Mi voz es el resumen de todos los insomnios

LA MUCHACHA EBRIA

 

Este lánguido caer en brazos de una desconocida,

esta brutal tarea de pisotear mariposas y sombras y cadáveres;

este pensarse árbol, botella o chorro de alcohol,

huella de pie dormido, navaja verde o negra;

este instante durísimo en que una muchacha grita,

gesticula y sueña por una virtud que nunca fue la suya.

Todo esto no es sino la noche,

sino la noche grávida de sangre y leche,

de niños que se asfixian,

de mujeres carbonizadas

y varones morenos de soledad

y misterioso, sofocante desgaste.

Sino la noche de la muchacha ebria

cuyos gritos de rabia y melancolía

me hirieron como el llanto purísimo,

como las náuseas y el rencor,

como el abandono y la voz de las mendigas.

 

Lo triste es este llanto, amigos, hecho vidrio molido

y fúnebres gardenias despedazadas en el umbral de las cantinas,

llanto y sudor molidos, en que hombres desnudos, con sólo

negra barba

y feas manos de miel se bañan sin angustia, sin tristeza:

llanto ebrio, lágrimas de claveles, de tabernas enmohecidas,

de la muchacha que se embriaga sin tedio ni pesadumbre,

de la muchacha que una noche –y era una santa noche–

me entregara su corazón derretido,

sus manos de agua caliente, césped, seda,

sus pensamientos tan parecidos a pájaros muertos,

sus torpes arrebatos de ternura,

su boca que sabía a taza mordida por dientes de borrachos,

su pecho suave como una mejilla con fiebre,

y sus brazos y piernas con tatuajes,

y su naciente tuberculosis,

y su dormido sexo de orquídea martirizada.

 

Ah la muchacha ebria, la muchacha del sonreír estúpido

y la generosidad en la punta de los dedos,

la muchacha de la confiada, inefable ternura para un hombre,

como yo, escapado apenas de la violencia amorosa.

Este tierno recuerdo siempre será una lámpara frente a mis ojos,

una fecha sangrienta y abatida.

 

¡Por la muchacha ebria, amigos míos!

 

Tienes en la garganta un destello de dicha,

en las manos tranquilas cicatrices

y en el hombro derecho la mordida del alba.

¿Sientes a las estrellas dominarnos

como si fueran diosas

o montañas de plata?

¿No sientes en la Tierra,

corazón de mi vida,

un negro, insultante,

bochornoso cinismo

de burguesa alegría?

 

Pero no sabes nada.

Ni la luz, ni las banderas

–corazón y bandera–

ni la fuerza ni el odio

que rebasan su cauce,

ni los ojos que lanzan

espigas de verdades,

ni la melancolía

deshecha para siempre.

 

Algo que construye no lo oyes.

Tienes el corazón más sordo y necio

que un puñal aterido,

más hueco que un milagro.

¡Tu corazón,

penumbra aniquilada!

 

Efraín Huerta (Guanajuato, 1914 – Ciudad de México, 1982).

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