Diario de una ansiosa

 

exoesqueleto color

 

I. Bichos

Con este calor me están naciendo bichos.

Noto los latidos de cada una de las crisálidas que se rompen en mi vientre. Noto las vibraciones de las alas húmedas de los insectos que anidaron durante el invierno en mi útero. Mi útero distendido de madre. Mi vientre que no volverá a ser el de una niña por muchos abdominales ni tratamientos de estética que se inventen. Nunca. Cualquier médico que tuviera que revisar mi nido, aunque llevara veinte días sin comer y la piel se me hubiera pegado a los huesos como un bebé asustado a las piernas de su madre, sabría que allí se formó una vida, en un medio oscuro, acuoso y cálido, como una charca. Y que parí un anfibio destinado a crecer en un desierto. Un anfibio que cuando duerme se convierte en universo al que le nacen lunares como estrellas opacas que vigilo en penumbras y que voy cartografiando en una libreta de tapas negras por si me pierdo aún más y necesito un mapa para encontrar el camino. Un camino. Cualquier camino. Ahora mismo estoy entre la maleza, asustada por el ruido de los bichos rompiendo sus exoesqueletos.

Esta mañana, después de dejar a Noa en la guardería, he escuchado la llamada desesperada de las cigarras macho por primera vez desde que empezó el calor. Se pasan años bajo tierra durante su etapa de ninfa, pueden estar casi veinte años excavando minúsculos túneles bajo el cemento de nuestras ciudades. Pero un buen día algo les impulsa a hacer una salida en alguna poza de árbol, trepar por su tronco y afianzarse a la madera hasta que su cuerpo de larva sea quebrado por el adulto que saldrá y no parará de gritar desesperadamente hasta encontrar una hembra con la que follar. Alguno muere reventado de tanto chillar sin poder aparearse. Casi veinte años preparándose para ese polvo de perpetuación que no llegará. Semanas de cantos frenéticos sobre los que las abuelas nos contaban que se debían al calor. ‘Qué canícula va a hacer. ¿Oyes cómo cantan las chicharras?’. Y no era eso. Son las cigarras las que no pueden soportar su ardor interno y necesitan sexo para saber que su eterna etapa de ninfa en la oscuridad no ha sido en balde, que su especie seguirá viviendo gracias a su sacrificio. No comen, sólo suplican a gritos a las hembras. Y los afortunados, los de mejor voz, se aparean con todas las que pueden. Y al final de la orgía, después de las puesta de millones de huevos, todos mueren exhaustos, machos y hembras.

Nosotros, que también follamos, parimos y criamos, pretendemos seguir viviendo como si tal cosa porque se nos ha olvidado que un día fuimos anfibios destinados a sobrevivir en un desierto.

Ayer vi por primera vez a la psicóloga, que acabó confesándome que hacía una eternidad, en su país, había sido lectora y correctora para el mismo sello editorial en el que trabajo, creo que sería en Argentina, por su acento. ¿Será una señal? La seguridad social me la ha asignado al azar. Y el azar público ha querido que pueda comprenderme un poco cuando le hablo de las crisálidas que me han invadido el vientre y de las que nacerán mariposas que me saldrán por la boca si empiezo a hablar. De momento no digo mucho, por si acaso duele cuando se abran paso por mi garganta al echar a volar.

Estos días he podido recoger a Noa en la guardería. La mayoría de los que esperan son abuelos, sobre todo abuelas. Las mujeres hablan entre ellas, primero, de sus nietos; después, de sus hijos, para acabar refiriéndose a su parto, como si hubiera pasado sólo una semana y no más de treinta años. Rememoran el dolor, las horas que duró, la inclemencia de los médicos de antaño y pronuncian el nombre de sus hijos con un adjetivo posesivo delante. ¿Eso es lo que me quedará? ¿El recuerdo del sufrimiento y el premio de ver heredados mi color de ojos, mi grupo sanguíneo o mi absurdo apego a los objetos? Mi abuelo era de pocas palabras y no quería recordar. No me contó casi nada de ese pasado de bastardo que dio forma a su carácter y a su nariz, heredada por todas las mujeres de mi familia. Esta nariz aquilina por la que ahora pasean hormigas recién nacidas que me desesperan.

