La cuarta hermana

 

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¿Si Jetta Carleton hubiera empezado a escribir de soltera, joven, con toda una vida por delante, habría sido capaz de engendrar una novela como Cuatro hermanas? ¿Y si sólo hubiera empezado a escribir un poco antes, lo suficiente para que no tuviera sólo una novela escrita? ¿Si hubiera muerto más tarde, habría escrito más, habría llegado a ver publicada su obra? ¿Se convertiría en una Bartleby más, en una Rulfo, habría guardado silencio o simplemente el nivel de sus siguientes textos no habría estado a la altura? Lo cierto es que no importa que todas estas preguntas hayan quedado sin responder, porque la novela, publicada en 2009 por Libros del Asteroide, tiene un grandísimo valor, a la altura de trayectorias literarias mayores, abundantes. Jetta Carleton empezó a escribir la novela cuando enviudó, y empezó a recrear la vida rural de cuatro hermanas quién sabe si haciendo un repaso de su propia vida, como unas memorias, puesto que ella misma vivió con sus padres en una granja.

Matthew Soames es profesor en un colegio pequeño, rural, y vive con su mujer y, cuando eran pequeñas, sus cuatro hijas. Todos los años, las hijas, ya adultas, vuelven a la casa a pasar el final del verano, y les sirve a todos de excusa para poder hablar de la vida de cada una de ellas. Es como si las protagonistas de Mujercitas cambiaran de dueña y se instalaran en el ambiente rural. Cuatro hermanas narra la vida de una familia que esconde y muestra secretos al lector. El hombre, señor y dueño de la casa; la madre, analfabeta y dedicada a todos ellos; y las cuatro chicas: Jessica, Leonie, Mathy y Mary Jo. Jetta Carletton conoce bien el entorno del que habla, y se nota, porque puede apreciarse tanto el trabajo duro y constante que requiere una granja, como la belleza del mundo más rural, más secreto y alejado del ruido y la prisa.

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El costumbrismo, que a menudo confundimos con quietud y con vidas insípidas, no tiene nada que ver con la idea infantil, cursi y romántica que durante décadas la crítica nos ha vendido. Es cierto que en el costumbrismo en la novela más doméstica y cotidiana narra la vida cotidiana y todo aquello que durante tanto tiempo se le ha atribuido a la mujer. En este caso, además, de los seis personajes principales, cinco son mujeres. Es cierto que se detallan los pormenores de la vida real, y es más que probable que todo ello tenga muchísimo que ver con la vida rutinaria de la autora. Pero en Cuatro hermanas hay algo más que costumbrismo, como en todas las novelas costumbristas, porque en cualquier vida bien narrada se encuentran indicios de momentos extraordinarios, de decisiones drásticas que cambian la vida de todos los miembros de la familia: de una acción que la etiqueta parece haber olvidado. El costumbrismo mal entendido es pobre, sencillo; la novela costumbrista bien construida es rica y está llena de pliegues por donde se cuelan, como en las mejores familias, la belleza y el horror.

Jetta Carletton no escribió ninguna otra obra, pero en ésta ha reunido toda una vida, como el título de David Grossman, porque parece una recapitulación de todo lo que quería decir hasta el momento. Las hermanas, núcleo de toda la historia, cuentan lo que deben contar de los lazos de sangre: a menudo son invencibles, no hay manera de romperlos, pero la mayoría de las veces son una losa, una atadura, una carga para todas ellas. El título original es Moonflower Vine, pero en español el juego empieza antes de tiempo: Cuatro hermanas, y sólo tres de ellas en la cubierta.

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