Noemí López Trujillo, 25 años. Periodista.

Fotografía de Diane Arbus.

Fotografía de Diane Arbus.

Porque todas las comidas se han cocinado, los platos y las tazas lavado; los niños enviados a la escuela y arrojados al mundo. Nada queda de todo ello; todo desaparece. Ninguna biografía, ni historia, tiene una palabra que decir acerca de ello.

— Virginia Woolf

Cuando todavía no sabía pelar la fruta, es decir, cuando era pequeña —aunque debo reconocer que nunca he aprendido— los profesores siempre me preguntaban, a principio de curso, que en qué trabajaban mis padres. «Mi mamá es ama de casa», contestaba yo. Veía cómo hacían una cruz en la casilla de «No trabaja», y una cruz a ella. Yo llegaba a casa y tenía la comida hecha, la ropa lavada, la cama hecha.

Las mismas personas que en clase me hablaban de María Zambrano, la ensalzaban, me decían que mi madre no trabajaba. La enterraban viva. La historia tiene las manos embarradas por haber borrado el nombre de todas esas mujeres que realizaban trabajos gratuitos. Labores sin las que nuestra sociedad nunca se habría desarrollado. Las han dejado como lagartijas boca arriba muertas al calor.

Ahora pienso que el mundo, como un cuerpo, está lleno de moratones. Que a menudo no nos molestan, ni nos damos cuenta de que los tenemos. Aquellas personas que se dicen no ser feministas, como los que dicen que no les interesa la política, se mantienen ajenos a lo que ocurre, sin importarles los golpes que el cuerpo recibe. No sé en qué momento nos creímos que la revolución acababa con la emancipación de la mujer.

Decía Emma Goldman: «Si no puedo bailar, no es mi revolución». Tengo la irritable sensación de que la revolución está intoxicada de ‘bobos’ (bourgeois bohemian): la lucha cruda y sangrante frente a la que se cuece a fuego lento. Y no nos damos cuenta de que la batalla feminista está umbilicada con la periferia, con los márgenes, con las mujeres excluidas de nuestra historia. Yo también soy esa ama de casa, esa campesina, esa «bollera», esa «marimacho», esa «travesti», esa «guarra que no se depila», esa «gorda con carne tremulosa», esa «solterona». Si no puedo ser todas ellas, no es mi revolución. El feminismo está pasando sin tu permiso. Pero es que no lo necesitamos. 

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