Un cuarto propio para la Biblioteca de Mujeres de Madrid. Entrevista con Marisa Mediavilla

 

Es octubre de 2017 y las instituciones todavía no se han puesto de acuerdo sobre dónde alojar una de las mejores bibliotecas que hay en Europa a disposición de cualquier persona.

 

 

Todas las fotografías son de Carmen G. de la Cueva.

 

 

“No quiero que ninguna mujer llegue a los treinta años como yo: sin saber quiénes fueron Clara Campoamor y Carmen de Burgos”. Esta fue la respuesta de la bibliotecaria Marisa Mediavilla cuando le pregunté por qué creía necesaria la existencia de las bibliotecas de mujeres. “Porque soy mujer y las he echado de menos”. Antes de que se le pasara por la cabeza la idea de crear la Biblioteca de Mujeres de Madrid, a sus treinta años, Marisa comenzó a recorrer las librerías y mercadillos de viejo de la capital buscando libros escritos por mujeres. “Si llegaba otra guerra civil, al menos yo tendría aquellos libros. Viví esos años con la sensación de querer hacer acopio por lo que pudiera venir”. Salió de la universidad sin que nadie le nombrara a ninguna autora. “Recuerdo que empecé a leer la vida de Emilia Pardo Bazán y una biografía de Concepción Arenal escrita por la Condesa de Campo Alange. Tenía alrededor de treinta años y era entonces cuando empezaba a preguntarme el porqué de ciertas cosas. Sentía la necesidad de aprender como mujer. Desde pequeña siempre había tenido dos cosas claras en la vida: que no me iba a casar y que no iba a tener hijos”.

 

¿Por qué ese silencio en torno a la obra de las mujeres? En su ensayo Sobre mentiras, secretos y silencios (1979), Adrienne Rich escribió que uno de los mayores obstáculos que encuentra cualquier escritora feminista consiste en que cada trabajo feminista, tiende a ser percibido como si saliera de la nada, como si cada escritora no hubiera vivido, pensado y trabajado con un pasado histórico, con una genealogía a la que agarrarse. De esta forma, según Rich, el trabajo y pensamiento de las mujeres resulta esporádico, errante, huérfano de cualquier tradición propia.

 

Mientras conversamos, Marisa recorre las estancias de su casa en el barrio de Malasaña sacando de armarios y estanterías algunas de las singulares obras de la Biblioteca de Mujeres que esperan pacientemente un espacio propio. “El proyecto nació ante la inexistencia de centro públicos especializados en el tema. Eso suponía que la información necesaria para cualquier tipo de trabajo o investigación sobre mujeres estaba dispersa, perdida en fondos generales, o no existía. Localizarla y reunirla constituía un esfuerzo enorme, que debía repetirse una y otra vez. Se trataba, por tanto, de crear un espacio donde la información pudiera acumularse y ser recuperada y difundida posteriormente”. Entre los miles de volúmenes que Marisa guarda en su casa destacan los únicos ejemplares que se conservan en España de la revista Redención, una de las primeras publicaciones feministas creada en Valencia en 1915 con el lema “Ven mujer, ven a nosotras y laboremos juntas por nuestra CULTURA y nuestros DERECHOS”. Si le pido que me confiese cuál es el libro que con más admiración atesora, no lo duda: una primera edición de La mujer moderna y sus derechos (1927) de Carmen de Burgos.

