Raquel Fernández Menéndez, 21 años. Estudiante de Filología y poeta.

La tertulia, Ángeles Santos, 1929.

La tertulia, Ángeles Santos, 1929.

Una mujer corría.
Jadeaba y corría.
Tropezaba y corría.
Con un miedo macizo debajo de las cejas
y un niño entre los brazos.

— Ángela Figuera Aymerich

El feminismo es para mí la reivindicación de un papel en la historia y de una mirada sobre el mundo. De este modo, podría haber elegido cualquier otra obra de Ángeles Santos como imagen de esta entrada. Sin embargo, La tertulia refleja, además, la visión de las mujeres por otra mujer. La obra crea  complicidad, un femenino plural no exento de polémica.  

En el cuadro se cifra un cambio de paradigma: el de la lectora. Las tertulias de mujeres ya eran importantes en el siglo xix. No puedo extenderme demasiado, pero son ejemplares los casos de Juana Manuela Gorriti y Emilia Serrano de Wilson, cuyas reuniones tienen un inmenso calado en la sociedad hispanoamericana de fin de siglo.

Sin embargo, a Ángeles Santos le corresponde una nueva mirada e, insisto, un nuevo paradigma. La tertulia surge tras una visita de la pintora a la clase de dibujo de una compañera. Decide hacer un retrato de todo el grupo, y el resultado es la representación de mujeres modernas que fuman y leen revueltas en un espacio propio. Ya no pertenecen a las lectoras de revistas femeninas ni a las románticas como Ana Ozores; ya no aparecen representadas leyendo en un sillón, con grandes vestidos y esmerados peinados. Al contrario, las habita un movimiento casi palpable que anuncia nuevos tiempos.

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Quiero aludir a otro aspecto que me permite ahora relacionar la cita de Ángela Figuera Aymerich con lo que ha sido para mí el feminismo y el trato desigual entre sexos. Me refiero a la posición que las mujeres han tenido ante la guerra, y su obligación de desempeñar las funciones prototípicas del hombre, fundamento, por otra parte, para su reivindicación.  

En el siglo xix muchas mujeres están condicionadas por la Guerra de la Independencia. Esta supone su alcance del espacio público, y la participación en la resistencia. Algunas  de ellas incluso la escriben (como Frasquita Larrea, madre de Cecilia Böhl de Faber).

En el siglo xx la Guerra Civil crea otro tipo de circunstancias a la mujer. Por eso pienso en Ángela Figuera Aymerich, porque tanto sus palabras, como su lugar en la poesía española del siglo xx, están condicionados por ella.  Los versos que cito recuerdan al Guernica de Picasso, al horror y a la necesidad, al papel de la madre (sobre la que caen todos los roles familiares durante la contienda), y, en definitiva, al imprescindible lugar de la mujer en la historia.  

Las mujeres de su tiempo que habitaban esta aldea en la que he nacido no tuvieron trayectorias muy distintas.  Las de mi familia se habían quedado prácticamente solas durante la guerra e, incluso después, es mi bisabuela, casada por conveniencia tras los problemas económicos que asolaban a su familia en la posguerra, quien, con un cesto en la cabeza, sube al monte a alimentar al ganado y baja después a alimentar a su familia.  Su padre se había muerto en combate, sus hermanos se habían ido al exilio. Mientras, sus manos seguían trabajando en una tierra en la que la mujer tenía todavía menos posibilidades que el hombre. Y ya es decir.

Dejando ya de lado un mundo que yo he conocido de boca de sus protagonistas, creo que superar el siglo xx no ha significado el cese de actitudes machistas. He visto a muchas mujeres que se autocensuran: en su trabajo, en sus relaciones sentimentales, en las labores del día a día. Para muchas de ellas hay que ser guapa y provocativa, vestirse para atraer a los hombres, no hacer nada que pueda ocupar su territorio si acaso se quiere conquistarlos. Son escasos los lugares comunes y es necesaria la creación de espacios mixtos fuertes, más que la creación de una hermandad de mujeres, que apuntaría una vez más a los salones privados del xix y su marginalidad.

En definitiva, seamos como las mujeres de La tertulia: dibujemos, leamos, escribamos. Trabajemos y defendámonos, acabemos con la autocensura, pero alcancemos lugares comunes y no territorios marginales que confirmen que, en pleno siglo xxi, sigue habiendo lugares para los hombres y lugares para las mujeres.

 

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