Menos mal que vivo en una casa con patio. Hace tanto calor. En cualquier estancia siento las paredes demasiado próximas y no puedo huir porque mi hija, nacida también hace tan poco, me tiene prisionera en su mundo sin palabras. Cuando duerme la siesta me tumbo en el suelo del patio. Boca arriba veo estelas de aviones, nubes con formas de animales y muchas golondrinas chillonas cruzando el cielo. Boca abajo veo cómo salen infinidad de hormigas, algunas enormes y con alas, de su nido, que debe de encontrarse justo bajo el suelo sobre el que estoy estirada. Las hormigas voladoras son torpes y me dan miedo desde niña. No me gusta el vuelo inestable de sus cuerpos, siempre chocan con algo y temo que me golpeen. Me da un escalofrío y me doy un par de palmadas en la espalda, por si acaso. Pero no vuelan. Acaban de salir a la luz. No deben saber aún. Y él está empeñado en matarlas con un poco de insecticida, como si eso fuera posible. Y, además, ¿por qué?, ¿para qué? Mientras no invadan la casa. Pero el patio es suyo. Nosotros llevamos sólo unos meses aquí; sin embargo, ese hormiguero subterráneo probablemente lleve debajo de la casa años. Y tendrá mil galerías y recovecos en los que esconderse y permanecer a salvo del gas paralizante que él pulveriza cada tarde cuando cae el sol y empiezan a aparecer por cualquier agujero. A mí me gusta observar su fila india de doble sentido, su orden incomprensible, su capacidad de hacerse invisibles. Aunque me den miedo las hormigas voladoras no quiero que él las mate. Que deje en paz a mis bichos, que no les haga más difícil su nacimiento. Que se siente en silencio y escuche, por una vez, cómo cruje la vida por debajo de mi piel de anfibio cubierta de arena.

uñas y letras bn6

 II. Mis uñas

Es la hora quieta de la siesta. Noa duerme boca arriba en su cuna. Sus pequeños ronquidos son el único sonido en la casa. Recuerdo las siestas de los veranos de mi infancia, cuando nos mandaban a la cama después de comer. Recuerdo la lucha por no dormirme y los susurros de los mayores tras la puerta. Intentaba entender, casi siempre en vano, las palabras que no debía escuchar. Ahora soy madre y los mayores de entonces se están haciendo viejos a pesar de cuánto me cuesta imaginarme sus arrugas y sus enfermedades. Ahora soy yo la que mando a la cama a Noa. Pero estoy sola y no hay voces detrás de su puerta blanca.

Se me hace tan rara mi quietud. Salgo al patio y escucho el ruido de una obra en algún edificio cercano. No es lo suficientemente frecuente como para resultar insoportable. Me reclino en una silla de madera de teka y miro el modo en que cuelgan mis manos. Parecen dos animales desmayados. Me fijo en mis uñas. Me han crecido, llevo semanas sin mordérmelas y no me había dado cuenta hasta hoy. Hacía años que no veía la línea blanca de mis uñas. Son las manos de otra persona, de una mujer adulta, serena, sin pellejos mordisqueados por la ansiedad. No las reconozco, pienso que su buen aspecto no durará mucho, que es un espejismo provocado por la química y por la calma de estos mediodías en silencio.

Hace casi una semana que veo a dos pájaros en mi patio. Parecen una madre y su polluelo. Ella va y viene con insectos en el pico mientras la cría la espera en la buganvilla de mi vecina, que es enorme y tiene una rama con flores en mi patio. No veo nido. El animal está siempre en el mismo sitio, sin moverse, aguardando la comida. Los primeros días la hembra me veía y se ponía alerta. Intentaba que dejara de mirar el arbusto, que la viera a ella, que me olvidara de su cría. Revoloteaba, levantaba la cola, piaba una y otra vez, se alejaba y se posaba en alguna antena del edificio de enfrente. Todo para procurar que, si iba a haber mal, le afectara a ella. Es sólo un pájaro, tal vez un estornino, pero me ha hecho pensar que no hay tanta diferencia entre nosotras. Dos hembras criando. Dos madres que se pondrían en peligro por el ser al que han dado la vida. Hoy me ha visto salir al patio y ya no se ha alarmado. Ayer Noa descubrió a los pájaros, se quedó asombrada, les mandó besos antes de irse a dormir. Quizás la hembra también se ha dado cuenta de nuestras similitudes. En cualquier caso, ya no la asusto y permite al polluelo que salte de una rama a otra, que extienda sus alas. Sé que están a punto de marcharse y presiento que les echaré de menos. Les deseo suerte. Que vivan todo el verano, que el invierno les sea clemente.

