Diario de lo que duele muchísimo todos los días, hasta que un día se olvida II

Segundo día. Domingo. Mierda.

 

Dice Isis Uve que debería escribir un diario. Anotar algo cada día para notar los avances del día y le estoy intentando hacer caso, ojalá su método ahora me haga caso a mí. Es verdad que lo de ayer lo escribí con un poco de retraso, ya habían pasado casi 36 horas desde que me puse a llorar en el portal. Estoy pasando el primer fin de semana en estado de Gràcia, en casa de mi amiga Rosa. El objetivo de escribir este diario es no usar el Gmail para contarle lo que hago ahora que no estamos juntos, ahora que lo hemos dejado. Escribo en primera persona del plural porque sigo siendo corporativa en esto de nuestro amor. [este diario son notas sueltas, mal escritas] Vamos, para no preguntarle el “¿Cómo estás?” y tener que esperar durante los incómodos minutos que requieran su hipotética respuesta. [Para que encima me diga que está bien] En fin. Querido Antonio hizo un video de incertidumbre sentimental sobre este tema [lo de preguntar ¿Me quieres?] pero a él le salía bien porque él todo lo hace bien. Bueno, antes sabíamos perfectamente dónde estaba el uno, donde estaba el otro, en caso de que no estuviéramos en el mismo sitio, nos pasábamos las mañanas en la oficina chateando por el chat del Gmail. Se me hace raro no saber dónde está o qué hace –es domingo, no sé qué cojones se hace un domingo por la tarde cuando no tienes pareja– pero no se lo puedo preguntar porque sé que me va a contestar mal. Estará en nuestra casa, viendo series de la HBO. Estará en nuestra casa, follando con otra. Su icono del Gmail está naranja todo el día.

Bueno, ayer, al llegar a casa, Rosa me preguntó si iba a necesitar internet porque, en caso afirmativo, tendría que consultárselo a su novio. Por lo visto, él desconecta la wifi porque tiene miedo de que se la pirateen y pierda velocidad. Así que, para que haya WIFI a tope, no se puede tener WIFI en casa. Llevo YA dos noches fuera de nuestra casa, de mi casa, y no puedo respirar. Él me había enseñado a respirar, el aire de Barcelona se ha vuelto irrespirable pero no por la humedad y el bochorno tan característico del mes de junio barcelonés, sino por la angustia que describí dos páginas antes, cuando ayer empecé este diario en la libreta marca Guerrero. Si anoto todo lo que pienso en una libreta, no sólo aguantaré mejor el mono de no llamarle sino que me sentiré mejor. ¡Isis me lo explicó muy bien! Es importante que dejemos de hablarnos para no hacernos daño, creo, aunque a lo mejor si hablamos, nos reconciliamos. Bueno, también podría llamarme él, ¿no? La incertidumbre también me mata y ahora mismo estoy muy pálida, en mi corporeidad mortal y rosa como escribió el poeta. Estoy en casa de Rosa, estoy en Gràcia. Son las cinco menos cuarto de la tarde y se me está yendo un poco la olla escribiendo.

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Bueno. La pelea fue por celos, lo estuvimos hablando un rato por el chat del Gmail ayer por la tarde. Porque yo me puse celosa en teoría, [porque me hizo luz de gas, en la práctica – esta frase la añado ahora que estoy pasando a limpio el diario]. Es un genio. Ha conseguido explicarme la falta de atención que me prestaba diagnosticándome celos [sí, me ponía celosa cuando prefería pasar el poco tiempo que tenía libre con otras chicas que no eran yo] y, bueno, ya durante esa conversación de Gmail, empezó a contestar todas mis preguntas con monosílabos hasta que dejó de contestar. Y no sé nada más.

Dice Rosa que si él piensa que lo mío son celos y después de todo esto no parece que quiera pasar tiempo conmigo, lo mejor es que no estemos juntos. Bueno, esta semana iré a casa a por algunas cosas, creo.

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