Las acusadas. “Veneno” de Peer Meter y Barbara Yelin.

 

 

En mis últimas lecturas me he encontrado frente a frente con el asunto de la culpabilidad femenina y con cómo se ha tratado a las acusadas en el modelo social opresivo. Antes de nada quiero aclarar que no es importante para este comentario si la acusada era culpable o inocente, sino el modo en que se las ha tratado o incluso retratado a lo largo de la historia en diversas representaciones culturales.

Asociada desde la antigüedad con ser la causa de los infortunios del hombre, el arquetipo de la hechicera o la bruja va completamente ligado a este de la acusada.  Esta vulgaridad se remonta a siglos atrás, pero persiste hoy en día y reaparece en la novela gráfica Veneno (sin sentido, 2011). El eco de esta figura femenina resuena después en algunos movimientos feministas radicales que desde los años sesenta retoman la figura de la bruja para invertir el sentido dado en la antigüedad y hacerla símbolo del nuevo empoderamiento femenino.

El tratamiento de brujas, por fantástico que pareciera, se aplicó en juicios reales y pretendía amputar la libertad de la mujer por miedo a que ellas, sometidas hasta ese momento, tomasen represalias contra el poder del patriarcado. Para mayor control y sumisión se les prohibió su presencia en numerosos contextos de la vida varonil y se les negó el derecho al voto, justificándose muchas veces por medio de la superstición. El capitán de la Armada británica Collingwood, una vez supo que se hallaba una mujer en una de sus naves, dijo “Jamás he conocido a una mujer que viajara a bordo de un barco sobre el que no se cerniera la desgracia.” En la trilogía Piratas del Caribe (2003- 2017) se insiste en esta idea cuando el contramaestre dice, “es de mal fario llevar una mujer a bordo”. Tal y como propone la RAE, la expresión “mal fario” o “mala suerte” proviene del cruce entre los términos latinos “malfarium” o crimen y “maleficium” maleficio, lo que nos lleva de vuelta a la estrecha relación entre las mujeres y las brujas.

Este arquetipo se encuentra presente en multitud de discursos culturales, por ejemplo en el film noir, donde la mujer es el temible gato negro que una vez se cruza en el camino del hombre le lleva a la ruina.  Así ocurre en Seis Destinos (1942)  o Chinatown (1974) Sin embargo, la asociación de la acusada con el infortunio y el ocultismo se remontan a la antigüedad clásica. Hubiera sido todo un logro conservar los rasgos de las hechiceras griegas, poderosas y temibles al mismo tiempo.  En cambio durante los siglos que comprendieron la Edad Media y la Edad Moderna esa imagen de la diosa hechicera, como se conocía a Circe y Medea, se hace más temible que nunca y por lo tanto su comportamiento es descalificado y comparado con el de la brujería.

El momento literario cumbre en la imaginería nigromántica lo protagoniza el texto teatral de Arthur Miller, Las Brujas de Salem (1952), donde el autor establece una semejanza entre la caza a los comunistas por orden del Senador McCarthy, que afectó de un modo alarmante al sector de Hollywood, y la historia de estas mujeres de la pequeña localidad de Salem que fueron asesinadas públicamente por haberse desviado del camino impuesto. Las quemas de brujas a las que alude el texto teatral se sucedieron hasta bien entrado el siglo XVII, así como otro tipo de ejecuciones públicas. Como ocurrió entre los habitantes de Salem, la estrecha unión de sistema judicial y la iglesia favoreció la creación de un estricto código de honor que diferenciaba los papeles de cada individuo y afectaba a la moral y deberes de cada miembro de la comunidad. Por supuesto la mujer carecía de menor libertad de acción, pues su posición se definía respecto del hombre que la acompañara, pero cualquier comportamiento que fallara a la virtud era considerado exagerado o extremo y llevado a los tribunales de honor, donde ellas eran acusadas de brujas o hechiceras.

La novela gráfica Veneno (2011, sins entido) nos lleva a la ciudad de Bremen (Alemania), a principios del siglo XIX. Allí se sitúa esta historia basada en hechos reales adaptados al lenguaje secuencial por Peer Meter –al guión– y Barbara Yelin –al dibujo–. La trama trae a mi mente toda esta problemática sobre las acusadas.  Esta vez los autores ponen a una joven escritora inglesa en el papel protagonista y a través de ella descubrimos con horror las atrocidades de esos juicios ilícitos en los que se tomaron represalias injustificadas.

Cuando la protagonista llega a la ciudad para escribir un relato de viajes está a punto de llevarse a cabo una pena capital infamante frente a todos los habitantes de la ciudad, lo que hará que olvide sus deberes para involucrarse en su caso. Se trata de Gesche Margerethe Gottfried, una mujer de 43 años que había declarado envenenar a trece personas entre las que se contaban sus propios familiares. El choque entre las ideas progresistas del personaje de la escritora que viene de fuera de su tiempo y la comunidad religiosa de Bremen, le brindan al lector la capacidad de cuestionar e investigar con incertidumbre las acusaciones y el juicio indebido, así como considerar, con acierto, que lo más probable es que la acusada sufra algún trastorno psiquiátrico. Sin embargo pronto entenderemos que tal y como explicaba Michael Foucault (1970), la vida del enfermo mental se asemeja a la vida criminal en tanto que conlleva la exclusión social, el desprestigio y el encierro.

Si bien el papel de la protagonista es ciertamente anacrónico, en ella se evidencia el profundo estudio que hizo Peer Meter del caso de Goettfried y su interés por las incongruencias que mostraba, así como las supuestas prácticas ilegítimas que se ocultaron durante el largo encerramiento de la condenada.

El guionista del aclamado cómic Haarman (La Cúpula, 2010) muestra la trascendencia de este popular suceso en plena civilización europea, ya que el caso fue conocido fuera de las fronteras del país germano. Entre las razones que lo hicieron tan popular está la declaración de la acusada. Ella declaró cometer cada uno de esos terribles crímenes con una alarmante calma y un testimonio sincero. Gesche confesó que sus actos obedecían a una fuerza interna que la empujaba a hacerlo, lo que llamó la atención de los jueces que jamás se habían encontrado con un homicidio sin móvil que lo motivara, derivado tan sólo de la naturaleza de un ser maligno. Por ello, pensaron, su ejecución debía ser pública, a pesar de que no ocurría desde años atrás. El fantasma de las mujeres ejecutadas vuelve a revivirse con tanto o más escarnio por parte de la población alemana ya que todos en la ciudad la habían conocido y tratado de manera más o menos directa y se sentían engañados por ella. Su caso serviría de ejemplo al acallado mal que quizá latiera en todas las mujeres, tal y como declaran los jueces y demás hombres implicados en la trama. Esta idea sin duda proviene de su temor a reconsiderar la historia y acusar a quien merezca serlo.

El carácter degradante e histérico de estos hechos tiene su máxima expresión en la técnica de carboncillo de Barbara Yelin. Su patente uso del esbozo como base de la representación hará sentir a los lectores que la historia se está creando al ritmo de su propia lectura y que cambia con cada nueva mirada en un recorrido sin fin por los resquicios del pasado, donde sin duda no habitan brujas sino otros monstruos abominables.

 

 

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