Prefiero estar en mi patio que salir a la calle. Y no sólo por el calor sofocante de julio. Cuando salgo huele a podrido. Los contenedores de basuras apestan, los orines de los perros y del mendigo del cajero automático desprenden un hedor insoportable, de las alcantarillas sube un olor a cloaca terrible. Todo huele mal. Me persigue el tufo de los gatos callejeros que se morían bajo los coches en la calle en la que vivía de niña. Estábamos casi en la montaña y había muchos. Y se morían y sus cuerpos en descomposición desprendían un olor que no he podido olvidar. Estos días lo noto fuera de casa. Es como si se hubieran muerto todos los gatos del barrio, pero en estas calles de ahora no hay apenas. He preguntado a otras personas y no perciben este mal olor. Mi pituitaria debe estar alterada, le preguntaré al médico de manos delicadas si esta alucinación se puede deber a las pastillas. Tal vez mi nariz ha averiguado algo que necesito saber y está enviando un mensaje a mi cerebro despistado.

Mientras descifro estas señales, prefiero la tranquilidad de mi patio. Reclinarme en la silla y golpear estas uñas nuevas de mujer adulta sobre el reposabrazos hasta que se despierte Noa de su siesta y se acabe el silencio.

caballito del demonio

III. Ser capaz

Tumbada boca arriba en la cama miro la sombra que un ventilador antiguo proyecta en la pared  de enfrente mientras oigo voces al otro lado de la puerta, aunque no entiendo lo que dicen. Sé que están hablando de mí, de lo mal que lo hago. Todo. Es más fácil generalizar que entrar a listar los detalles. Y, por supuesto, menos aburrido.

Prefiero no oír. El ventilador está apagado. Las aspas oblongas llevan en la misma posición estos últimos cuatro días y, por el polvo acumulado sobre la rejilla protectora, diría que no han movido el aire húmedo de esa habitación con olor a río en mucho tiempo. Noa duerme a mi lado, por fin. Le suda la cabeza y tiene una pierna entrelazada con la de su muñeco de trapo preferido. Ha estado llorando desde las diez de la noche, gritando, pataleando, lanzando sus objetos preferidos con rabia, convirtiéndome en un animal furioso y descubriéndome ante los demás como una madre falta de recursos, pegatinas de colores y premios a la buena actitud. Son las doce pero no tengo sueño. Además de los cuchicheos, escucho los ladridos de un perro que alguien mantiene durante todo el día atado con una cadena a una tapia que separa una casa de un campo de arroz. Yo no ladro, pero también quisiera escapar.

Estoy rodeada de arrozales y agua: charcas, acequias, canales y el mar como destino último. Será por eso que tengo la sensación de estar ahogándome despacio. Hacía tiempo que no me sentía prisionera, quizás desde que dejé de ser una niña. Conseguí arrinconar la ansiedad de aquella época al convencerme de que se debía a las hormonas y de que todo era cuestión de tiempo. Esa era la frase preferida de mi madre: ‘no te desesperes, hay tiempo para todo’. Al final crecí y dejé de necesitar el ventolín y de enamorarme cada vez que decidía mirar a un hombre a los ojos.

Pero estos días he vuelto a ahogarme.

Con el amado pasodeltiempo de mi madre descubrí que aquella ansiedad no se había debido a mi edad, o no del todo. Lo escribo junto porque es la medida temporal que marcó mi paso de la infancia a la juventud. En casa no se miraban los relojes, ni existían las horas, ni las semanas, ni los meses. Sólo podía sentarme, leer y hartarme de esperar a que el puto tiempo pasara para poder salir huyendo. Entendí que vivir rodeada de mi familia me producía sensación de asfixia. Hay quién se pone nervioso en un ascensor o en una cueva o en lo alto de un edificio; a mí mi familia me produce claustrofobia. Creo que nunca he estado en un espacio tan reducido. Y les estoy agradecida por mucho, pero no por todo.