La Biblioteca de Mujeres que Marisa quería fundar no era única en su especie. La primera en toda Europa la creó Francesca Bonnemaison en Barcelona en 1909. Después vendrían las bibliotecas de la Residencia de Señoritas de Madrid (1915) y la del Lyceum Club (1926). Ninguna de ellas sobrevivió al franquismo. Fueron desmanteladas y ocupadas por distintas instituciones falangistas. Pero en 2003, gracias al trabajo de los colectivos feministas, la biblioteca de Bonnemaison fue reabierta como el Centro de Cultura de Mujeres Francesca Bonnemaison, que pertenece a la Red de bibliotecas públicas de la Diputación de Barcelona y posee un valioso fondo de obras entre finales del siglo XIX y comienzos de la guerra civil. En Europa, a lo largo del siglo XX, abrirían sus puertas algunas bibliotecas de mujeres que todavía se conservan hoy, como The Fawcett Library en Londres (1926), con un fondo de más de 60.000 volúmenes; la Bibliothèque Marguerite Durand en París (1931), fundada con la colección particular de esta periodista y feminista francesa; y el International Information Centre and Archives of the Women´s Movement en Amsterdam (1935), con más de 65.000 volúmenes en su catálogo. Todos ellos son centros sustentados económicamente por el Estado, respetando su independencia y la finalidad con la que fueron creados. Si, como decía Rich, cada generación de escritoras debe enfrentarse a los mismos problemas, al mismo silencio, ¿cómo no va a ser importante la creación de centros de documentación y bibliotecas de mujeres que hagan visible y den a conocer nuestra genealogía?

 

Marisa confiesa que, “como mujer, la información que he necesitado y buscado no la he encontrado o me ha resultado difícil encontrarla”. Durante los treinta y dos años que lleva armando los fondos de la Biblioteca de Mujeres de Madrid ha tenido que enfrentarse repetidas veces con la misma pregunta: ¿para qué crear una biblioteca especializada si todos los fondos están en la Biblioteca Nacional? “Yo les digo que aplicando ese mismo criterio a todas las demás bibliotecas, no existiría ninguna biblioteca pública.  Entonces, ¿sobran todas las demás bibliotecas? No. La biblioteca es un centro donde tiene que haber fácil acceso a los temas que la sociedad reclama en ese momento. Acercar a las ciudadanas y ciudadanos la información. Y las mujeres no tenemos ninguna biblioteca especializada. Y es lo que yo respondo siempre cuando me preguntan por qué una biblioteca: para saber quiénes fueron y qué hicieron ellas”. 

Todo comenzó en un local de la calle Barquillo, número 44, en el año 1985. Allí se reunían desde la muerte de Franco diversos grupos y asociaciones del Movimiento Feminista de Madrid, entre ellas las Mujeres Feministas Independientes de Madrid, de la que Marisa formaba parte. Cuando desaparece el grupo, Marisa comienza a crear la Biblioteca de Mujeres con esos títulos de su biblioteca personal que llevaba reuniendo desde principios de los 70. En 1986 se unió Lola Robles, filóloga y escritora, que formó parte del proyecto hasta 2001: “Integrarme en el trabajo de la biblioteca supuso para mí un modo de unir el feminismo y mi afición por los libros. Y personalmente me permitió conocer la literatura escrita por mujeres, de la que entonces no se hablaba ni siquiera en la universidad”. 

Sus fondos acumulan 30.000 volúmenes –21.000 catalogados y 9.000 sin catalogar–, unos mil títulos por año reunidos en los últimos treinta años en una colección única. El catálogo está compuesto por estudios y ensayos feministas, biografías, obras de creación literaria, literatura gris –folletos, sellos, tarjetas, aquellas publicaciones que pasan de mano en mano–, revistas, calendarios, tebeos femeninos y hasta algunas obras misóginas como Notas para un estudio sobre biología criminal de la mujer (Publicaciones de la Escuela de Medicina Legal, 1968) del doctor B. Aznar. Años de caminatas por el Rastro de Madrid, el Mercat de Sant Antoni de Barcelona, las librerías de viejo y las ferias del libro antiguo, además de numerosas donaciones de escritoras y mujeres anónimas que han creído en este proyecto desde su creación. 

