Poemas de Elisabeth Mulder

 

La poeta Elisabeth Mulder.

La poeta Elisabeth Mulder.

 

La dulce música
Fuente,desgrana tu pena
en esta tarde azulada.
Rima tu copla encantada
en esta tarde serena.
Bella amiga, mi hada buena,
di tu mágica balada.
¡Canta tu dulce tonada
que es toda gracia llena!
Y la fuente me escuchó:
y su romance cantó en el suave atardecer.
Y cada gota caía
como divina harmonía
en el fondo de mi ser.
Sinfonía en rojo
Roja, toda roja…
Roja, toda roja vi siempre la vida;
como una inmensa hoguera
donde quemaba bien
mi pobre corazón, rojo también.
Todo rojo el camino,
todo rojo el sendero
a seguir
y el día a vivir.
Y rojo el mundo entero.
Rojo de amor.
Y de dolor y de horror…
En este vasto incendio
(brasa, flama, carbunclo),
que todo centelleante apareció
en esa luminaria,
¿qué habia de ser yo,
alma furtiva
y temeraria?
¿Qué habria de ser yo
sino una llama viva?
La zarpa
Noce de estío, que en inquietud me sume…
Una flor lentamente se deshoja
entre intensas oleadas de perfuma;
y hay una luna grande, hiriente y roja.
La brisa espesa muerde perversamente
con el hábito tibio de un suspiro,
y acaricia la boca febrilmente
con el ávido beso de un vampiro.
No hay estrellas. El cielo es esta noche
la misteriosa comba inmaculada
prendida únicamente con el broche
de una luna de faz congestionada.
Quizás mañana habrá tormenta;
acaso en esa obscuridad se está preñando
el rayo y la tormenta paso a paso,
y el torrente pluvial que ha de ir saciando
esta ansia intensa de humedad que encierra
una agria emanación calenturienta
que sube de la entraña de la tierra
seca y resquebrajada, ardorosa y sedienta.
Nocturno de estío. Hora febril y palpitante
en que el silencio y la fragancia arrullan
y toda la existencia se hace un interrogante
y en la calma tan sólo los sentidos aúllan.
Mañana habrá tormenta. Esta noche expectante
me deja dolorida de emoción
como una zarpa alucinante
que me fuera exprimiendo el corazón.
Yo misma

¡Si pudiera salir de mí

Acaso me salvaría!

Tal vez se marchitaría

Como una flor

el dolor

en que mi vida se abisma

si no diera a lo exterior

tan gran parte del horror

de mí misma

Un misterioso capuz

me oculta a la vida extraña

que fuera de mí florece.

Al acercarme a la luz

Me transformo en niebla huraña

que la tamiza y empaña

hasta que la luz fenece.

¡No poder nunca ver nada

como los otros lo ven!

Tener luz propia: alborada;

Y sombra propia: la nada,

Y en este luchar eterno

Por apartarme de mí

ser esclava del infierno

fatal donde me sumí

por ignorar lo que hacía.

¡Si pudiera salir de mí

acaso me salvaría!

¡Pero no puedo!

En vano mi alma buscó

algo distinto a su «yo»

en la misteriosa prisma

de la vida donde ahondó,

porque tan sólo encontró

un reflejo de si misma.

¡Y fue una imagen tan triste

La que acertara a mirar

que ahora el alma se resiste

a volverla a contemplar!

¡Y ahora es tarde!

Es ella sola, yo sola,

lo que en la vida he de ver.

¡Estandarte que tremola

sobre la hoguera y la ola,

sobre el dolor y el placer;

mi sombra, que huye de mí

cuando avanzo hacia una cosa,

mi sombra, ¡Oh  fatalidad!,

compás, pauta, ritmo, norma,

mi sombra, que a todo da

los contornos de mi forma!

Y es triste, cuando uno ama

Lo externo, vivir así:

sin más noche que su noche,

sin más llama que su llama,

en febril

agitación,

arrimándose al candil

de su propio corazón

que se alimenta de su pena.

¡Es triste vivir así

cuando uno adora la ajena

palpitación!

¡Prisionera!

Prisionera en la demente

Personal limitación

del plano en que me coloco.

Y es tal la concentración

en que me llego a abismar,

que aunque me adelante un poco

sólo consigo avanzar

las rejas de mi prisión.

Como figuras lastimosas

vuelven a mí todas mis penas.

Soy de esas almas misteriosas

esposadas con sus esposas

y atadas con sus cadenas.

Yo soy mi propio carcelero.

Soy mi tirano y mi señor.

Yo soy el propio constructor

del patíbulo donde muero.

Abrasada en mi misma llama

y asfixiada en mi mismo humo,

en vano la paz mendigo

porque ha de morir conmigo

el fuego en que me consumo.

Mi cuerpo es tan sólo un cirio.

¡Oh fuego, blasón y emblema

de esta existencia que quema

con convulsión de delirio!

Mientras viva no veré extinto

el fuego de mis hogueras,

como no escaparé del recinto

de mis fronteras.

Sin otro que mi sol,

sin otra losa que mi losa

para ocultar mi existencia;

sin otro estol que mi estol

para seguir mi demencia

terrible y maravillosa,

soy igual que una alquimista

portentosa

filtrando de su crisol

el extracto de su esencia

misteriosa.

Soy la eterna sombra, que avanza

ante mí quiero ir lejos.

Soy la noche de mi esperanza.

¡Soy un reflejo de reflejos!

Y es triste vivir así

cuando hecho polvo de rubí

todo mi ser disgregaría…

¡Si pudiera salir de mí

acaso me salvaría

 

 


Elisabeth Mulder Pierluisi nació en Barcelona en 1904. Su madre era sudamericana y su padre era holandés, pero vive durante su infancia en Puerto Rico hasta que por problemas de salud se trasladan a Barcelona. Gracias a su cuidada educación y numerosos viajes por Europa, aprende seis idiomas. También recibió educación musical y estudió piano teniendo como profesor a Enrique Granados en la escuela que éste dirigía en la Ciudad Condal. Por estos años comienza también su colaboración periodística en El Noticiero Universal, de Barcelona, en el que se hace cargo de la mencionada sección sobre literatura inglesa, en la que Elisabeth se dedicaba al comentario de la novela victoriana. En 1921 se casa con Ezequiel Dauner y hasta la muerte de este en 1931, firma sus trabajos como Elisabeth Mulder de Dauner. Su primer libro se publica en 1927, Embrujamiento , y tras él continua con la poesía en sus siguientes dos libros. En 1934 comienza su carrera de novelista con Una sombra entre los dos. Escribirá también un par de libros para niños y obras de teatro, Casa Fontana y Romance de media noche en colaboración con María Luz Morales y otras aún hoy en día inéditas. Participa en la vida cultural barcelonesa entre los cuarenta y los sesenta formando parte del círculo cultural de Eugenio d’Ors en la Academia del Faro de San Cristóbal y en la tertulia Trascacho. Colaboró con la Revista Ínsula y con Vértice. Hizo traducciones de varios idiomas, incluyendo ediciones de Pushkin, Keats y Shelley. Murió el 28 de noviembre 1987 en Barcelona.

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