Me han enseñado que a ser feliz también se aprende. Creía que el instinto te obligaba a pretenderlo, sabía que como mucho se es feliz a momentos: a orgasmos, a postres, a risas, a besos, a lecturas, a amaneceres y mares; sin embargo, las mujeres de mi familia no saben ser felices, les hicieron creer que es peligroso. Creo que podrían redactar una tesis doctoral sobre el miedo y la infelicidad sin haber estudiado Filosofía. Saben conseguir un blanco perfecto en la lavadora, pero no tienen ni idea de pisar la tierra descalzas y mancharse de polvo y llevarse arena entre los dedos de los pies a casa para meterla luego en un sobre y escribir en el reverso: “recuerdo de aquella playa y de aquel verano”.

No saben ser libres. La libertad les asusta más que la infinitud de los matices. Y sin libertad no se puede ser feliz. De niña me harté de escuchar “No hagas esto. ¡Aquí, a mi lado! ¡Cuidado, no corras! No, no puedes subir ahí. No vas a salir. Relaciónate sólo con la tribu, somos tus iguales, los demás son diferentes y extraños, sus camisetas blancas están grisosas, hablan muy alto, beben alcohol, se drogan, se carcajean y no piden las cosas por favor, son peores. No te acerques, ten cuidado, ¿no te dan miedo? Está oscuro. Se ha escuchado un ruido”. Todo es peligroso en potencia, así que mejor evitar el daño. Y a fuerza de evitar han ido cada vez ocupando menos espacio; su existencia se ha reducido hasta convertirse en supervivencia. Creo que ya no les caben ni sueños en los bolsillos.

Me metieron su miedo en la cabeza, y me fui convenciendo sin darme cuenta de que si no había aprendido a ir en bicicleta, tampoco podría conducir un coche; o de que si no sabía nadar, menos lograría volar; o de que si no podía ir sola a ningún sitio, tampoco podría vivir una vida independiente.

Me di cuenta tarde del efecto de su miedo en mí. Luego he intentado ser diferente. Lo procuro en cada paso que doy: me bajo a la calzada en vez de caminar por la acera porque es arriesgado, dejo que Noa se suelte de mi mano y se caiga, lloriquee y se levante por sí sola. Me encantan las calles desiertas a las tantas de la madrugada, hablo con desconocidos, me he tatuado la piel, he levantado la voz, he gritado de placer, me he raspado las rodillas, me despeino… Pero todo lo hago con esfuerzo. Esa que ríe, esa que se tira de cabeza al mar, en realidad no soy yo, sino la mujer que quisiera ser. Cuando me quedo sola me echo a temblar. Temo no ser capaz. Y generalizo. No ser capaz, sin más.

Soy una mujer de mi familia, y ahora tengo que enseñar a Noa a no serlo. Y temo no ser capaz. Y estoy sola.

laberinto

IV. Viaje de huida y vuelta

Kilómetros, camiones, matorrales chamuscados en los laterales, asfalto irregular y el aire incendiado que me quema por dentro. El paisaje pasa, se quedan atrás campos, casas abandonadas en medio de ninguna parte, viñas, olivos, algún espantapájaros sin cerebro para pensar y el túnel de huida que he excavado con mis dedos bajo un azulejo suelto del baño. Me he traído restos de esa esperanza mugrienta bajo las uñas y una bolsa llena de muñecos de Noa.

He dejado fuera de este paréntesis casi todo lo que me impulsa a aguantar la respiración con los labios apretados hasta contar cien cuando el aire se me espesa. Casi todo. Parte. El resto viaja en la maleta, incómodo por tener que plegarse y ceder su espacio a un bikini de rayas y a unos cuantos trapos arrugados. Poca tela, de colores alegres, de verano, estampadas con flores o rayas o palmeras. Dentro de este paréntesis blanco y azul no necesito más. Todo es leve, todo flota, como mi cuerpo tumbado en el agua. El tiempo en verano se acolcha y parece que en un día caben muchas más cosas que ocupar una silla y una línea telefónica. O mejores.

Y Noa avanza deprisa. Crece. Da igual lo que yo haga, bueno o malo. Ojalá logre enseñarle sólo una cosa: tú, pequeña, debes ser enorme, no ahora, poco a poco, algún día. Y amedrentar con el tamaño de tu jaula de huesos a los caníbales que quieran devorarte. Incluso al más temible: tu propio miedo.

