Las maridas II: Victoria Kent o la fidelidad republicana

 

Ilustración de Virginia Argumosa.

Ilustración de Virginia Argumosa.

En España la guerra terminó; no importa, la España “totalitaria” sigue matando. La palabra de orden es “limpiar”, y se va limpiando aldea por aldea, pueblo por pueblo, ciudad por ciudad. La hipoteca apremia y se sigue matando a los vencidos allí donde se encuentre: no existen frontera cuando se cuenta con eficaces colaboradores. Pero los hombres siembran sus ideas antes de morir por ellas, y las ideas escapan a la muerte.

Victoria Kent en Cuatro años en París, 1940-1944

            Ha escrito Carmen de la Guardia un ensayo, una biografía parcial mucho más que necesaria. De Victoria Kent apenas se sabe ahora, en esta España tronista y salvada por los pelos del precipicio cada noche, que fue durante la Segunda República la primera mujer en llegar a ejercer de Directora General de Prisiones. Y también que perdió el debate parlamentario sobre el voto femenino, recayendo en la brillante y no menos necesaria Clara Campoamor toda la gloria y el reconocimiento histórico.

            Nacida en Málaga en 1892 —toda la vida se empeñó en quitarse cinco años— en el seno de una familia de origen inglés —su verdadero apellido era O’Kean—, Victoria Kent tuvo la fortuna de pertenecer a una familia liberal que se preocupó por su formación. Así, pudo acceder al notable experimento que supuso la pionera Residencia de Señoritas —gracias a las buenas maneras de otro ilustre malagueño, Alberto Jiménez Fraud— y alcanzar por méritos propios la licenciatura en derecho. Sería la primera mujer abogada en España. En su honor se compuso un celebrado chotis.

            De Victoria Kent, como se ha dicho, se conocía con cierta profundidad su vocación política durante la Segunda República y la guerra civil. Un poco menos su dramático exilio en Francia, contado por ella misma en Cuatro años en París, 1940-1944 (Gadir, 2007). Y apenas nada de su breve estancia en México tras la Segunda Guerra Mundial y su definitiva escala en Nueva York. Por eso, la profunda y paciente investigación de Carmen de la Guardia, que habría merecido una mejor edición, más cuidada y repasada, supone un auténtico y casi definitivo hito en la aproximación a su carácter, a su fuerte personalidad, a su intachable fidelidad a la causa republicana y a su sólida vocación política. Sin olvidar, por supuesto, la parte afectiva: un prudente velo cubría su estrecha relación con Louise Crane, una rica y sofisticada joven americana que fue su inseparable compañera vital desde 1952 hasta su muerte en 1987.

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            Nueva York

            Victoria Kent se instala definitivamente en Nueva York el 11 de octubre de 1952. Por el camino, desde la derrota de 1939, es necesario mencionar su peligroso escondite en París, perseguida por la Gestapo y ayudada por diversas amistades cómplices. Durante cuatro largos y sombríos años lleva un Diario que bien pudo convertirse en otro testimonio incompleto, a la manera de los dietarios de Ana Frank. Pudo salvar la vida y, tras el fin de la guerra, huir a México, donde mantenía fuertes redes de contactos con intelectuales y académicos allí instalados.

            Su prestigio es gigantesco, y gracias a su pasión política y su indiscutible talento y brillantez consigue un estimulante y, a priori, magnífico empleo en Naciones Unidas. De ahí su traslado a Nueva York, donde conocerá a Louise Crane, una joven de la alta burguesía, muy comprometida con la cultura hispánica y el exilio republicano español. Este encuentro sería decisivo en la vida de ambas, que a partir de ese momento inician un proyecto compartido marcado por la vocación de estar juntas y ayudar a la causa política del gobierno de la República en el exilio. El trabajo de Victoria Kent en las Naciones Unidas se revela demasiado burocrático para ella, una mujer de acción acostumbrada a las rápidas decisiones políticas, y renuncia a los dos años. Desde entonces vuelca sus energías y esfuerzos en poner en pie un proyecto editorial capaz de aglutinar al exilio moderado, desde la convicción de que era necesario mantener un vínculo con España, intelectual y político, para no quedar al margen de los acontecimientos. Una visión extraordinaria que se demostró amargamente certera, como ella misma comprobaría con la llegada de la democracia y la marginalidad que sufrieron quienes intentaron desde el exilio aportar su granito de arena a una Transición pilotada por los jóvenes.