“Al principio, era una biblioteca de préstamo, pero la gente se ofendía si le pedías que te devolviera el libro y, una vez, me costó tanto recuperar un ejemplar de El derecho positivo de la mujer (1901), que pasamos a ser una biblioteca de conservación”. Pero la utopía es otra. Marisa siempre intenta comprar dos ejemplares de cada libro pensando en el futuro: “uno para la biblioteca y otro para prestar”. “La biblioteca quería ser también un espacio de fácil acceso y sin trabas burocráticas para todas las mujeres, sobre todo para aquellas que por su falta de recursos o formación no pueden o no se atreven a acercarse a los centros públicos existentes. Y en lugar de encuentro donde se realizasen otras actividades para la difusión de sus fondos, y para dar a conocer la historia y la literatura de las mujeres”. Sin remuneración alguna, Marisa y Lola han trabajado incansablemente durante décadas para ofrecernos una genealogía propia. “La biblioteca es también el resultado de la colaboración de muchas mujeres que han pasado por allí durante estos años y de miles de horas no remuneradas”. 

El espacio de la calle Barquillo comenzó a quedárseles pequeño y acudieron al Consejo de la Mujer de la Comunidad de Madrid, una entidad formada por asociaciones de mujeres, para solicitar un espacio mayor en el que poder seguir ejerciendo su labor. Desde diciembre de 1997 hasta marzo de 2007, estuvieron en la calle Villaamil, número 12, sede del Consejo de la Mujer. Y aquí es donde comienza la parte más trágica de esta historia. En 2005, el Consejo se trasladó a un espacio donde no había sitio para la biblioteca y, como me comenta indignada Marisa, “la comunidad nos dijo que nos largáramos. Le pedí un año al Consejo para encontrar un sitio. Acudimos a la UNED, al Instituto de Investigaciones Feministas, a Caja Madrid, a la Red de Bibliotecas Públicas y nadie tenía espacio para nosotras”. Ahora Marisa se ríe recordando cómo siguió acudiendo a la biblioteca hasta que les cortaron la luz y debía entrar antes de que anocheciera sosteniendo un farol. “En marzo de 2006, solicité al Instituto de la Mujer donarle los fondos y en noviembre aceptaron la donación. Pero en marzo de 2007, la donación todavía no se había hecho efectiva y los libros seguían en Villaamil. Nos dijeron que si no los sacábamos, los iban a tirar. Pusieron hasta una guardia de seguridad para vigilar que nos lleváramos los libros de allí. El Instituto de la Mujer no tiene espacio y los libros se los llevaron a un depósito donde se guarda el material clasificado de las empresas gastando dinero público en almacenarlo”.

Lo que Marisa pedía sin cesar es que sacaran los libros del depósito del Instituto de la Mujer porque estaba convencida de que, si no los sacaban antes de la investidura del PP, destruirían todos los libros. En ese depósito siguieron hasta que, en enero de 2012, el Ministerio de Cultura les ofreció conservar los fondos en el Museo del Traje. A los libros del depósito había que sumarle 127 cajas con libros y carteles que Marisa había reunido en la calle Barquillo, donde siguió trabajando cuando las echaron del edificio del Consejo. Le pedí a Marisa que me llevara a conocer el espacio destinado a guardar los fondos de la biblioteca. Una parte está disponible para consulta en la propia biblioteca del Museo del Traje; otra, descansa en cada rincón de la casa de Marisa. Y el resto, miles y miles de libros, están en cajas de cartón cubiertas de polvo en los suelos del sótano del Museo del Traje. Y el panorama es desolador: allí tirados sin que casi nadie en este país sepa que España cuenta con una de las mejores bibliotecas de mujeres que hay en el continente a disposición de cualquier persona.