Yo aún no lo he logrado, y no creo que lo consiga ya. Sólo me queda disimular los mordiscos que me ha dado. Y mentirle a Noa, fingir que soy más valiente que un súper héroe sin súper poderes, como Batman, callarle que aún no he acabado mi túnel, que no tengo una cueva en la que esconderme ni millones de euros con los que pagarme un revestimiento de látex y valor. Pero, ¿y si mi corazón sin miedo fuera un pozo?

Me asusta el monstruo que intuyo y me paralizo. Sin miedo podría usar mi lengua como un puño, mi vagina como una boca, mis brazos como cuerdas o látigos. Podría huir o quedarme sola o soñar que vuelo como aquel súper héroe de risa que salía en una serie de cuando era niña.

No recuerdo la última vez que soñé que era capaz de volar, ni siquiera sueño ya con humedades u otros infiernos deliciosos. Habré dejado de creer en esas posibilidades. La realidad se tumba en mi almohada. Y eso sí que que no. De noche quiero poder hablar con los peces, nadar con una cola de sirena, o notar como me crecen alas en los omoplatos. No quiero que el miedo de ojos amarillos me susurre mientras duermo que no debo lanzarme por el balcón porque el cemento es muy duro y está demasiado lejos. Y qué más da. El cielo está igual de lejos. La misma distancia me separa de la piedra que del aire, y yo quiero respirar. Saltaré dormida y volaré. No permitiré que el miedo se me meta entre los párpados por la noche, ya tengo suficiente con notarlo como una enredadera, trepando por mi columna, cosquilleándome en el fuego enredado en espiral que tengo en la nuca durante el día. Cada día.

Los días de olas y viento han acabado. De nuevo, el asfalto, las estaciones de servicio de menús mediocres y lavabos inmundos cansados de ver culos. Los mismos kilómetros a la vuelta; sin embargo, durante el trayecto se me secan más los ojos y la boca que a la huida. Ya no me espera el paisaje de un océano, ni ese paréntesis vacío de relojes, ni la promesa de olvido y sol, ni la posibilidad de una isla. Regreso a mi mundo de setenta y pico metros cuadrados más patio en el que me espera mi miedo, aburrido y con olor a cerrado. Habrá crecido estos días, como Noa, y se paseará encorvado por el pasillo, impaciente, ansioso por abrazarme y decirme al oído que se nos está quedando pequeño este mundo que habitamos.

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 V. ¿De qué hablan las mujeres?

Tres madres desayunan en un bar casi vacío. Es la mañana de un viernes laborable. Me molesta el ruido que hace la camarera al golpear el brazo de la cafetera contra un cubo para soltar los posos del café y el estrepitoso taladro de un obrero que rompe el asfalto de la calle cortada. Escucho que hablan de niños, colegios, cursos, profesoras… Se refieren a ‘nuestra Carla’ y todas coinciden al negar que esa Carla de su propiedad haya podido hacer algo que, por las caras, les parece horrible. Mientras, callo y miro de reojo. No hago ruido. Me pregunto qué diría si estuviera sentada a esa mesa y me respondo que nada. No sabría qué añadir. Pensaría alguna estupidez, alguna broma inapropiada que me guardaría. Y sonreiría. Menos mal que la genética fue previsora y me armó con una dentadura poderosa tras la que parapetarme cuando me siento fuera de lugar.

Escribo en una libreta una pregunta:

¿De qué hablan las mujeres?

Las tapas tienen preciosas ilustraciones de pájaros en tonos sepia y malva. He escrito mi nombre y mi primer apellido en la primera hoja, en el margen derecho, como cuando era niña y quería dejar claro que un cuaderno me pertenecía, como su vacío y todas las letras que se pudiera tragar.

Estoy aceptando que mi silencio esconde la certeza de la mediocridad. Dolorosa y paralizante. Todo lo que hago lo hacen mejor los demás. Y el deseo de ser yo me parece inapropiado y me angustia. ¿Dónde me nace el miedo a ser, esta inseguridad? ¿Dónde tengo esa raíz retorcida que ha ido atravesando a las mujeres de mi familia hasta hundirlas en el suelo por el que se arrastraban?

Sólo me siento libre con el cuerpo paralelo a la tierra, al mar y al cielo. Cuando me tumbo y sueño, o beso y me besas y deja de importarme la identidad porque se me abren mil flores en la carne. No digo nada, los jardines son mudos, así que no me hables, te entrego mi silencio y permito que me arranques las margaritas del pelo. Sólo tus ojos ven quien soy, sin las letras que forman mi nombre sin pasado y las demás palabras que me cubren. Yo.

¿Qué ves? Por favor, dime qué ves.

Las mujeres de mi familia, hace años, hablaban mucho, me contaban que para vivir habían tenido que salir del barro, como Lilith. Su aliento olía a la menta que se reblandecía en los pequeños vasos de té dulce mientras charlábamos. Me contaban de hijas que sobraban y atravesaban mares para criarse en lugares que ya no existen con parientes que no las querían tanto como podría haberlo hecho una madre. Me hablaban del chico perdido que dio origen a la estirpe, me decían que yo me parecía mucho a ese joven que se negó a sentirse despreciado y huyó, ocultando su rastro a esa familia que se avergonzaba de su nariz aquilina y de las ondas de su pelo tan negro. Mi abuela, la niña regalada, se casó con mi abuelo, el muchacho miope y de piel morena al que nunca le habían hablado de su madre de nombre impronunciable. Y así fue cómo dos seres incompletos empezaron a refugiarse cada uno en los huecos del otro. Mi abuelo nunca rellenó los espacios en blanco de su álbum de fotografías, ni confesó que no sabía quién era ni quién hubiera podido ser. Se conformó con subir un barranco y vivir sin ser capaz de querer; nadie le había enseñado a hacerlo.

Ahora, las mujeres de mi familia ya no hablamos tanto. Se nos enfrían las tazas entre las manos mientras se nos atragantan las palabras.

Volví a abrir la libreta y escribí debajo de la pregunta algunas respuestas:

Las mujeres no hablamos del pasado que somos.

Ni del yo que se nos fue al parir.

Ni del aire que nos falta cuando hay un exceso de silencio en el salón.

Yo no hablo de lo pequeña que me siento cuando no estoy sola.

Ni del amor de Noa, que me desborda.

Ni confieso que temo haber heredado la incapacidad de amar y la costumbre de dejar pasar el tiempo.

Hablamos del chocolate, que cura la melancolía.

De aquellas que no vamos a ser.

De lo mal que secan las toallas de microfibra y del frío que ha empezado a colarse por las ventanas.

De la fuerza de los hombres. De sus antebrazos, de sus nucas y de sus manos, que pueden sostener un mundo o aplastarlo.

También repasamos las fotografías de las chicas muertas que salen en la televisión y en los periódicos. Mujeres que perdieron la voz por ser bellas, a las que les entró la muerte por ser puerta de vida.

El miedo nos calla.

Luego explico que la profesora me cuenta que Noa no quiere comer.

infinitos color

 VI.Charcos

Me he despertado por un ataque de tos de Noa. Tengo los ojos vidriosos y me pica la garganta. El malestar físico viaja rápido entre su cuerpo y el mío. La he sacado de la cuna y me la he llevado a la cama con la esperanza de que se volviera a dormir un rato. No lo ha hecho. Tose, bebe agua a sorbos sonoros y se ríe. Admiro ese empeño infantil por ser feliz. Incluso a 39 de fiebre a las cuatro de la mañana del primer día de toda una larga semana.

El otoño avanza dentro de mí, me rellena de hojas secas que se me arremolinan con las corrientes de aire. Cada final de verano me siento como si releyera las últimas páginas de El gran Gatsby. El último día de playa no soy yo la que sale del mar, es mi cuerpo hueco. Mis vísceras se quedan sumergidas en el agua, como en una pecera de formol, a la espera de la vuelta de la luz, el sol y la levedad del tiempo suspendido.

Sólo conservo en mi interior los pulmones. Son delicados y la humedad no les va bien. Esta noche resoplan debido al asma que arrastro desde niña y que cada vez que ataca me hace sentir la misma mocosa que acercaba la cabeza a un cazo de agua hirviendo con unas cuantas hojas de eucaliptos flotando. Recuerdo ese olor penetrante y el escozor de ojos que me provocaba la temperatura del agua. Veo el brillo febril de la mirada de Noa y me reconozco en ella aunque sus ojos se parezcan tanto a los de su padre. Su tos también me pertenece, como los lunares que le van manchando la piel y su rabia impaciente.

