Mary Shelley, madre de monstruos

 

Fernando Vicente

Ilustración de Fernando Vicente.

 

 

 

 

Aquel año de 1816, el verano nunca llegó. Una primavera inusualmente fría fue a morir en el siguiente invierno. No salió el sol, no llegó el calor. Los bañistas se alejaron de las costas. Las cosechas murieron. El ganado enfermó. El cielo del mundo era color plomizo, de un encapotado asfixiante. No todos sabían que hacía casi un año, en Indonesia, el volcán Tambora había entrado en erupción, la más grande que se había registrado en la Tierra desde hacía casi 1300 años. Una breve segunda edad de hielo que por un momento le enseñó las garras de la muerte a la Humanidad.

Quién podía imaginarse que esta fuerza de la naturaleza sería la causante de la creación de los terrores de la Edad Moderna.

 

Un año más tarde, las cenizas del volcán aún cubrían gran parte de los cielos de Europa. Un grupo de jóvenes decidió pasar unos días de verano junto al lago Lemán, un pequeño paraíso en la rica ciudad de Ginebra, Suiza. Tres hombres, amigos, y dos mujeres, hermanastras y amantes de los primeros. Pero el lago estaba oscuro y helado, y en vez de una cálida brisa de junio las noches trajeron tormentas. El mundo parecía resquebrajarse en pedazos. No podían salir a remar, así que se les ocurrió jugar a un juego.

Juguemos a ver quién crea el monstruo más atroz de todos los tiempos.

Aquel grupo de amigos que atravesaba Europa de camino a Ginebra no podía pasar desapercibido. Lo capitaneaban dos de los hombres más famosos del momento: Lord Byron, el poeta más admirado y terrible, exiliada de una Inglaterra moralista que lo aborrecía por ver en él el espejo de sus pecados. Y Percy Shelley, el poeta angelical, el genio tocado por la luz, tan hermoso, tan delicado. El otro hombre era un don nadie a la sombra de ellos: Polidori, un joven médico que languidecía a las órdenes de su paciente tirano -y, dicen, amante-, Lord Byron.

El grupo lo completaban dos muchachas que no llegaban a los veinte años. Mary Wollstonecraft y Claire Clairmont. Ensombrecidas a la comparsa de los dos grandes genios, tan sólo eran, a ojos de los demás, las amantes de turno que les acompañarían en aquel verano que nunca fue. Pero ahora, 200 años después de aquel junio de 1816, es a Mary y a Claire a quienes queremos recordar. Porque, aunque brillantes, Byron y Percy no hicieron nada memorable durante aquellas noches de tormenta, salvo charlatanear y beber. Fue Mary quien despertó a la bestia. Fue Claire quien guardó los secretos. Y también Polidori, que se reveló contra su amo y dio el primer paso de su camino a la perdición.

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Mary Shelley.

Mary Shelley.

Claire Clairmont.

Claire Clairmont.

 

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Las hermanastras se habían topado con los poetas poco antes. Percy Shelley, al que ya por entonces, recién entrado el siglo XIX, se le reconocía como uno de los poetas europeos más brillantes, acudió a Londres a visitar a un maestro: el escritor anarquista William Godwin. Allí, una de sus hijas, Claire Clairmont, fruto del matrimonio con su segunda esposa, quedó prendada de él. Pero los anhelos de Percy rápidamente se desviaron cuando regresó a Londres de su curso escolar Mary, hija de la primera mujer de Godwin. Claire sufrió el mismo rechazo que angustiaba a su madre. Cómo poder equiparase a la sombra de la primera mujer, la afamada Mary Wollstonecraft, feminista radical, autora de Vindicación de los derechos de la mujer, una de las primeras obras en favor de la igualdad de géneros. Murió de fiebres puerperales al dar a luz a su segunda hija, a la que llamó también Mary para que conservase su espíritu. La madre de Claire tan sólo era la vecina de al lado, tan servicial, una humilde traductora de los cuentos de los hermanos Grimm que una vez les narró a las niñas pequeñas la historia de un horripilante doctor llamado Dippel que intentaba resucitar cadáveres con energía en el castillo de Frankenstein.

