El precio de la sal o Carol, de Patricia Highsmith

 

 

Keystone-France, 1965.

Keystone-France, 1965.

 

Cuando uno lee un poco –no hace falta que sea demasiado ni en profundidad– sobre la vida de Patricia Highsmith (1921-1995) se pregunta cómo es posible que una mujer que odiaba a todo y a todos, cuya madre quiso deshacerse de ella bebiendo trementina durante el embarazo, que nunca tuvo una relación afectuosa con ella y su padrastro y que concebía las relaciones amorosas como asociaciones de dominación, en las que el placer acompañaba inevitablemente al dolor, pudiera escribir una novela de amor tan perfecta como Carol.

Dicen que era difícil observarla trabajando o escribiendo, al natural, que en cuanto sentía que la miraban cambiaba rápidamente de gestos y de actitud y se ponía modo cara al mundo. De igual manera en la escritura. La novela Carol (que se publicó originalmente en 1952 con el título The Price of Salt, firmada con el seudónimo de Claire Morgan) la torturó durante toda su vida porque expuso a los ojos de los lectores su intimidad.

En la novela, Highsmith habla de la relación amorosa entre dos mujeres en el Nueva York de los años cincuenta, y con esta novela descubría su sexualidad, su pasión por las mujeres, a las que amó más que a nada, a las que torturó más que a nadie. Solo reconoció que ella era la autora del texto muchos años después, en 1989, en el prólogo que escribe para la edición londinense de Carol, el nuevo título para la misma novela, esta vez sí firmada por ella, sin seudónimo.

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Siempre hubo ocultación, engaño, terror a que descubrieran dentro de ella, a que la invadieran y ya nunca la dejaran en paz. Pero no pudo evitar escribir esta obra redonda, una novela tan autobiográfica como pocas de las que escribiría después. En ella parte de una anécdota que le sucedió unas navidades precarias, una de las más cálidas que se recuerdan en la ciudad de Nueva York, en las que trabajó en un centro comercial –el famoso Bloomingday’s– mientras esperaba, impaciente, a que se publicara su Extraños en un tren.

Un día aparece ante ella una mujer bella y elegante que la trastorna. Y esa misma noche escribe el argumento y las primeras páginas de El precio de la sal, esa historia de amor apasionada como pocas, voluptuosa, cargada de dobles sentidos, como a ella le gustaba. Quedaban tres años para que se publicara la Lolita de Nabókov, y cuánto de él tiene esta novela. Esa sociedad recta y puritana no podía llevar bien una vulneración de la ley, de lo establecido, de lo ordinario, con el amor entre dos mujeres entre las que hay una diferencia de edad importante. Un algo incestuoso, impúdico en la novela, que estaría después en Lolita, donde de nuevo una relación desigual protagoniza la acción.

La novela de Highsmith contiene lo que un cuento de hadas cruel con matices lujuriosos y sanguinarios, pero con final feliz. Porque aunque empieza suavemente, sin asustar, y todo se desenvuelve entre los papeles y las luces navideñas, empezamos a ver lo insólito y lo abyecto a través de los ojos puritanos de los que rodean a las dos mujeres, Carol y Therese. Therese, que es Pat, nuestra Highsmith, apocada quizá ahora a nuestros ojos, pero que se transformará hacia el final de la novela. Una transformación un tanto sorprendente por lo rápida, pero funciona. Al comienzo es una víctima de la araña bella, experimentada, que la atrapa con dulces a pesar de que ella desea ser atrapada. Es casi una niña, sin embargo. No sabe nada. Y Carol lo sabe todo, es justo lo contrario, y la maneja astutamente hasta ese viaje inolvidable con elemento perturbador incluido.

Todo se estabiliza cuando por fin se encuentran, cuando se reconocen y dejan de jugar a dominadora y dominada, cuando se equilibran, aunque sea por poco tiempo, para amarse. Y entonces entramos en una de las partes más interesantes de la novela, en la que más lirismo y belleza hay en la prosa, en la que se dan las descripciones más veraces y en la que asistimos al cambio operado en Therese.

Hasta que no se publicó Carol, las novelas sobre homosexuales tenían un final atroz y todo iba encaminado a castigar ese deseo lujurioso antinatural entre personas del mismo sexo. Carol fue una revolución no solo porque el final fuera feliz y nadie muriera de manera trágica –a pesar de ser Highsmith, ojo–, sino porque era un amor entre dos mujeres, cuando la mayoría de los textos de carácter homosexual trataban las relaciones entre dos hombres.

HighsmithsobreCarol

Los ataques a los homosexuales podían ser atroces para un hombre, pero para una mujer con una hija podía suponer el fin de su vida social. Carol pierde la custodia de su hija y se niega a aceptar de los hombres que representan el patriarcado –la ley, su ex marido, etcétera– unas condiciones que la alejarían de Therese. Un machismo atroz, una persecución rabiosa y aplastante, una violencia a punto de estallar a cada instante que en la novela llega a oprimir hasta ahogarnos. La pistola de Harge, el marido de Carol, que aparece justo antes del primer encuentro puramente sexual entre las dos mujeres sobrevuela la escena y marca el territorio. El falo al acecho. Pero la envuelven, la guardan y se entregan a amarse. Cómo no iba a perturbar esta novela que atacaba el esquema familiar tradicional norteamericano.

El cuento que es Carol va encendiéndose y apagándose a medida que avanzamos para trastornarnos y jugar con nosotros, pobres lectores entregados sin remedio a una trama impecable. Casi dolorosamente, a medida que llegamos al final de la novela, deseamos que las dos mujeres terminen juntas, que vuelvan a amarse, que el diente de Carol, ligeramente roto en la punta, y sus ojos grises sigan siendo amados por Therese, que esta triunfe en su carrera como escenógrafa y sean felices, juntas.

El amor lésbico es lo de menos y ya hoy no nos escandalizan estas páginas, pero sí nos perturban, como toda buena historia de amor. Y como toda buena historia de amor difícil, nos conmueven. Porque no estamos en los años cincuenta y las cosas son ahora sin duda más fáciles, pero los amores valientes siguen siendo necesarios contra la necedad de una parte del mundo. Y eso, pese a quien le pese, es más difícil entre dos personas del mismo sexo. Qué más dará el género que tenga el que te dice: «Tú eres exactamente la persona que yo necesitaba conocer». Qué importa el precio que se pague, incluso la pérdida de la custodia de un hijo, cuando está en juego el amor, dure lo que dure, la sal de la vida.

 

 

 

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