“Felices aquellas…”: Escapar del ruido para escribir mejor, con Aixa de la Cruz y Sabina Urraca

 

 

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Ilustración de la casa en el campo de Salinger.

 

La cuestión le ha importado a —digamos “casi” — todo aquel que ha querido afirmarse como escritor: retirarse o no para escribir más y mejor. Ante el persistente sentimiento de culpa por dejarse distraer, y no producir esa tirada de páginas que hagan merecer el apelativo, los escritores tomaron un día el hábito del monje —laborar, callar— como aspiración;  y desde entonces no han dejado de mirar hacia allí. Y digo monje, pero es un anhelo precristiano: todos sabemos que el mito lo inventaron Horacio y Marcial, la crisis entre querer estar en Roma y enterarse de todo o marcharse a la finca de las afueras, en compañía de los cipreses. Por eso he bautizado como felices a las dos escritoras con las que he conversado, Aixa de la Cruz (Bilbao, 1988) y Sabina Urraca (San Sebastián, 1984), por el “Beatus ille/feliz aquel” con que Horacio hurgaba en la herida de escritor demasiado apegado a la urbe. De la Cruz y Urraca han encarnado el motivo, al menos por unos meses —bastantes ya, eso les da toda credibilidad— del Beatus Ille, y se han marchado, una al campo, a una casa sin agua corriente ni calefacción; otra a un lugar donde no conoce a nadie. ¿No es terrorífico? ¿No fantaseamos con ello todos los días? Por otro lado, ¿no lo hemos hecho ya todas, aunque sea durante un fin de semana; no seríamos capaces de hacerlo el mes que viene? Sí. Como digo, éste es casi un dilema cotidiano para todo escritor. Pero lo que importa es que, de Horacio a acá, no se ha resuelto. No sabemos si es lo que debemos hacer; si, como queremos creer, existe una solución a nuestra resistencia a la escritura, una resistencia que no sabemos explicarnos: ¿Por la qué odiamos tanto?  “I hate to write”, que dijo Anna Quindlen en su artículo The agony of writing. O más bien “Odio escribir, me gusta haber escrito”, que decía Dorothy Parker. Y queremos que algo cure este rechazo incomprensible a nuestro, por otro lado, único asidero, último hilo de convicción y amor duradero.

Beatae Illae

Sabina Urraca vive en el Valle del Padre Eterno, en La Alpujarra  Alta (Granada), en una casa junto al bosque. La oportunidad de mudarse allí surgió por casualidad y quiso aprovechar para concentrarse en la escritura de una novela, Las niñas prodigio. Aixa de la Cruz se ha instalado en Llanes (Asturias), en un piso cerca del mar. Un día se subió a un autobús de la línea cantábrica y recorrió pueblos hasta encontrar un alquiler barato, de esos que duran de septiembre a junio, hasta que vuelven los veraneantes. Aixa va a dedicar medio año a su nueva novela, La línea del frente, y la otra mitad del año a su tesis doctoral, sobre la representación de la tortura en la cultura popular después del 11-S. A quienes hemos leído sus relatos no nos sorprende esta elección; la tortura practicada a escalas muy diferentes está en Modelos Animales o Abu Ghraib. He conversado con Urraca y De la Cruz a través de respectivas sesiones de skype. Quería preguntarles cómo les va ahora que se han adentrado en los territorios mitológicos de la escritora aislada.

Ciudad y culpa

Ambas me muestran un hallazgo común: Madrid no tiene la culpa de nuestra tendencia a la dispersión. “En realidad es igual”, dice Sabina, “en el campo hay tantas distracciones como en la ciudad”. Lo explicó en  su post  De Madriz al campo: en el Valle del Padre Eterno la actividad se reparte entre luchar contra la corrosión de la naturaleza y socializar con los vecinos. En otro de sus hilarantes posts, Sabina desglosa las aplicaciones web que existen para  mejorar el rendimiento a la hora de redactar; el resultado nos dibuja a Sabina como una clownesca urbanita empeñada en luchar contra su propia curiosidad expansiva. “Me aburro de mí misma, soy incapaz de seguir una rutina; escribo a empujones”. De hecho, en sus intentos por forjar una disciplina en el retiro campestre “he probado cosas raras, como intentar dormir de día y trabajar por la noche, otra manera de vencer el miedo que me da la noche. Pero dormir de día en el campo es una locura”.

Aixa reconoce que “en Madrid me sentí un poco avasallada por el exceso de posibilidades. Nunca había vivido allí y me rodeaban demasiados estímulos.  Ahora estoy a gusto aquí, pero tampoco creo que sea la panacea. No hay un cambio radical en rendimiento, concentración, no cambian demasiado las cosas”. Al inicio de su aventura buscó esa productividad milagrosa que nos promete la fantasía de la huida: “Este escapismo no te soluciona la vida;  los primeros cuatro meses intenté imponerme una dinámica de trabajo de oficina muy cerrada, y lo que me pasó es que me bloqueé bastante, me forzaba a escribir a un ritmo en el que nunca había escrito”.

 Ahora que se ha acompasado a su nueva circunstancia, no sigue una rutina estricta: “Eliges tus horarios, decides un día trabajar hasta las cuatro de la madrugada, otro durante la mañana, cuando no vives con nadie es una libertad aún mayor. Te puedes pasar un domingo entero leyendo, al día siguiente trabajar ocho o diez horas si te sientes con ganas. Tengo siempre la sensación de que los días me cunden más”. Les pregunto si creen que ahora que existen las redes sociales la cuestión de residir en la ciudad o fuera de ella ha perdido relevancia, puesto que la hiperconectividad no cesa a no ser que estampes el móvil contra el suelo y cortes los cables del módem. Para las dos, las redes ofrecen un consuelo a ese vertiginoso cambio de vida que ninguna pantalla resuelve.  “La soledad a mí me tensa”, dice Sabina. “Y no me relajo, en soledad me vienen todos los demonios y eso para escribir me ha servido. Esto no me ha hecho producir mucho más, no me he vuelto una chica relajada del campo. La neurosis va por dentro, el estrés es el mismo”.

Pero, ¿por qué insistir en estas palabras: culpa, productividad? Nos tocan directamente desde modelos que no queremos habitar: catolicismo y neoliberalismo. “Lo hablo con otros escritores”, sostiene De la Cruz, “sentimos una especie de culpa porque en nuestro entorno la gente que no se dedica a escribir en el fondo considera que no tenemos un oficio de verdad. Yo cuando escribo una novela igual tengo que estar tres meses documentándome, pero se lo cuentas a tu madre, y le dices, ‘Ama, mi trabajo es estar en mi casa leyendo’, pero para ella es no hacer nada en todo el día. Tú sabes que es tu trabajo pero la percepción de la gente influye mucho, siempre estamos teniendo que compensar por esta idea de que vivimos del cuento, y creo que nos obsesionamos mucho con el rendimiento para justificar que acabamos produciendo algo”.

La casa de Emily Dickinson en Amherst.

La casa de Emily Dickinson en Amherst.

A la luz de su propio fuego

Cuando les pregunto si les ha animado algún referente de escritor ermitaño, se apresuran a negar: “Me parecía un cliché eso de irse al campo” (Sabina), “No soy nada mitómana” (Aixa). Pero el desmentido dura poco; quién no atesora datos biográficos de otros escritores como si fueran objetos mágicos. Sabina piensa en Salinger, en la caseta al fondo de su jardín, “escribiendo para no publicar. Me fascina eso de Salinger, porque yo estoy muy condicionada por los lectores, gente que va a leer mi libro esperando algo concreto. Tengo miedo de que piensen que es de risa”. Y aclara que en Las niñas prodigio no está trabajando el tono habitual de sus artículos, de un sarcasmo felizmente autosuficiente.

