Las mujeres trans en el arte no cuentan con los medios sociales para generar arte en conjunto o comunidad sin pasar antes por algún tipo de subordinación

 

 

 

Collage de Duna Haller.

 

 

La artista Duna Haller explica que ser mujer en el mundo del arte “es formar parte de una cuota, tu forma de sentir no encaja en la definición establecida de lo que es el arte”, ser mujer trans “es no contar con los medios que cuentan otras mujeres, para nosotras no existe ni funciona la herramienta cis de la sororidad, se nos aísla y somos menos”.

 

Duna Haller (seudónimo de Duna Torres Martín) tiene 22 años, vive en Coslada y además de ser estudiante de Ingeniería de Telecomunicaciones, en la especialidad de Imagen y Sonido, es poeta (http://davidiamartinsaornil.blogspot.com.es), música (https://dunahaller.bandcamp.com), artista multidisciplinar y activista transfemenina. Duna cuenta que no puede vivir sin escuchar música, ver Buffy Cazavampiros y sin aprender cada día sobre teoría y praxis política anti-opresiva, gracias a lo cual siempre se mantiene activa en redes sociales y en su blog (http://dunaruiditos.blogspot.com.es/), donde traduce y genera recursos de transfeminismo.

Este año ha publicado con Reflector su segundo poemario ‘Desierto’ (http://librosreflector.blogspot.com.es/2016/12/desierto-de-duna-haller.html), que comenzó a escribir cuando tenía alrededor de 15 años, cuando todavía “no sabía de qué estaba escribiendo”. Algunos de esos poemas “son como una catarsis de cosas que he tenido que superar para descubrir mi género y las consecuencias que tenía mi género en cómo me trataba mi entorno. Van sobre procesos que sólo entiendo racionalmente ahora, al leerlo, ya que fue un proceso de necesidad, tenía que sacar esas cosas de mí. Ha sido cerrar una etapa. Ha sido darme cuenta de que ahora, lo que tengo que ofrecer ya no viene del dolor que genera que nadie sepa quién soy, sino del dolor que nace de saberlo”.

Duna empezó en el arte a los seis años cuando una profesora “me dijo que no sabía estar callada y que era básicamente una inútil, para arreglarlo mis padres me metieron a clases de piano. Desde entonces he seguido haciendo cosas”. Su proceso de creación está inspirado por el trabajo de otras personas como Loone (https://loone.bandcamp.com/ ), Alyssa Kai ( https://lyskoi.bandcamp.com/ ), Paper Bee ( https://paper-bee.bandcamp.com/ ), Mallory (https://malloryfolk.bandcamp.com/ ) y Mean Girls ( https://meangirlsatx.bandcamp.com ), los cuadros de Gabriella Lucía Aranguren ( https://www.instagram.com/postmodernposterchild/ ), el arte performativo de Luna Merbruja (https://www.youtube.com/user/merbabegoddess ) y Madigan Shive ( http://bonfiremadigan.com/ ) , la poesía de Moss Angel Witchmonstr ( https://www.patreon.com/monstr ), “Los versos del eunuco” de Luisa Castro, “Pintalabios” de Ana Cibeira, el cine de Chantal Akerman y todo el activismo y arte de la difunta Samantha Jane Dorsett, entre otres. Para ella, “los poemas son maneras necesarias de lidiar con mi salud mental, son mecanismos de supervivencia”, mientras que hace collages “como regalos, para captar emociones o momentos y más como una actividad que me da alegría”. La música es algo completamente distinto, “la relación que tengo con la música es muy distinta, es definitivamente más difícil y me lleva más tiempo. Es algo en lo que llevo mucho tiempo trabajando y que forma parte de cierta rutina, es lento, es un trabajo de observación más que de realización”.

Dentro del mundo de la poesía, Duna encuentra que, de primeras, “todo mi trabajo es tomado como más naif que el de las otras personas, sea mi intención o no. Sin una postura anti-profesionalización fuerte y de años de cultura de “hazlo-tu-misma”, tendría dudas sobre mí misma todo el tiempo”. Ser mujer en el mundo del arte “significa que todo lo que hagas tiene que tener un estándar más alto, ya que solo eres parte de una cuota, de un porcentaje no representativo de la totalidad, tu forma de sentir no encaja con la definición misma de lo que debe ser el arte, ya que esas reglas de lo que debe ser responden a la universalidad y a las objetividades pasadas por el filtro de la subjetividades masculinas, blancas y capaces. Todo lo demás queda fuera. No existe la posibilidad de generar nuevos lenguajes, todo debe adaptarse al que ya hay creado”.

Como Duna comenta, “la mayoría de los universales que se nos imponen como características de “calidad” al valorar una obra de arte provienen de nuestro propio eurocentrismo y cultura patriarcal. Muchas corrientes y espacios del arte moderno se fundamentan en una acumulación de conocimientos técnicos y/o intelectuales, o en una imitación de mitos y principios masculinos y blancos, valorándose las obras como una composición de técnica, ascetismo, fuerza, contundencia y cierta emotividad, pero normalmente ausente de las experiencias propias, es decir, emotividad como fetiche, como descripción de lo ajeno o como morbo”. De esta manera, explica, “las narrativas realizadas desde posiciones marginales (aquí, los diarios guardados durante siglos por nosotras las mujeres, los juegos de pintura, cierto arte experimental – pienso en Las margaritas de Vera Chytilová -, la artesanía, todas las narrativas que escapan a la visión / tiempos / razón colonial, etc.), son más aprehensibles por la emoción que por la técnica, más sensibles a la percepción que a la medición, más emocionales y vivenciales que morbosas o externas.”

De las mujeres, y de las persona de género no binario, especialmente de las transfemeninas,  “se espera que realicemos un arte que es considerado menos relevante en tanto que no llama a ciertos universales. La trampa propia está en que estos universales no son emociones entendidas universalmente, sino engaños y creaciones clasistas de la Academia”, explica la poeta. En este sentido, “las narrativas de las mujeres (trans o cis) que no se adaptan a determinados preceptos quedan olvidadas. Esto es todavía peor para las persona racializadas (citas de Sofía y Darío – en ese orden – ) (1) (2), por la forma sobre la que ha sido construida la propia Academia. La forma de crear arte está codificada según coordenadas sociales, y más que “el nombre que ponga en el libro” (como sí pasaba en épocas donde las mujeres literalmente escribíamos con pseudónimo masculino) es el contenido y la asimilación por el sistema de este contenido como masculino, cisheteronormativo y/o europeo lo que se juzga”.

 

Collage de Duna Haller.

 

Las comunidades de mujeres cis artistas tienden a ignorar la existencia y las necesidades de las artistas trans

En cuanto al arte realizado por mujeres trans, “el problema es exactamente el mismo, con el plus de que las comunidades de mujeres cis y artistas tienden a ignorar nuestra existencia y nuestras realidades, nuestras coordenadas sociales y que tenemos menor acceso a necesidades básicas, así como imponen su narrativa de lo que significa ser mujer (imaginario, símbolos…)”. Duna, en este sentido, siente que “no tengo los medios sociales para generar arte en conjunto o comunidad sin pasar antes por algún tipo de subordinación. Para nosotras no existe ni funciona la herramienta cis de la sororidad, estamos mucho más aisladas y somos menos. Nos han enseñado a odiarnos entre nosotras dentro y fuera del feminismo y solemos formar parte de esa cuota incluso rodeadas de otras mujeres”, detalla Duna.

Añade que “cualquier trabajo hecho por una persona que no debiera existir según lo que el patriarcado espera del arte, es un trabajo admirable. Si no nos apoyamos entre nosotres, es imposible salir adelante. Pero por otro lado, creo que LGTBI en cuanto a arte, no es un grupo homogéneo con necesidades homogéneas. Por ejemplo, las historias sobre mujeres trans son muchísimas pero apenas alguna está contada por nosotras. La mayoría están contadas por personas cis (como por ejemplo la serie de televisión ‘Transparent’) que, por mucho que pertenezcan al colectivo LGTBI, reproducen sistemas de opresión sobre nosotras”.

 

Las mujeres y personas transfemeninas somos visibles solo como objetos

Las personas trans son, en sí, una minoría estigmatizada y cuyo acercamiento a su arte es a través de la otredad y la fetichización. Sin embargo, “muchos hombres trans y personas transmasculinas (esto es, personas del espectro de género masculino y asignades mujer al nacer) blanques se asimilan muy bien a la masculinidad tóxica y al discurso postmoderno y eurocentrista sobre el arte y el género. Así, algunos de los filósofos más tenidos en cuenta actualmente son precisamente hombres trans (Paul Preciado, Jack Halberstam), que teorizan sobre las mismas bases y con la misma superioridad y falsa universalidad que los hombres cis. Sin embargo, las mujeres trans (ANONHI, Laverne Cox…) parecen más visibles, debido a que, en este caso, la hipervisibilidad es una forma de marcarnos y hacernos más vulnerables a la violencia externa”.

En el mundo del arte, “los hombres y las figuras masculinas trans generan gran parte del discurso, teoría, crítica, etc. sobre género, que les beneficia en tanto hombres, y las mujeres y personas transfemeninas (las que sufrimos el patriarcado) somos visibles sólo en tanto objetos, como mucho se permitirá para nosotras el rol de actrices o cantantes, o bien en el del trabajo duro (montadoras, diseñadoras, hackers…) y que no tengamos la mano de la narrativa. Nuestra hipervisibilidad y que aparezcamos muchas veces representadas desde un ojo externo (le directore que tiene una mirada de hombre o de mujer cis – como en Transparent o en el remake de The Rocky Horror Picture Show) o incluso como ideas (La Chica Danesa), sin ser realmente parte del producto cultural, sólo consumo. Esta hipervisibillización no nos beneficia, sino que nos sitúa en la parte más vulnerable de las personas LGBT (especialmente las mujeres trans racializadas y/o trabajadoras sexuales), y hace que debamos realizar nuestro arte con cierta vigilancia de no acabar convirtiéndonos en objetos o cuotas, dentro de cualquier ámbito (asociaciones LGBT, feministas, industrias artísticas, etc…)”, comenta Duna.

