Las maridas III: Elena Fortún

 

Ilustración de Virginia Argumosa.

Ilustración de Virginia Argumosa.

 

La vida delgada, frágil, desapercibida. Un hilo que se trenzó con la ficción, como quien peina a una adolescente antigua, hasta convertir en inseparable uno de otra, vida y personaje, azar y literatura. Elena Fortún(1885-1952) y Celia. La segunda es un personaje célebre de las bibliotecas infantiles españolas desde los años 30 hasta el último tercio del siglo XX. La primera, su autora, una de las escritoras más leídas de nuestro país y una gran desconocida. Sus investigadoras (Marisol Dorao, Nuria Capdevila-Argüelles, María Jesús Fraga) han logrado reconstruir parte de lo ocurrido y así hoy podemos atisbar a Elena Fortún, aunque desenfocada y lejana.

Se llamaba Encarnación Aragoneses. Fue joven, se casó con un militar de vocación artística, tuvo dos hijos. Si todo esto hubiera sucedido unos años antes, el relato finalizaría aquí, pero no. Pronto, la vida doméstica se reveló insuficiente. La muerte de uno de sus hijos a la edad de diez años la hizo entrar en contacto con el espiritismo y la teosofía; un accidente del otro niño, que perdió un ojo y necesitaba ayuda para hacer los deberes, la acercó a la formación de la que había carecido por origen. Empezó a redactar historias; se vistió con el seudónimo de Elena Fortún y logró una colaboración periódica con la revista semanal Blanco y Negro.

En el Madrid republicano se convirtió en una “marida”: así llamaban a las socias del Lyceum Club (1926-1939) impulsado por María de Maeztu, un espacio para intelectuales y creadoras. En este ambiente encontró los ánimos para desarrollar sus historias semanales en forma de novela infantil con el personaje de Celia. La editorial Aguilar la fichó y así empezó la saga. Una imaginativa y disparatada niña burguesa que, a lo largo de diez libros, crece, se hace a un lado para dejar el protagonismo a su hermano Cuchifritín, a su prima Matonkikí y a sus hermanas Patita y Mila, pero que reaparece en los últimos volúmenes, adulta y atrapada en un triste sino.

Encarnación/Elena fue una regeneracionista y republicana, ávida de participar en la vida política –un ejemplo: dedicó varios artículos a la necesidad de abolir la prostitución-. En el Lyceum conoce a Matilde Ras, una historia de amor; se hace amiga de Carmen Baroja, de María Lejárraga. Fuera del Club frecuenta a Pío Baroja, Cipriano Rivas Cherif, Margarita Xirgú o Federico García Lorca. Madrid tuvo su pequeño Bloomsbury hasta que lo arrasaron el exilio y -para aquellos que se quedaron o regresaron pronto a España- el miedo, con su consiguiente achatamiento de miras y costumbres.

Guerras civiles aparte, el germen de la inmolación también podía llevarse dentro, contra una misma: la María Lejárraga que tanta fuerza insufló a Elena Fortún fue incapaz de dejar de ser el negro literario de su marido, Gregorio Martínez Sierra, que firmó casi toda la obra de María. Elena Fortún no consiguió divorciarse de su marido, apático e inseguro -“Me pesa y me pesará siempre no haberme separado en el año 24 cuando estuve a punto de hacerlo. Me he sacrificado no siendo yo lo que nací para ser, y le he sacrificado a él, que hubiera vuelto a rehacer su vida sentimental”- y aquel lastre la arrastró hasta un exilio a Buenos Aires. Ella sabía que aquella marcha perjudicaría su carrera, sobre todo cuando el editor Manuel Aguilar se había comprometido a garantizar su seguridad si se quedaba en Madrid, pero no se atrevió a dejar viajar solo a su marido, militar republicano. Finalmente este se suicidó en Buenos Aires.

Se habla de una novela de temática lésbica, inédita, de Elena Fortún. No hace falta encontrar este título perdido para constatar su amargo pesar. Celia pasa de ser una alegre niña, la que se fuga con un circo o propaga en el colegio el rumor de que se avecina el fin del mundo, a verse obligada a dejar los estudios y convertirse en ama de casa en Celia, madrecita. El siguiente volumen fue Celia, Institutriz en América; estábamos en otro continente y nada nos explicaba por qué la familia vivía ahora en Argentina. Faltaba Celia en la Revolución, el manuscrito recuperado en los 80, rápidamente agotado y convertido en rareza bibliófila – el año pasado se pedían hasta cuatrocientos euros por él en internet- y hace poco reeditado por Renacimiento. El periplo de una niña bien en el Madrid sitiado; una delicada muestra de miseria cotidiana. El hambre, la desconfianza y el estupor. Elena Fortún estuvo en cada una de las calles que pisa Celia. Pero su huella se transluce en otros rasgos: al igual que su creadora, Celia se resigna a un matrimonio que no se nos relata con especial ilusión; sólo hay aturdimiento y vergüenza. Las dos pasiones de Celia son su amiga Paulette, distante y etérea, y la escritura. Celia se aferra a su cuaderno y a su anhelo de ser novelista. Pero al casarse, y al agotarse en el trabajo doméstico, Celia renuncia. Es Mila, la hermana pequeña, con el pelo corto, confundida a menudo con un chico, la que se escapa de su casa y recorre España subida en un burrito. Con esta esperanza de vagabundeo luminoso termina la saga.

La melancolía de Celia resultó sin duda perturbadora para las lectoras. Emanaba una disconformidad que no volvió a aparecer en la literatura para niñas hasta muchas décadas después. Los libros de Antoñita la Fantástica, de Borita Casas, a pesar de su estilo ágil y simpático, no entrañaban esta complejidad. Antoñita aspiraba a ser lo que era, pizpireta y facilitadora para su entorno.

Elena Fortún volvió a Madrid en 1948, y encontró una ciudad muy diferente a la que había dejado. Murió en 1952, después de unos duros años finales de soledad y esfuerzo por mantener la producción demandada por Aguilar. Sus libros se siguieron reeditando; en los noventa, TVE produjo la serie Celia. Para entonces ya había perdido el título de escritora española más leída. Corín Tellado lo envolvió con su enjambre, de factura y estilo tan diferentes.

 

 

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