quiere hacer activismo para los hombres, sencillamente porque “ellos seguirán siendo machistas, solo entienden el miedo. Quizá ellos lo que entienden es la violencia. Debemos tener en cuenta que no siempre hablamos con personas que usen la lógica o con personas que estén dispuestas a hacer algo por cambiar, les da igual lo que digas, que les digas que también eres humana y que por eso mereces respeto. No lo van a entender. Hay gente que lo único que entiendes son las hostias, el miedo y las armas”.

Cuando le pregunté a Candela, una estudiante metida en asociaciones, si cree que el mensaje feminista a veces no llega bien a su público porque no se emite de manera adecuada, ella también pensó en los hombres. “Me importa una mierda que un hombre no entienda mi mensaje”, me dijo, “no hago feminismo para educar a machirulos”. Me llamó la atención que la mayor parte de las chicas con las que he hablado dijeran que no les interesa si el mensaje llega a los hombres o no. Sin embargo, Candela sí defiende que es importante saber con quién estamos hablando al emitir cualquier mensaje, sea feminista, político o de cualquier tipo, lo que se debe cambiar es la forma.

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A la hora de hablar sobre feminismo, sea con quien sea, “debe tenerse en cuenta cómo se habla a quién, tenemos que tener en cuenta qué sabe de feminismo de antes, pero no debemos cambiar el contenido”, me decía Candela por nota de audio. Uno de los principales problemas es que la gente poco familiarizada con la teoría de género suele tener una idea bastante negativa de lo que es el feminismo, por lo que uno “debe saber dónde se mete antes de empezar a hablar sobre el tema o intentar hacer pedagogía para no generar rechazo”, me matizaba Candela. Cuando usamos un vocabulario demasiado específico, la gente suele sentirse atacada, “se crea un abismo entre la persona feminista y la persona que no lo es”, volemos a ver el concepto del “abismo”. Si hablas con un vocabulario que la otra persona no entiende, generas desconfianza e inseguridad porque no te entiende, sobre todo con algunos conceptos muy complejos con los que cuenta el feminismo. Si no consigues que te entienda, para ella tus argumentos no tienen validez. En otras ocasiones, cuando intentas hacer cambiar de opinión a una persona con una idea preconcebida muy fuerte con argumentos que no entiende, tiende a ponerse a la defensiva, como suele pasar cuando hablas de feminismo con los hombres”.

En algunos ámbitos de “la burbuja elitista feminista” encontramos a personas muy politizadas y que cuentan con acceso a la teoría o formación feminista. En algunas ocasiones, esta élite es la encargada de emitir los mensajes a la población en general, creando asambleas, colectivos, cursos, talleres, colaborando en medios y eventos, creando conciertos o yendo a institutos para hablar con adolescentes. Cuando pregunté a Teresa, de 27 años y muy implicada con el activismo feminista, sobre este tema, me comentó que está “bastante quemada con algunos aspectos de algunos colectivos feministas porque hacen precisamente lo contrario de lo que se supone que deben hacer. A veces, el feminismo da la sensación de ser para grupitos muy selectos, algo burgués, algo elitista. Muchas veces te acercas a colectivos y parece que te están haciendo un favor, cuando supuestamente están ahí para eso, para dar información a la gente sobre lo que es el feminismo. Parece que les molesta que la gente no tenga acceso a la información”.

Candela también confiesa haber visto este tipo de situaciones en ambientes feministas, “el objetivo del feminismo es que el mensaje cale porque si no de qué sirve. Normalmente, las personas que no son asertivas con las demás porque no tienen mucha idea de qué es el feminismo y olvidan que lo normal y lo más extendido es que la gente, las mujeres, no tengan apenas formación en feminismo, precisamente, porque al patriarcado no le interesa que lo tengan. No deben olvidar que todas hemos empezado sin saber y en algún momento hemos decidido empezar a formarnos”.

Iratxe opina que el mensaje feminista no está hecho para todas las mujeres “pero no creo que sea culpa de las feministas, sino del background de la persona no feminista. Se puede allanar, suavizar el mensaje y hacer feminismo para dummies¸ pero creo que hasta que entiendan ciertas cosas, habrá alguien que tenga paciencia y se lo quiera explicar, siempre que la otra chica ponga algún interés”.

Pero, ¿el entorno feminista se preocupa de la gente que no tiene formación? Candela cree que si no nos interesamos por lo que sabe la gente que tiene menos formación, nunca sabremos qué está pasando y qué es lo que más hace falta. Me quedo con una reflexión de Lorena, con quien comenzaba el artículo, y la hago mía “sé que es un tema muy emocional, y con razón, pero quizá ayudaría a la comunicación hacerlo desde un punto de vista menos emocional y más centrado en las metas que queremos conseguir, y cómo queremos que sea la sociedad en que buscamos vivir”.

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