Intento que se acostumbre a las esperas, enseñarle que casi nada sucede en el momento del deseo, que casi todo llega a destiempo, cuando estamos cansados ya de los mordiscos del ansia y la ilusión ha perdido el helio que la mantenía a flote.

Me cuesta que lo aprenda. Cada nuevo impulso es una lección. Todavía no puedes comer un helado. Primero están la menestra y el pollo. Ahora no es momento de parque, quizás luego, si me obedeces, si no gritas, si no lloras, si no te tiras al suelo de la rabia que te provoca la frustración.

Yo también me tiraría al suelo. Y patearía y lloraría. Pero sólo aprieto la mandíbula y la mano de Noa, que se retuerce entre mis dedos tensos porque quiere liberarse. Como todos. El primero de los deseos.

Al menos esta mañana no tendré que sufrir la despedida en la guardería. No se acostumbra. Se agarra a mi ropa con una fuerza que me sorprende cada vez. Es tan pequeña que me cuesta imaginar de dónde sale el poder de ese amor. Ningún otro ser humano se ha aferrado así a mi cuerpo nunca y su exigencia desesperada me asusta. Salgo de su aula como si me hubiera arrastrado un tsunami; tengo que recomponerme la ropa, tocarme los lóbulos de las orejas por si he perdido un pendiente en el forcejeo y respirar hondo para evitar ahogarme. Boqueo despacio, sin desesperación, quizás gracias al desapego que me regala la química, hasta que las hojas dejan de crujirme en los pulmones; mientras, voy abriendo y cerrando puertas con los pomos a la altura de mi garganta.

Últimamente, se me deshacen todas las ganas, se me quedan en charcos a los que me asomo buscando un latido rojo en su fondo.

 

embarcadero

VII. Vértigo

Siempre he tenido vértigo, pero ahora no sólo me da miedo subirme a una escalera de mano, me marea también este calor de desierto, tu voz al otro lado del teléfono y la espiral de nudos por deshacer que llevo alrededor del cuello.

A través del ventanal de la quinta planta en la que trabajo veo señoras de la limpieza desafiando la gravedad como si fueran trapecistas. Sacan la mitad superior de la bata azul claro fuera del edificio de enfrente y pasan la bayeta por la cara exterior de los cristales con su nuca apuntando a la acera desde un quinto o sexto piso. Yo debería hacer lo mismo con los de mi casa, pero tengo vértigo y están sucios. Me mareo al ver a estas mujeres, la mayoría sesentonas, haciendo equilibrios. Y las veo a diario, cuatro horas cada mañana, planchando camisas caras, limpiando la mierda ajena, la suciedad negra que provoca el humo de los coches y que se cuela por cualquier rendija. He aprendido, a fuerza de verlas, que hay que quitar el polvo de las rejillas de ventilación de un armario de terraza o del aparato de aire acondicionado; también, que no todos los sueños se hacen realidad.

En casa miro mi mueble negro-marrón de Ikea cubierto por el polvo de la semana. Escribo con el dedo mi nombre en uno de los estantes. Siempre escribo mi nombre cuando no sé qué otra cosa escribir. Tengo libretas llenas con mi nombre, en mayúsculas, en minúsculas, solo, acompañado de mis apellidos. Libretas en las que he intentado explicarme, en las que sólo he averiguado que me cuesta mucho escribir la ‘r’, me sale fea, no parece una ‘r’. Luego limpiaré. O mañana. Extiendo la mano y me borro de la superficie de mi mueble de ningún color concreto.

Últimamente también me producen vértigo las distancias. En la cama, la lejanía de tu espalda me marea y noto cómo se pierden mis brazos entre las arrugas de las sábanas. Y el silencio, esa enorme alfombra bajo la que cabe toda la porquería que nadie limpia y que amortigua los pasos apresurados, las huidas. Y los calendarios que me daban en aquella farmacia cada Navidad y que amarillean en una caja de latón, junto a las cartas de amigos que ya no están, o no son los que eran, y cuatro fotos viejas.

Me da vértigo recordar aquel puente de madera que cruzaba cada tarde y bajo el que había sólo un agujero en la tierra. Me da vértigo pensar que mi vida se pueda quedar en eso, en un principio y un final separados por un vacío inmenso, por una tremenda nada.

 

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