El local de la calle Barquillo cerró y ahora Marisa atiende las consultas de la biblioteca los martes y jueves de las seis de la tarde a las diez de la noche en una pequeña sala compartida con tres asociaciones más –Asamblea feminista, Genera y Católicas por el derecho a decidir– en el número cuatro de la calle Bravo Murillo. Esto lo hace todo mucho más difícil. Si alguien quiere consultar algún libro, debe enviar una solicitud por correo electrónico con los datos de las referencias bibliográficas y una fecha aproximada de visita y cuando le contesten, podrá revisar el material en la biblioteca del Museo del Traje de lunes a viernes en horario de mañana. Es necesario ser así de exacta con los datos porque lo que esto nos confirma es la dificultad que implica acceder a los fondos de la biblioteca. La biblioteca ni siquiera tiene web propia. Se accede desde dos lugares: la página web del Instituto de la Mujer y Mujer Palabra, el blog de su amiga Michelle que aloja sin coste toda la información disponible como una breve historia de la biblioteca, el listado de libros catalogados hasta el momento o el Tesauro de Mujeres que Marisa y su colaboradora Ricarda Folla elaboraron hace un par de años. 

En lo que va de 2017, Marisa y las mujeres que la acompañan en el peregrinaje institucional para pedir un espacio propio –Ana y Miren, libreras feministas de Mujeres & Compañía– se han reunido con Belén Llera, directora general del Ayuntamiento de Madrid, con Lucía Cerón, directora del Instituto de la Mujer, y hasta con Manuela Carmena, alcaldesa de Madrid. La reivindicación es la misma: un espacio propio, independiente del Centro de Documentación del Instituto de la Mujer, dotado con recursos económicos y de personal especializado (mujeres feministas además de bibliotecarias y documentalistas con conocimiento especializados). Marguerite Durand –fundadora de la biblioteca que lleva su nombre en París desde 1931 y que se mantiene con fondos estatales– estaría completamente de acuerdo con Marisa a propósito de las particularidades que una biblioteca así precisa: “Es necesario que se sepa bien que esta biblioteca es de un género especial y que no serviría de nada poner al frente de ella a alguien incapaz de alimentar la documentación que es nuestra razón de ser, y que limitase su trabajo a colocar libros en los estantes y ordenar alfabéticamente las fichas de obras y autores”.

Es mayo de 2017 y las instituciones todavía no se han puesto de acuerdo. El Instituto de la Mujer no quiere deshacerse de la biblioteca y tampoco ofrece alternativas. En la última reunión que tuvieron con Carmena hace algo más de un mes, la alcaldesa “mostró interés”, en palabras de Marisa, por encontrar un edificio para alojarla. Marisa no alcanza a entender si es una cuestión económica o de desidia; al fin y al cabo, “el trabajo difícil ya está hecho y no hay que hacer una gran inversión en adquirir libros, pero sí en ir actualizándola. Propongo que, en lugar de comprar quince ejemplares del mismo libro para quince bibliotecas públicas, se compren quince libros distintos para la Biblioteca de Mujeres. Y también están las donaciones: cada escritora de este país mandaría su libro”. Ni siquiera el Premio Leyenda del Gremio de Libreros de Madrid que recibió el pasado año por su “apasionada e incansable búsqueda del legado literario de las mujeres” ha servido para despertar la conciencia de los políticos. 

De repente, lo que escribió Rich cobra mucho más sentido. El hecho de que la herencia literaria femenina haya sido fragmentada, silenciada y hasta borrada de la historia es algo que sigue ocurriendo. Si no hacemos nada hoy, puede que mañana el Instituto de la Mujer decida tirar los libros como ya quiso hacerlo el Consejo de la Mujer o que haya una inundación y los libros sean papel mojado en los sótanos de un museo. Quizá no haga falta ser tan tremendista. Desde 2007, la Biblioteca de Mujeres es casi inaccesible y si no hacemos nada quedarán tan sumergidos en las aguas de la historia como la vida y obra de tantas y tantas autoras. Rich no fue la única a la que le preocupaba el lugar que ocupaba nuestra genealogía literaria. La poeta catalana Maria Mercé Marçal también llegó a escribir sobre ello. No podía soportar la idea de que las obras escritas por mujeres quedaran “como suspendidas en el vacío, desvinculadas de cualquier genealogía y solo insertas de forma a menudo excéntrica en el universo cultural heredado, falsamente neutro”.

 

 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *