Madrastras

Jenn Díaz se suma al diálogo sobre maternidades iniciado en El Estado Mental con el artículo “Hijos” de Purificación Mascarell y continuado por “Madres” de Bárbara Celis y “Padres” de Sergio del Molino.

 

Adriana Lestido.

Adriana Lestido.

 

 

Tengo veintisiete años, así que soy más joven que Purificació. A veces estoy cansada como una madre por no haber dormido por la noche, así que tengo cosas en común con Bárbara. Y además soy escritora y trabajo en casa, así que soy un calco de Sergio del Molino. Para alguien soy o puedo ser una ególatra, para otro alguien soy o puedo ser una persona gris, y para la sociedad no soy nada —para el hombre de este debate soy sólo una compañera, que no es poco. Pero soy una mezcla de todos ellos: joven, sin hijos, escritora pero —sorpresa, adivinen— madrastra. Si la paternidad, después de dos artículos sobre ser madre o no, queda arrinconada, imaginen dónde queda ocuparse de un hijo sin haberlo parido. Soy una aburrida dedicada a un niño pequeño, una mujer también dedicada al yo y además joven, y una escritora que combina la concentración de una novela con un nuevo aparato de música que amenaza con adolescentizarse tras la puerta de la habitación.

Soy madrastra y eso significa —por ejemplo y entre otras cosas— que no puedo hablar de mi hijastra en este —ni en ningún— texto. Digo por ejemplo y entre otras cosas porque este detalle es el resumen de muchas situaciones que vive una madrastra: la generosidad del día a día, y también la restricción. No tienes obligaciones ni deberes con el niño, puesto que no es tuyo… pero en la práctica convives con él y por lo tanto te implicas. No tienes deberes, decía, pero también te quedan limitados el amor y los derechos. A menudo no por el niño, o no solamente. Así que estoy en medio de todo este debate: sin ser madre y juzgando a las que lo son con la tranquilidad de las hormonas en paz, siendo madrastra y posicionándome en un lugar lejano de las solteras sin hijos y la gente sin horarios. Soy una mezcla, pero no se me consiente decir que soy una mezcla, porque no parir y convivir con una madre viva —antes la madrastra aparecía sólo tras la muerte de la madre, o la madre adoptiva directamente la sustituye— a menudo te exige que te apartes. Para ciertos momentos estás en el ojo del huracán, y de vez en cuando te piden que te quites del medio. Ése es el papel, muy abreviado, de la madrastra.

Me sirvo de los ejemplos de los tres artículos anteriores para presentarme: estoy tan exhausta cuando pasamos mala noche como Bárbara, siento que algunas (algunas; el matiz es importante) madres se abandonan y se simplifican al tener hijos como Purificació y escribo —sobre todo en verano, sin colegios— con el ruido de fondo de un niño como Sergio. Soy un híbrido. A veces voy bien como persona responsable de una criatura —logística horaria—, a veces me querrían fuera del universo —la mayor parte del tiempo—. Cuando leo artículos, debates, comentarios, novelas sobre la maternidad, a menudo me siento más identificada con la madre que con la no-madre, pero estoy en el limbo… porque a las madres no les interesa que haya personas como yo. Eso quiere decir: personas que quieran, mimen, eduquen, guíen y enseñen a sus hijos como lo haría una madre. No sustituyendo a la madre, pero sí ampliando el concepto de maternal.

Es decir, un niño pequeño, cuando conoce a su madrastra, puede tener dos reacciones: odiarla o amarla. He leído un estudio que dice que los niños menores de once años querrían que la madrastra fuera su madre, y los mayores de once la detestan. Yo me encuentro en el primer caso: tiene menos de once años. Así que mi postura, después de unos meses de forcejeo emocional, es bastante fácil dentro de mi casa. Fuera ya es otro asunto.

Cuando leo a Purificació me siento más cercana a Bárbara, aunque yo no he decidido (verbo importante) parir ni obedezco a ningún reloj biológico; cuando leo a Bárbara me siento comprendida, aunque sé que mi postura es a menudo —así se vive en la mayoría de casos— contraria, enemiga, incompatible con la de la madre, que ella representa. Es así como una madrastra vive el debate entre las madres y las no-madres —está completamente al margen de ambos discursos, aunque más cercano al de la madre. Quizá de este texto podría salir otro en el que se debate si una madrastra debe ser maternal y responsable, o debe desentenderse de la crianza. Ahí no voy a entrar, porque no hay nada que yo tenga que debatir: en cada casa que se haga lo que se pueda. En el debate entre Bárbara y Purificació no entran en si deben hacer colecho o no, si la lactancia es buena o mala y hasta qué edad: es más primitivo, madre sí o madre no. La madrastra tiene menos elección, a menos que puedas tomar la decisión de no mantener relaciones con personas separadas-con-hijos, que entonces seguro que sí eliges.

En fin, lo que yo me propongo cuando leo los tres textos es posicionarme, pero mi condición de madrastra me impide ciertos guiños. Cómo voy a considerar que una persona sólo por tener un hijo se vuelva gris. Y cómo voy a considerar que otra persona por tener un hijo sea más sabia. Y cómo voy a permitir que la paternidad —que es mi cómplice— sea la rezagada en esta pelea. En la mayoría de los textos asiento, pero cuando los acabo siempre me hago la misma pregunta: ¿quepo en alguno de los discursos? No. La realidad es que no. Que a tu gran dosis de generosidad (cuidar de un niño que no decidiste directamente tener) se le añada el gran desagradecimiento (que los demás no te vean como a las madres, unas superheroínas) te desconcierta. La mayor parte del tiempo no te importa, porque la feina ben feta, el trabajo bien hecho, como decimos en catalán, siempre tiene recompensa. Pero hay otros días —cuando no has dormido y tienes el intelecto quemado, gris, machacado por la mediocridad de ser maternal— en que necesitas una nueva Carolina del Olmo, divorciada, con una nueva familia, ocupándose de otros niños que no sean suyos, para que te ofrezca otra tribu en la que reconfortarte. No me sirve el mensaje oficial ni de las madres, ni de los padres, ni de las no-madres, porque mi tribu es otra que debe ser útil pero discreta, amable pero sin invadir otro territorio, maternal pero sin sustituir, educadora pero invisible, generosa e invencible, gentil en el afecto e ignorante del desprecio. Es una tribu sin líder todavía, sin presencia en la mayoría de debates sobre niños, educación y maternidad —una tribu que habla cohibida por no molestar a la tribu real, la de primera fila: la parturienta. Cuando existe ese segundo discurso de la madrastra, acaba capado y oculto.

Querría sonar menos agresiva que Purificació, igual de convincente en mi labor que Bárbara y ser idéntica en la humildad de Sergio, pero la palabra madrastra, con todo su lastre, y la poca colaboración social y familiar, nos obliga a quedar en silencio. La madrastra lavará ropa, hará cama, llevará al colegio y será considerada una pringada para las que no tengan hijos; y lo peor, una intrusa para las que sí los tienen. Y para los padres seremos o podremos ser. Lo que no entiendo todavía es cómo puedo ser —según los parámetros universales de las no-madres— gris, prosaica, atontada y amuermada… y al mismo tiempo no haber tenido hijos.

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