Crónica de una desaparición

 

Fotografía de Virginia Rota.

Fotografía de Virginia Rota.

 

 

 

 

En algún lugar leí, ni idea de dónde ni de quién, “hasta que no lo escribo, no sé muy bien lo que pienso sobre un tema” y aquí estoy, delante de la hoja en blanco yo también, intentando comprender mi nudo en el estómago. Y no es por ser más poética, pero me parece significativo empezar diciendo que ahora estoy con Mercedes Sosa cantándome al oído y el nudo va tomando forma.

Vengo del ginecólogo. Me ha dado el alta. Me ha dicho que si quiero pueden hacerme un estudio. Un estudio de infertilidad, para más señas.

Para más señas, aún: soy madre de dos hijas y he tenido cuatro embarazos en seis años. La resta es simple. Dos embarazos se perdieron por el camino.

Mi primer embarazo fue bien. Fue una hija que ahora se llama Ariadna y tiene cinco años. Es una maravilla de personita.

El segundo duró seis o siete semanas (siempre he sido mala con los números). Empecé a sangrar y no paré. Y un fin de semana me tumbé en el sofá, mientras miraba Doctor Zhivago. Me acompañaron por turnos mi hija, mi chico…y las estepas nevadas. Y mi embarazo se perdió. Pero lo sentí, lo vi con mis propios ojos. Una vez se fue, me quedé pausada. Sin demasiada tristeza. En seguida estuve lista para lo que viniera.

El tercer embarazo fue una hija que ahora se llama Nausika y tiene un año y medio. Y con ella todo fue bien. Y tuve un parto que quisiera recordar a cada paso. Y sigue aún muy cerquita de mí. Sigo alimentándola con mi teta y seguimos durmiendo juntas. Ayer empezó a decir “mamá” y ahora lo dice todo el rato. Así andamos.

Y hace unos meses por un despiste (que nunca es tanto, que siempre tiene algo de “queriendo”) me quedé de nuevo embarazada. Y a pesar de lo incómodo de las fechas, de lo mal que venía así de golpe… pensar en ello me hizo muy feliz. Empecé a embarazarme de verdad. A sentirme llena de verdad.

Mi vida ya tenía forma de tres hijas. Mi vida ya era el proyecto de mi próximo embarazo.

Hasta que fui a una revisión.

La ginecóloga miró la pantallita en silencio. Uno de esos silencios que se te clavan en el corazón.

“No tiene latido”.

Pero lo tenía, lo había tenido. Mi pequeño embrión, o como quieran llamarlo, había empezado a latir hacía un tiempo. Pero dejó de hacerlo.

Y lloré mucho. Mucho. Y mira que me cuesta horrores estar triste. Y mira que soy malísima para eso de estar triste muchos días.

Esa vez mi cuerpo no estuvo preparado para expulsar esa parte de mí sin latido. Tuve que ir al hospital. Me hicieron un legrado.

Eso no me ayudó demasiado. Fue más limpio, eso sí. Pero con tanta limpieza fue muy difícil hacerse a la idea de que lo había perdido, porque no sentí nada. Me durmieron y al despertar me dijeron que ya estaba. Que ya. Ya. Punto. Se acabó.

Volví a casa enfadada y triste. Una de las cosas que más me repetían era “tus hijas te ayudarán a superarlo”. Pero yo estaba un poco cansada de ser madre. Unas horas, un día por lo menos, me hubiera gustado ser hija. Un poquito. Quedarme estirada y que me trajeran un caldo . Volver a ser pequeñita… ¿no os gustaría a veces? ¿Que viniera vuestra madre y pusiera su mano fría encima de vuestra frente para mirar si hay fiebre? Y luego para acabar de asegurarse, posaría los labios. Sus labios en vuestra frente. No te preocupes de nada. Cierra los ojos y descansa. Nada bajo tu responsabilidad… en eso soñé.

Pero eso ya no puede ser. Ya te toca a ti posar los labios en la frente de tus niñas.

Un par de días o menos me duró la tristeza. O eso creía. Porque me temo que sigue un poco por ahí merodeando.

Al cabo de un mes tuve unos días extrañísimos. Me sentía como un globo al que pinchan y sale volando, descontrolado por toda la habitación, dando tumbos.

Y ahora esto de hoy.

Me han dejado sola. Quedaba media hora para la revisión del ginecólogo. Y he puesto a la Sosa y he empezado a teñirme la tristeza. E iba aguantando y ordenando un poco la casa.

Y he salido. Y llovía. Y hacía frío. He abierto el paraguas. Pero no se abría. Lo he forzado y me he cortado el dedo. Qué tristeza cuando lo he visto sangrar. Qué tristeza. Qué ganas de llorar.

He entrado a la consulta y me han dado una gasita para curarme el dedo. Después, una tirita. Yo he entrado con unas ganas de llorar…

Todo está bien, dicen. Mi cuerpo preparado para lo que yo decida, parece.

Me ha dicho que si quiero me hacen un estudio de infertilidad. Que seguramente lo de mis abortos es casualidad y no tiene “más importancia”, pero si quiero pueden hacerme un estudio. A ver si hay algún porqué.

 

 

 

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