Diario de lo que duele muchísimo todos los días, hasta que un día se olvida IV

Bueno, ya en las últimas rectangulares mañanas del Eixample –por donde paseábamos de la mano cuando salíamos del destartalado Poble Nou– nos íbamos enfadando continua y alternativamente. A veces yo con él, muchas veces él conmigo y, cuando se enfadaba, seguía caminando mientras miraba al suelo de losetas peligrosas y no decía nada y entonces volvía la angustia irrespirable pero, cuidado, no me soltaba la mano en ningún momento. Ah, la humedad de Barcelona. Cuando estábamos enamorados –como estábamos—la música era esa criatura invisible que nos susurraba al oído de amores tropicales (and you want to travel with her / and you want to travel blind) [uf. Es por esto que no hay que escribir en caso de desastre emocional, sólo limitarse a escuchar el Let it Go]

Llevo cuatro días. CUATRO DÍAS. Las personas (y perritos) deben quedar aisladas durante cuarenta días para asegurarse de que se ha superado una enfermedad, dicen. Por eso se le llama “estar en cuarentena” y, contra todo pronóstico, es una de las pocas expresiones del castellano que no proviene del léxico taurino. Una de las pocas, digo, que estos días le puedo ir diciendo a mis amigos que «me está toreando», «bueno, me está dando largas», «estoy para el arrastre» y pueden no pensar en los pobres toros. Son tres expresiones de uso cotidiano que he elegido al azar para rellenar estas líneas mientras intento pensar en otra cosa, tengo que pensar en otra cosa, tengo que distraerme, olvidarme y centrarme. No puc.

Isis me dice que no me preocupe, que en realidad la cuarentena desamorosa sólo son 20 días aguantando el mono es importantísimo que no le escribas en ningún momento. Si le escribes, tendrás que volver a contar 20 días de CERO y que después de esos veinte días, ya no estaré todo el día pensando en lo mismo. ¿Por qué dices que son veinte días? le pregunto. Son veinte días, y luego inserta un punto. Le he mandado un whatsapp a Alberto preguntándole y me dice desde Berlín que el mono dura “entre dos meses y dos años”, así que definitivamente decido hacerle caso a Isis cuando me recomienda que me haga la muerta, que no respire durante 20 días. Que no diga ni haga nada, veinte días. Llevo cuatro días y ya me quiero morir. Un fracaso amoroso es una caída mortal de los sentimientos más íntimos, con estrépito y rompimiento, una maletita más en este bagaje psicoafectivo tan penoso que arrastramos en el camino hacia la madurez, hacia el acantilado por el que nos despeñaremos estando completamente pirados.

Un poema de Roberto Bolaño: [pasando a limpio este diario me doy cuenta de lo cursi que estaba siendo en ese momento y ahora me da cosica ponerlo, pero hay que transcribirlo]

En aquel tiempo yo tenía veinte años
Y estaba loco.
Había perdido un país
Pero había ganado un sueño.
Y si tenía ese sueño
Lo demás no importaba.
Ni trabajar ni rezar
Ni estudiar en la madrugada
Junto a los perros románticos.
Y el sueño vivía en el vacío de mi espíritu.
Una habitación de madera,
En penumbras,
En uno de los pulmones del trópico.
Y a veces me volvía dentro de mí
Y visitaba el sueño: estatua eternizada
En pensamientos líquidos,
Un gusano blanco retorciéndose
En el amor.
Un amor desbocado.
Un sueño dentro de otro sueño.
Y la pesadilla me decía: crecerás.
Dejarás atrás las imágenes del dolor y del laberinto
Y olvidarás.
Pero en aquel tiempo crecer hubiera sido un crimen.
Estoy aquí, dije, con los perros románticos
Y aquí me voy a quedar.

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