La madrastra de Carmen Laforet

 

laforet

 

 

 

En mi época de Canarias entra también

más tarde un madrastra, que a pesar de

todas mis resistencias a creer en los cuentos

de hadas, me confirmó su veracidad

comportándose como las madrastras

de sus cuentos.

CARMEN LAFORET

La madrastra de Carmen Laforet era, además de mala, una simple mujer. Quiero decir que era una humana cometiendo excesos y maldades propios de las humanas, pero tuvo la desgracia de cometerlos siendo madrastra y no madre. Las madrastras se han convertido para mí en un colectivo que debe defenderse aunque no debieran: han llegado las últimas, asumen responsabilidades que no tenían previstas y se adaptan a una nueva realidad que no empieza de cero —aunque sí lo haga para ella. Podría hablar de las bondades de las madrastras, que tan necesitadas están, pero hoy quiero hablar de sus sombras.

A Carmen Laforet se le murió la madre, enferma, cuando cumplió treinta y tres años y ella era todavía una niña. Era una madre creativa, cariñosa, sensible. Y a cambio su padre les trajo a casa a una mujer que consideraba que la realidad siempre era muy superior a la ficción. Laforet aún no era una escritora y no podía verse afectada por tal afirmación, pero tal afirmación sí atentaba contra el carácter de su madre, a la que echaba de menos. Digo que el padre de Laforet trajo a casa a una mujer porque es así como Carmen y sus hermanos lo sintieron, y porque no deja de ser una descripción exacta y sencilla de lo que ocurre cuando la madre muere o el matrimonio se divorcia. No hace falta describir demasiado a la madrastra mala porque es un personaje que todos tenemos en el ideario común, pero sí hay un rasgo que aparece en el documental Carmen Laforet, la chica rara sobre el que sería necesario detenerse. Esta vez la protagonista no será la hija huérfana, sino la malvada nueva esposa del señor Laforet.

Padre e hija iban al instituto juntos en el coche, pero a la madrastra no le gustaba. Sentía celos de Carmen, así que dejaron de hacerlo. Carmen a partir de entonces fue andando al instituto, y fue así como empezó una etapa de absoluta libertad, porque en vez de ir a clase se iba a la playa.

Sí: celos. La palabra celos y la palabra madrastra no muchas veces se conjugan juntas, aunque los cuentos de hadas a los que se resistía Laforet no hablan de otra cosa. La madrastra de Blancanieves quiere ser más hermosa que ella. La madrastra de Cenicienta quiere que sus hijas sean más importantes que ella. Siempre es una cuestión de celos, siempre es una cuestión de competitividad. La rivalidad con la madre es inexistente. En el caso de la madrastra de Laforet la enemiga no era la esposa muerta —muchos creen que el enemigo de una madre es una madrastra, pero se equivocan—, sino la hija. En la época, las madres estaban muertas y las madrastras se hacían dueñas de la casa, del hombre y de la educación de los huérfanos. De modo que la competitividad de mujer a mujer quedaba arrinconada por la imposibilidad de luchar contra una muerta, pero aún había alguien sobre quien imponerse: los hijos, y sobre todo las hijas.

Así, una madrastra siempre quedará bajo la sospecha, porque los celos no nos son desconocidos a nadie, aunque nos parezcan ruines en el caso de una mujer adulta que debe hacerse cargo de hijos que no son suyos. Existe, para ese estado, un nombre, como para casi todo: Outsider Syndrome. La madrastra no está dentro del círculo que se conoce como familia, es la extraña. Cuando llega, ya hay una dinámica, unos lazos, una casa, unas normas y un funcionamiento que no han pasado por ella. En este punto queda a responsabilidad de la madrastra adaptarse o quererlo cambiar(y a responsabilidad del padre y los hijastros poner las cosas fáciles o difíciles), aunque la mayoría de las madrastras prefieren cambiarlo y deshacerse de todo eco del pasado —que, por más que se esfuerce, sigue resonando en diferentes formas.

El síndrome del outsider no sólo se manifiesta en las madrastras, pero son las representantes más criticadas por la sociedad. El hombre, a menudo, cuando la mujer acaba de parir, también se siente desplazado y queda fuera de eso animal que envuelve a la madre y a la criatura, puro animal mamífero. Parece más comprensible, pero es lo mismo. Con los niños hablamos, mediante Miguel Delibes, del príncipe destronado, o la princesa. Diferentes circunstancias para el mismo síntoma: celos. El adolescente se siente así con respecto al mundo, no tiene como centro a ninguna persona, sino al universo: está en fuera de juego permanente. Carson McCullers supo bien cómo traducirlo en Frankie y la boda: «Lo terrible, en mi caso, es que durante mucho tiempo no he sido más que un Yo. Todo el mundo forma parte de un Nosotros, salvo yo. Si uno no forma parte de un Nosotros, se siente verdaderamente demasiado solo». Así es exactamente como se sentía la madrastra de Carmen Laforet: el Nosotros no la incluía, o creía que no la incluía. El adolescente, el padre, el hermano mayor… la madrastra: todos tienen un problema con ese Nosotros que todo el mundo tiene definido, donde no encajan, o no creen encajar.

¿Por qué la madrastra de Carmen Laforet tenía celos de ella? ¿Por qué quería separarla de su padre? Porque era la outsider. Todos tienen el parentesco que les avala, todos se conocen, saben sus manías, qué les gusta para desayunar… cualquier banalidad le parecerá a la madrastra el acto de venganza hacia ella, el detalle que la separa de todos ellos y la hace prescindible. Que padre e hija vayan juntos al colegio sin ella significa que hay un lazo no solamente sanguíneo al que no tiene acceso, sino que es un lazo del que no puede adueñarse y, sobre todo, que no puede controlar. Sin esfuerzo, el reflejo natural es intentar destruirlo. La madrastra de Carmen Laforet lo consigue, pero le da unas alas a su hijastra que no tenía previstas: le ha puesto, sin darse cuenta, el zapato de su talla.

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