            Llama la atención el hecho de que Victoria Kent apoyara en aquellos años la causa de Eisenhower. En efecto, el vencedor de los nazis llegaría a la Presidencia de los Estados Unidos en 1952, con el ubicuo Nixon como Vicepresidente, y con el apoyo entusiasta de la conservadora familia Crane, benefactora de Victoria Kent. Más tarde apoyaría sin fisuras a Kennedy —cuyo asesinato le afectó profundamente— y llegó a escribir para El País, ya en 1977, un artículo de apostillas al discurso de investidura de Jimmy Carter. Genio y figura. Su compromiso con los ideales republicanos de libertad, igualdad y justicia social se mantuvieron a lo largo de su vida, y a ellos arrastró a Louise Crane que, pese a sus raíces conservadoras, fue sin duda la mejor compañera de viaje posible de la combativa política malagueña.

            Desde los primeros 50, Kent y Crane se concentran en ruinosos proyectos de alta influencia política y desastrosos resultados económicos. Por suerte, el patrimonio de Louise Crane era lo suficientemente sólido como para ir cubriendo las pérdidas derivadas de una frenética e incisiva actividad editorial que ahora conocemos en su intensa importancia de la mano de Carmen de la Guardia. Primero editaron un boletín llamado Ibérica, de corta pero notable trayectoria a la hora de aglutinar a intelectuales moderados del exilio. Y más tarde, lucharon contra viento y marea para sostener durante veinte años la Revista Ibérica por la Libertad, un esfuerzo sobresaliente de activismo político que sólo finalizaría en 1974, vísperas de la caída del régimen franquista.

            Es muy destacable la investigación que realiza Carmen de la Guardia en torno a dos cuestiones relevantes. Por una parte, y como ya sabemos, al fin de la Segunda Guerra Mundial sucedió, casi sin solución de continuidad —que diría un matemático— la guerra fría, y con ella, la guerra fría cultural. Y por otra, las complejas relaciones de Victoria Kent con sus homólogos de la intelectualidad antifranquista, muy especialmente con Salvador de Madariaga, pero también con Ramón J. Sender y otros.

            La causa de la República española, muy apoyada por la sociedad estadounidense, se complica tras la irrupción de la amenaza comunista y la aparición de un nuevo equilibrio global. La España de Franco pasa del aislamiento a la complicidad, y todo este cambio estratégico sobrevuela el trabajo de activismo político de Victoria Kent y sus publicaciones. Su punto de vista era muy moderado, su prestigio como jurista y mujer de alta capacidad intelectual era muy respetado por las autoridades americanas, pero no sin tensiones. Son años, además, en los que agencias más o menos encubiertas financian todo tipo de actividades culturales con un vínculo común: el anticomunismo. Y ahí estaba Victoria Kent, republicana liberal, rodeada de colaboradores antiestalinistas (trotskistas muchos de ellos) en la causa de la expansión de las ideas moderadas pero firmemente antifranquistas en las que creía.

            En este maremágnum de confusión ideológica y de inicio de una narrativa política global muy alejada de la simple y fácil dialéctica entre libertad y totalitarismo, Victoria Kent necesita contar con las contribuciones de los más respetados intelectuales que conoce. Muchos de los huidos y exiliados, sobre todo en México, son más radicales en sus postulados, y ella, que ha adivinado con singular lucidez que llegará el momento de la reconciliación, prefiere la compañía de monárquicos como Madariaga (que además era su amigo personal) y otros destacados autores menos problemáticos. Pese a todo, y como muy bien señala Carmen de la Guardia, siempre tuvo que soportar —aunque nunca de manera directa— el paternalismo o incluso el desprecio de sus pares varones. Azaña, Sender —que llamaba a Kent y Crane “las putrefactas”— o el propio Madariaga nunca valoraron la talla intelectual y moral de Victoria Kent, educados todos ellos en el rancio árbol genealógico de la supremacía masculina. Con Madariaga tendría Kent un amargo sinsabor cuando decide colaborar con ABC desde mediados de los años 60. Intercambian cartas, ella es dura y sincera.

