Diario de lo que duele muchísimo todos los días, hasta que un día se olvida III

Tercer día. Lunes. [int. Oficina] ¿Qué te pasa? ¿No has dormido bien?

Esta mañana, trasteando por internet, me he chocado contra un pin de Pinterest (en un tablero de esos Pinspiration rollito Paulo Coelho que seguimos tanto cuando estamos hechos polvo y necesitamos frases motivacionales y de superación personal para mantenernos a flote y no sentirnos abandonados ni derrumbarnos entre lágrimas de amor no correspondido) que decía algo así como que un caballero no sólo consigue que su novia no tenga celos sino que logra que el resto de mujeres sientan celos de ella. De cómo es tratada, de cómo es querida, de cómo es todos esos participios adjetivados, estoy añadiendo yo.

[NOTA para curiosos: al pasar a limpio este diario he recuperado la cita exacta y dice: A boy makes his girlfriend jealous of other women. A gentleman makes other women jealous of his girl]

Estoy triste porque llueve. Y, bueno. Hace un par de años, haciendo bromas sobre convertir el Kentucky Fried Chicken de Plaça Catalunya en el centro de tertulia literaria de Barcelona, acabamos decidiendo que, si algún día teníamos que romper, lo haríamos en un McDonald’s porque se trata de un lugar neutro, no hay cuchillos afilados, sólo niños contentos. Cuando estás bien en pareja puedes vacilar, hacer chistes sobre la (hipotética) ruptura. Luego ya no. Luego no puedes hacer NI UNA SOLA BROMA.

Bueno, en nuestro caso, cuando vivíamos felices y enamorados yo no escribía nada y él redactaba lo que le pedían en el trabajo. Vivíamos de dulces convencionalismos, nos saludábamos todas las noches preguntándonos qué tal nos había ido al día, nos mentíamos con aprecio, sabiendo ambos que ninguno de los dos era realmente así y que preferíamos mil veces estar en un concierto o bebiendo en cualquier sitio antes que estar viendo El Telediario 2ª Edición. Pero pasábamos las noches juntos y nos lo pasábamos bien. Pero el amor digo la relación se está terminando (escribo en gerundio para hacerme menos daño) y ahora es inútil tramar una conveniencia absoluta a fin de apoyarse en ella y sobrevivir juntos. El desacuerdo gobierna el malentendido en el que se ha convertido nuestra relación desde el viernes por la noche.

Antes, al salir del trabajo y tres días después de ese “vale”, he ido a recoger unas cuantas cosas a nuestra casa y nos hemos visto y no nos hemos besado pero me ha preguntado que si quiero ir al McDonald’s. Obviamente, le dije que no pero luego le insistí para que fuéramos, claro. Nos lo pasamos muy bien en el McDonald’s y no sé en qué tiempo verbal tengo que conjugar los verbos a la hora de definir nuestra situación sentimental.

[Porque, claro, en cualquier amor (los transcendentes e intranscendentes) tiene que haber un lugar importante, un punto de encuentro revestido de un simbolismo mágico. En Madrid, el lugar perfecto para la conversación de ruptura sería el Starbucks de la calle Fuencarral donde una noche Tamara Falcó empotró su Mini y rompió a llorar entre varios «Por favor, por favor, que no se entere mi madre».] à esto lo he añadido ahora, pasando a limpio el diario.

Bueno, al salir del McDonald’s, en vez de volver juntos a casa y ponernos a follar, me dio dos besos y me dijo que lo mejor era que estuviéramos un tiempo sin hablar.

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