Aixa nombra a una eremita literaria fundacional: Emily Dickinson, que a los treinta y tantos años decidió no volver a traspasar el umbral de la casa familiar, y relacionarse con el mínimo imprescindible de personas. “En su caso no se trataba de la dicotomía ciudad/campo sino del encierro, que siempre me ha atraído bastante; yo en un decimoquinto piso en Tokio estaría igual de aislada que en Llanes y disfrutaría lo mismo”. En la novela aborda la creciente incomunicación de su protagonista: una mujer que se instala en Santoña para visitar cada semana a un recluso del Penal de El Dueso. “Casi toda la novela transcurre dentro de la casa de ella; sólo ve al recluso, a un vecino drogadicto que vive enfrente y a un conserje.  Entre capítulos hay una escena teatral: un vis a vis en la prisión. Es una reflexión sobre cómo a través del teatro se construye la identidad”. Y confiesa un temor, que siempre ha de acompañar al proceso de escritura: “Tengo miedo de ponerme demasiado intelectual. La tesis está clara: una chica que se da cuenta de que tanto el amor romántico como la identidad es una construcción. Pero me da miedo que el discurso se coma la novela”.

Lectura

¿Han cambiado los hábitos de lectura? Para las dos, los ritmos se han mantenido, aunque lo que ha variado es la oferta. Sabina se alegró de descubrir una biblioteca pública, pero al explorar las estanterías tuvo que resignarse a libros a los que no se habría acercado en otras circunstancias: Helen Fielding o Javier Marías, por ejemplo. Las visitas de amigos con regalos y encargos han conseguido equilibrar la situación, y últimamente Urraca ha leído y releído a Lydia Davis, Miranda July, Michel Houellebecq (“El mapa y el territorio tiene algo que me recuerda a mi situación, porque [atención, spoiler] Houellebecq se convierte a sí mismo en un personaje que se traslada al campo… pero acaba descuartizado”), Fréderic Biegbeder o Valérie Mrejen. Aixa de la Cruz ha repasado también los fondos de la biblioteca municipal, para acabar releyendo títulos “que descubrí en la adolescencia y, por tanto, podría decirse que no había leído realmente. Mi gran momento fue volver a sumergirme en Mortal y rosa un día soleado, frente a los acantilados”. Sin embargo, también ha conseguido que sus visitantes le traigan alguna novedad: Estrómboli, de Jon Bilbao. Por otro lado, “en Llanes no hay librerías; hay más bien papelerías con algún bestseller. Así que Kindle me salva la vida”. Ahora está leyendo Cocaína, de Daniel Jiménez.

Volver

Las dos coinciden también cuando les pregunto si se arrepienten del paso dado. Volverían a hacerlo; de hecho, Aixa ha decidido que se queda. “No quiero volver a una ciudad grande. Para qué voy a estar en Madrid pagando ochocientos euros por un piso horrible cuando vivo al lado de la playa por la mitad de dinero;  aquí salir un día que hace bueno es el plan, mientras que en Bilbao o en Madrid salir es salir a consumir algo: a comprarte un libro, a tomar unas copas”. Urraca sí vuelve a la ciudad, pero no duda en afirmar que repetiría la experiencia. Se da entonces la contradicción de que, aunque digan que el aislamiento no mejora el proceso de escritura, sí parece haberlo enriquecido. Que han profundizado, que han conseguido escuchar el silencio y por lo tanto se han acercado a la palabra. Volviendo a Emily Dickinson, es importante recordar aquello que le dedicó Susan Huntington Gilbert Dickinson, amiga/amada/cuñada, a su muerte: “Según fue recorriendo la vida, su naturaleza sensible se apartó de mucho contacto personal con el mundo, y se volvió cada vez más, por compañía, a su propia gran riqueza de recursos personales, sentándose a partir de entonces, como alguien dijo de ella, “a la luz de su propio fuego”.

 

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