Marisol Salanova, 31 años. Editora, crítica de arte y comisaria de exposiciones.

Guerrilla girls, Nueva York, 1985

Guerrilla girls, Nueva York, 1985

Soy mujer. Y un entrañable calor me abriga cuando el mundo me golpea. Es el calor de las otras mujeres, de aquellas que hicieron de la vida este rincón sensible, luchador, de piel suave y tierno corazón guerrero.

— Alejandra Pizarnik

Crecí feminista porque el feminismo es de sentido común, desear un trato justo para todo el mundo y percibir que las mujeres hemos estado mucho tiempo en desventaja debería llevar naturalmente hacia una tendencia feminista, es decir, a reforzar la igualdad de oportunidades y derechos al margen del género y de la pluralidad de capacidades. Esa es mi definición particular, aunque no me gusta acotar, acuñar ni delimitar nada, de hecho el feminismo es un concepto abierto no categorizado que va mutando conforme los tiempos cambian y evoluciona hacia vertientes como el ciberfeminismo o el transfeminismo. Preocuparse de lo que sucede en la red, empoderarse de los nuevos medios -ya no tan nuevos- e incluir a las mujeres transexuales en esta lucha es importante.  Particularmente me interesa el terreno del arte contemporáneo porque es a lo que me dedico, mi ámbito. En él encuentro que se trabaja cada vez más por la visibilidad de la condición femenina, lo queer, identidades trans o género indefinido y otras cuestiones políticas, sociales, que conciernen al feminismo o parten del él. En esta línea, Martha Rosler apunta, a lo largo de su texto Imágenes públicas. La función política de la imagen, que autodenominarse feminista y realizar a la vez una obra que se anuncia como feminista significa arriesgarse a ser considerada como una herramienta o como guerrillera que hace arte político: “Algunas mujeres cuya obra encaja dentro del género feminista evaden la cuestión negando su significado social. Otras afirman tímidamente su feminismo al tiempo que realizan obras abiertamente retrógradas y antifeministas, normalmente reproducciones sin sentido crítico de objetivaciones masculinas de las mujeres, sobre todo de tipo sexual. Algunas de ellas han adoptado un feminismo libre de cualquier intención activista. Dicho feminismo se puede definir simplemente por la predilección por los nuevos materiales y el uso de ciertas imágenes y por permitir la entrada a más mujeres dentro del mundo del arte sin que ello implique una crítica exhaustiva de la sociedad.” Lo que sucede, a mi entender, es que cuando ciertos trabajos relacionados con el activismo en torno a la mujer entran en instituciones y museos corren el riesgo de tematizarse, volverse casi una marca de contenido conceptual difuso, según la manera en que se expongan y los intereses que haya detrás de hacerlo. Hay artistas y teóricas que son especialistas en género sin que esto implique necesariamente que en sus vidas algo se haya transformado, la toma de conciencia es crucial. Retroceder en cuanto a derechos está claro que es fácil y rápido en tanto que vivimos en un país en que la decisión de ser madre, por ejemplo, se encuentra mediada por un gobierno que intenta prohibir el derecho al aborto. Quien piense que el feminismo -o, mejor en plural, los feminismos- pertenece al pasado, que no es necesario, debería echar un vistazo atrás, a la historia más reciente y los casos de violencia machista que suceden a diario. Las mujeres necesitamos el apoyo de otras mujeres pero sobre todo necesitamos comprensión y alianza por parte de los hombres que generacionalmente van recibiendo una educación menos sexista y están más receptivos o deberían estarlo, porque el feminismo trabaja por un bien común: la convivencia en armonía con una calidad de vida digna para todos. 

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