Diario de lo que duele muchísimo todos los días, hasta que un día se olvida VIII-XII

VIII

El lunes por la mañana nos despertamos y le digo te quiero y él me dice yo también te quiero pero no añade nada más y yo ahora necesito muchas metáforas y que me hable en verso, necesito que me quiera exactamente como quiero. Entonces, me voy a trabajar. Y no escribo nada, por supuesto. Me muestro cauta ante la reconciliación.

IX

El martes sólo escribo dos líneas:

“El plan es volver a casa”

“Devolver los libros a la biblioteca”

[Ahora que las releo en frío, no las entiendo.]

X

El miércoles sólo apunto que voy a clase de alemán. La incertidumbre ya no me mata porque la certeza de saber que nunca volveremos a estar juntos me tranquiliza. Asumo que ya no vamos a luchar juntos y que seguiremos luchando el uno contra el otro unos días más. Intento asumir que ya no vamos a salvarnos juntos, me pone triste entender que hemos dedicado los últimos días a exterminarnos mutuamente. No soporto saber que después del miércoles viene el jueves, me gustaría que volviera a ser miércoles todo el rato. [Cada vez me da más pereza seguir escribiendo]

XI

El jueves voy con él a un concierto de Daniel Johnston en la sala Bikini. No tengo anotado en la libreta si nos besamos antes de irnos a dormir juntos o si le llamé hijo de puta antes de subirme a un taxi. A estas alturas, las notas son muy confusas, anoche y amanece el día 20.

[ya no hay nada anotado. Por supuesto, nunca volvimos a estar juntos] Teníamos menos futuro que las hombreras. No vuelvo a anotar nada, ni siquiera un par de líneas sobre un posible acuerdo –que más bien sería una farsa– de amistad. Sé que él me recuerda, aunque no me eche de menos. Vivir en el recuerdo de otra persona es una de las cosas más gratificantes y más inútiles del mundo, nunca una persona es tan pura, nunca una persona es tan angelical y buena como cuando es recordada con amor. Vete tú a saber si la gente sigue por ahí enamorándose.

XII

Doy un giro de 360º y me vuelvo a enamorar de cinco imbéciles. Ahora me siento dentro de la novela de la vida, en el capítulo madrileño, un capítulo imprevisible con un montón de páginas por delante, como deben vivir los personajes de las novelas gordas, jugando al amor imposible sin dejar de hacer literatura en ningún momento. La vida nunca avisa y una no puede estar siempre a la altura de las circunstancias por lo que, en el mejor de los casos, se deja llevar. Francisco Umbral dijo muchas cosas, muchas chorradas también pero también dijo que “el que lo piensa todo primero, no escribe nada después” y mi amiga Dinah dice que mejor que no me vuelva a enamorar de nuevo porque cuando lo hago, aunque vaya todo bien, lo paso fatal todo el rato.

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