 

Cuadro Gabriella Lucía Aranguren.

 

Violencia vertical y horizontal

Estando entre hombres, “el tipo de violencia que se ejerce hacia las artistas es siempre unilateral, es decir, un hombre siempre puede generar un espacio exclusivo para hombres de creación o difusión artística, se libran de cualquier tipo de juicio por eso. Como mucho, tendrán que cubrir una cuota de mujeres que, normalmente, hacen el trabajo más costoso y que menos brilla o es menos reconocido. Por ejemplo, en el mundo del cine, las mujeres suelen realizar el trabajo de montaje”. En este sentido, encontramos el ejemplo, por nombrar solo uno, de Mary Sweeney, encargada del montaje de algunas películas de David Lynch. Según explica Duna, “en algunas películas de Lynch la labor de dirección tiene menos peso que la del montaje o edición, sin embargo, pese a que el trabajo de Sweeney sea más importante o más definitorio de la obra final, apenas se reconoce y siempre es Lycnh quien se queda con los méritos. Y así con todo en todos los ámbitos”.

Pero estando entre mujeres, el tipo de violencia que se ejerce es distinta. Se dan sobre todo dos tipos de problemas. “Por un lado, nos han enseñado a ser competitivas entre nosotras, la violencia horizontal que nos ejercemos las unas a las otras permite que algunas veces se asimilen los gustos de los hombres. Además, hay mujeres que tienen un poder estructural sobre otras y no duda en utilizarlo. Por otro lado, se vende “la mujer” como una categoría homogénea cuando no es así. Homogeneizar el discurso es hacer callar un gran número de voces que no conviene que estén ahí”.

A modo de reflexión, Duna concluye que “todas las esferas del arte son machistas. Cuanta más masculinidad requiere acceder a las esferas y más hombres hay, más difícil es acceder. Hay disciplinas históricamente muy masculinizadas, como la escena punk o la poesía romántica (y la poesía en general), pero también hay disciplinas que lo están menos, como el arte collage o la ciencia ficción”. Esto no significa que sea más más fácil acceder, “sino que una historia de mujeres creando en estas disciplinas, como Mary Shelley o Hannah Hoch, ha hecho que la creación en estos géneros tenga más opciones que se alimenten de una masculinidad menos tóxica”.

Lo que se necesita en este punto es “que la mujer, o la persona cuyo discurso está oprimido por sistema, empiece a crear obviando la aprobación masculina, ya no tanto de los hombres en sí sino del tipo de lenguaje que ellos han creado. Es necesario dar a luz otras formas de crear, formar otros imaginarios, y que estos tomen el espacio que les corresponde”. Uno de los ejemplos de éxito de la creación de nuevos discursos se encuentra en la Ciencia Ficción, “Mary Shelley fue una de las mujeres que rompió cánones a la hora de escribir. Cuando escribió ‘Frankenstein’ no hizo algo que haría un hombre, pero tampoco escribió como se espera que escriba una mujer”. Con casos como este, o el de Jan Morris, la Ciencia Ficción “ha permitido a lo largo de los años contar con discursos muy distintos, con historias contadas desde diferentes formas de vivir la realidad y posiciones marginales. Por ejemplo, la antología de cómics de ciencia ficción por personas trans/queer y/o racializadas BEYOND ( http://www.beyondanthology.com/ ) ”.

 

(1) Referencia a http://escenaxxi.com/arte-raza-y-el-filtro-blanqueador-de-la-perspectiva-europea/

(2) Referencia al Twitter de Ramiel (@_transplantado ) https://twitter.com/_transplantado/status/758991340222853120

 

 

 


 

Quero crer que o incrible é posíbel. – Ana Cibeira

 

¿Seguro que estoy protegida, aquí, entre la arena?

La formación del desierto es tan antigua como los montes y como los peces del río.

El corazón es latexo, las piernas se hunden na constelación.

Desquiziá, la niña se estampa.
Levanta,
desriega

y huye,

y se acerc

tracatác.

Y tiembla.

 

No, no, la arena, tiembla la arena, y
desgrana.

Las fobias son movedizas,
las fobias son movedizas,
las fobias son, movedizas.

¿Vives para quitar arena o quitas arena para vivir?

 

Construyo un castillo
y siéntome princesa porque el castillo me hace rapaz.
Desvalijada y raída, deshacida,

hago el ruido de los pájaros sobre el asfalto,

siendo otra que no niña,

luciérnaga,

atropeyá.
Sanghrando,

la niña que soy

YO.

 

Los niños se ríen,
y pienso
“no hay crueldad más profunda que la de preescolar”.
Y esto NO es un lugar común
para indetificate a ti,
no,
es la vida ingresada en la muerte.
Y

 

tus palabras atropelladas, mi silencio demoledor,
mis destellos atropellados, tu vida tan inmensa, y yo tan pequeña

te miro
en mis ojos
y veo todo,
me veo
en los tuyos
y estoy reducida.

 

Soy la parte por el todo.
Soy el todo por el hueso.
Soy el pellejo de una ola.
Soy la central desvalijada de huesos de rinoceronte.
Soy tú y tú eres otra.

 

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