Diario de unas células madre VIII

 

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6 de octubre

Todo comenzó a ir mal cuando se popularizaron las palmeras de bollo. Cambiamos la verdad de un hojaldre bien hecho por el sucedáneo de un bollo soso. Nos comimos las palmeras impostoras y, con ellas, toda una vida de mentira. De ahí, de ese tragarnos cualquier cosa, viene todo lo que nos hace vomitar ahora: la corrupción, los señores que vestían trajes caros para robar sin ser sospechosos, la religión en la escuela, la filosofía fuera de ella, los curas que hablan del pecado mientras obligan a niños a esconderse en sus sotanas, el abrefácil que no funciona, la mierda de los cupcakes, las frases que culpabilizan a la víctima, (no debería ir sola a esas horas, iba provocando, algo le haría), la engañifa de la igualdad de oportunidades, las oficinas de empleo que son de desempleo y la burbuja inmobiliaria. Nos tragamos la reforma del artículo 135 de la Constitución, la Ley Mordaza, las rebajas sin rebajar de Zara, las ofertas de la línea de caja del supermercado, el mindfulness, las frases de Jorge Bucay y el puñetero nórdico que hay que meter en una funda en la que no cabe. Nos comimos una palmera de bollo y nos lo tragamos todo. Todo. Pienso en esto mientras saboreo una riquísima palmera de hojaldre, una especie en peligro de extinción. A Carmela también le gusta. Le doy un trozo y va comiendo al mismo tiempo que se recrea embadurnándose con el chocolate. Comer significa mancharse, de eso se trata. Mánchate, Carmela, con esta palmera de hojaldre de verdad, aprende a no tragarte cualquier cosa. Tus manos sucias aplauden. Te sorprende que se te queden pegadas por el chocolate. Toca baño. Como casi cada día. Te encanta. Disfrutas con el agua y tus juguetes. Te hemos enseñado a recogerlos. Cuando acabamos, te acerco el balde en el que los guardamos. Tiras el primero y aplaudes mientras nos miras sonriendo. Te acercamos el resto de muñecos para que vayas haciendo lo mismo. Coges uno y amagas con dejarlo en el cubo, pero no lo echas. Has aprendido a tomarnos el pelo. Me gusta mucho verte aprender. Y me gusta mucho que, por encima de lo que te tratamos de enseñar, aprendas a ser tú. Ver cómo te vas construyendo en pequeños trozos. La cara que pones cuando haces cacas, la forma en la que arrugas la nariz, la manera en la que dices adiós, los pellizcos que te gusta dar en el brazo, lo que te gusta jugar a esconderte, tu voz, tus ruidos, tus sonrisas, tus gestos. Todo eso es tuyo. Contigo estamos acumulando cosas, también aprendizajes y afectos. Dentro de poco nos hablarás de tus amigos, traerás a casa confidencias con tu profesora o nos contarás lo que haces en los momentos que no son nuestros, que son sólo tuyos. Hasta ahora, nosotros controlábamos tu espacio de relación. Ahora comenzamos una etapa en la que ampliamos nuestro universo con una nueva dimensión, lo que te ocurre fuera de nosotros. Tus afectos eran los que nosotros te procurábamos de nuestra maleta. Nuestra familia y amigos. Ahora tú vas a tener tu propio recipiente, y lo iremos llenando con lo que tú decidas. Rodrigo el otro día se llevó tu mochila por error. Fue su cumpleaños cuatro días después del tuyo. Nos lo escribió tu profesora en la agenda. Tenemos que hacer deberes. Pintar una hoja de árbol otoñal para decorar la guardería. Le pido a tu tía que nos la haga ella para que quede mejor, pero no quiere. Compro pinturas de dedo y papel seda para hacer bolitas. En la tienda no tienen color marrón. La dependienta me dijo que lo podía crear utilizando blanco y negro. A mí me sonaba que el marrón no se hacía así, pero me pilló con las defensas bajas y no se lo discutí. Mis células madre estaban concentradas en no quedar demasiado mal con la primera tarea de implicación de las familias en el proyecto educativo de la guardería. No quiero que me digan que mi implicación es un churro. Hacemos una hoja de otoño muy primaveral, pero la profesora nos felicitó. Bien. Diego se hizo un chichón. Alberto ha mordido a un niño y su madre no sabe qué hacer para que no muerda. Dice que lo manda al rincón de pensar, pero no funciona. Pienso que nosotros no tenemos rincón para pensar porque queremos que pienses por toda la casa. Los martes hay que llevar fruta para almorzar y los jueves, zumo. Todo eso ahora está en nuestro salón, junto a tu tren, tus libros o tu chupete. Todo eso también eres tú. Vamos a la piscina. Tú y otro niño sois los pequeños de la clase, aunque el otro niño es el doble que tú y parece mayor. Disfrutas con el agua pero te cansas de no ser tú la que diga qué hacer en cada momento. Te gustaría agarrarte al bordillo e ir moviéndote tú sola por la piscina. Toca vacunarte. Le dices hola a tu enfermera hasta que te da el primer pinchazo. No te hacen demasiada reacción aunque sigues un poco floja por el catarro que arrastras. Tienes mocos y tos. Ibuprofeno y unas rodajas de cebolla debajo de la cuna, así conseguimos que duermas sin toser. Vamos al teatro. Te dejamos en casa de tus abuelos para pasar la noche. Les digo que me digan si hay algún problema. Tu abuelo me va radiando todo lo que haces. Ha cenado fenomenal. Verduras y gallo. Le está dando su abuela también un yogur. Y un trozo de pan. Ahora está arrastrando su silla por toda la casa. Ahora parece que está haciendo cacas. Efectivamente, cagada descomunal. Son cacas buenas. Ya está dormida. Venga, a disfrutar del teatro, no os preocupéis. Hasta mañana. Besos. Me despierto varias veces por la noche y miro la mesilla, la costumbre, aunque hoy no estés en la pantalla del aparato de vigilancia. Al día siguiente nos vamos de concierto. Te ponemos unos cascos que amortiguan el volumen que a ti te llega. Estás un poco abrumada de la oscuridad, las luces del escenario y la gente. Bailamos un poco pero quieres brazos. Nos vamos enseguida. Te hemos cortado el pelo por primera vez. Desde que naciste, tu abuela insistía en que te cortáramos el pelo. No quise. Me divertía ver cómo te iba creciendo el pelo de manera anárquica. Ahora se te iba el pelo a los ojos y te molestaba. Es un peluquería infantil. Te sientan en un coche y te encienden una pantalla con dibujos. Protestas un poco pero te quedas quieta y dejas que te corten el pelo sin oponer resistencia. Nos dan un diploma por tu primer corte de pelo. Lleva un mechón de tu pelo pegado con celo. Guardo el diploma en una caja que tengo con algunas cosas tuyas y que sirvan para contarte tus primeros días. Ahí están tus primeros pañales, tu primer chupete, el periódico del día en que naciste, tu huella en escayola, la pulsera del hospital, tu colonia… Luego serás tú la que te irás contando tú sola e irás eligiendo todas las cosas que te guardas.

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