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  Todo este esfuerzo de divulgación de reflexiones sensatas en torno a la represión franquista comenzó a dar paso a una mayor involucración con la política nacional. Son los años 60, la huelga minera de Asturias es reprimida y comienzan las movilizaciones universitarias. Kent incorporó a la revista los testimonios enviados desde España, sobre todo a través de amigos personales como Raúl Morodo y Tierno Galván. Hizo llegar el fruto de su trabajo alertando sobre la ausencia de libertades o las primeras movilizaciones estudiantiles al Senado de los Estados Unidos de América. Encontró notables aliados en su causa invisible por la finalización de la dictadura y el regreso de la democracia, como la del Embajador en Madrid, Claude Bowers. Y sobre todo fue capaz de articular una sólida red de simpatías hacia la resistencia interior antifranquista en los ámbitos intelectuales y académicos estadounidenses —estamos hablando de Hannah Arendt, Erich Fromm, Arthur Miller, John Dos Passos, Noam Chomsky y otros muchos— a partir de los años sesenta, cuando más se necesitaba la presión internacional sobre un régimen que buscaba desesperadamente salir de su autarquía.

            La sutil y aventajada inteligencia de Victoria Kent choca con un mundo de hombres partidistas. Ella trabaja a largo plazo, tiene unas ideas menos radicales y es ferozmente independiente. Quizás por todos esos motivos el denodado trabajo de todos estos años no haya sido investigado con la profundidad necesaria hasta la fecha. Y también, por qué no decirlo, porque la Transición trajo consigo una nueva narrativa amargamente ingrata para con los exiliados y su lucha callada.

            Los años amargos

            Emociona la parte final del trabajo de Carmen de la Guardia. Cae la dictadura franquista y Victoria Kent, ahora lo sabemos, espera volver, cree que la joven democracia española va a contar con ella. Sueña con su Dirección General de Prisiones, con retomar su obra inacabada. Pero su aguda percepción de la realidad en seguida le alerta de que su momento ya ha pasado. Suárez nombra para el puesto a un joven de apenas treinta años, y más tarde a un ingeniero electromecánico. Vuelve a España en octubre de 1977, pero sobre todo a pasear por Madrid, ver a viejos amigos, compañeros de la República, familiares. Apenas permanece un mes, algo se ha roto en su interior. Ella misma reconoce que salió de España con el pelo negro y ahora sólo peina canas. Colabora esporádicamente en El País. Se hace socia del Ateneo de Málaga —ya en 1980— y se suma un año más tarde a la conmemoración del nacimiento de Picasso con quien había trabado una buena amistad durante sus años en Francia. Desde la distancia, el olvido y la ingratitud le producen una cierta amargura. Su tiempo ha pasado.

            La historia de Victoria Kent merecía este rescate. El libro de Carmen de la Guardia es un libro político, pero también un libro de afectos: el que recibió y devolvió a tantas otras mujeres destacadas y luchadoras que tejieron una red indestructible de apoyo y solidaridad. Cuidado: no estamos hablando de las primeras compañeras de la Kent en la Residencia de Señoritas, conservadoras y franquistas algunas de ellas como las que más, sino de Adéle de Blonay, Victoria Ocampo, Gabriela Mistral, Frances R. Grant, Nancy MacDonald, Marianne Moore, Elizabeth Bishop o Silvia Marlowe. Y también de Rosa Chacel, Carmen Conde o Ana María Matute. Una nómina deslumbrante de mujeres largo tiempo invisibles.

            En tiempos de olvido fácil y compromisos líquidos el ejemplo de Victoria Kent suena a pasado. Su indestructible fidelidad  a la República y a los valores que defendía estuvo presente en todos y cada uno de los minutos de su vida. También la pasión política. La pareja que formó junto a Louise Crane es sin duda uno de los paradigmas de compromiso compartido entre dos personas que se quieren y respetan en sólida plenitud. Lástima de un país tan dado a olvidar a sus mejores representantes. Sin duda, Victoria Kent tendría mucho que decir sobre la actualidad española. Su fina y sagaz inteligencia lo habría presentido desde su lejana terraza en Nueva York.

 

Para saber más:

 

  • De la Guardia, Carmen: Victoria Kent y Louise Crane en Nueva York. Un exilio compartido. Sílex Ediciones, Madrid, 2016.
  • Kent, Victoria: Cuatro años en París. 1940-1944. Editorial Gadir, Madrid, 2007.
  • Villena, Miguel Ángel: Victoria Kent. Una pasión republicana. Prólogo de Carmen Alborch. Editorial Debate, Madrid, 2007.
  • Artículos de Victoria Kent publicados en El País: http://elpais.com/autor/victoria_kent/a/
  • Umbral, Francisco: “Doña Celia y doña Victoria”: http://elpais.com/diario/1977/10/27/sociedad/246754805_850215.html

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