Rechazada por Percy, Claire decidió buscarse otro poeta, y empezó una intensa correspondencia con el hombre más temido del momento: el poeta Lord Byron. Así que en junio de 1816 se citaron en Ginebra el enfant terrible -exiliado de Inglaterra por pretender a su propia hermana-, su amante Claire Clairmont -embarazada de él aunque nadie lo sabía-, el médico personal de Byron, Polidori, y los amantes Percy -casado con otra mujer- y Mary Wollstonecraft. Se encerraron durante un fin de semana en la villa que Byron había alquilado en el Lago Lemán con la esperanza de tomar el sol y salir a nadar. Pero sólo hubo tormentas.

En torno a aquella noche se ha creado un mito. Lord Byron retó a los presentes a escribir una historia terrorífica. Los dos grandes poetas no concluyeron nada. Claire se limitaba a observar, callar y atesorar momentos en la memoria. Polidori se lanzó a escribir un cuento sobre una criatura seductora y terrible que le chupa la vida a aquellos que se le acercan. Y Mary se encerró en su habitación, mirando la tormenta al otro lado de la ventana, y recordó aquel cuento de su madrastra, y aquella noticia del científico Luigi Galvani que defendía la electricidad como motor de la vida que habían estado comentando durante la cena.

Y creó vida. La vida que le es prohibida al hombre, puesto que sólo el Creador la puede crear. La vida de la Ciencia. La manzana del árbol prohibido. Prometeo, una vez más, retando a los dioses. Fausto pactando con el avance mecánico en sustitución del Diablo. “La naturaleza necesita ser enmendada, y enmendarla era la misión del hombre”, escribió el autor de ciencia ficción Brian Aldiss en su revisión Frankenstein desencadenado. Mary narró las memorias de un científico, Victor Frankenstein, que quiso arrebatarle a Dios el único poder que parecía quedarle en la era de la confianza en el cientificismo: el de dar la vida. Juntó pedazos de cadáveres y les insufló electricidad. Apareció una criatura. No nacida de otro ser. Sin recuerdos. Sin pasado. Y su creador, arrepentido, lo abandonó a su suerte. Vagó ocultando su monstruosidad y aprendió de los extraños lo que eran el amor y el odio. Y cuando se sintió infinitamente solo, el primer eslabón desgraciado de una nueva estirpe artificial, fue a ajustar cuentas con su creador, y lo persiguió hasta el final del mundo.

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Portada de la edición de 1818.

Portada de la edición de 1818.

 

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Frankenstein o el moderno Prometeo fue un libro azaroso. Mary confió ciegamente en Percy, puesto que él era el genio reconocido, para hacer las correcciones. Se publicó una primera versión anónima en 1818 que pasó sin pena ni gloria. En 1823 se publicó una segunda versión revisada firmada con el nombre de Mary Shelley. Por aquel entonces, la primera mujer de Percy se había suicidado, y los amantes, ya oficialmente casados, habían visto morir a dos de sus bebes, Clara y William. Polidori, que había rozado la locura cuando, publicado El vampiro, Byron quiso arrebatarle su autoría, se había suicidado ingiriendo ácido tan sólo cinco años después de la reunión en Villa Diodati. La versión de Frankenstein que todos manejamos, la llamada “estándar”, es la de 1831, cuando finalmente se hizo mundialmente conocida. Para entonces, Percy había muerto ahogado al naufragar su barco Don Juan. Había muerto otro de los hijos del matrimonio y sólo el último, Percy, sobreviviría. Lord Byron había muerto luchando por la independencia griega. Allegra Byron, la hija que el poeta había tenido con Claire, había muerto a causa de un virus a los cinco años. Y Ada Lovelace, la única hija que Lord Byron había tenido dentro del matrimonio, estaba a una década de crear el primer programa de computación y convertirse en la genuina creadora de la informática.

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Villa Diodati.

Villa Diodati.

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Mary Shelley dedicó sus últimas dos décadas de vida a publicar y difundir toda la obra Percy. Pero mucho más allá, ella misma publicó novelas de gran valía como El último hombre (1826), Perkin Warbeck (1830) y Falkner (1837). Murió en 1851, a los 53 años, a causa de un tumor cerebral, ya mundialmente reconocida como la creadora de la criatura sin nombre.

Y entonces sólo quedó Claire. Una anciana bella y silenciosa, cargada de recuerdos, que nunca quiso contar nada y se llevó a la tumba los secretos de aquellas noches de verano, el verano que nunca llegó, durante el que, encerrados bajo las cenizas eléctricas de un volcán despierto, cinco jóvenes prodigiosos habían desencadenado los terrores del hombre contemporáneo.

 

 

 

 

 

 

 

 

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