Poemas de la Mujer Ciervo

 

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Verónica Durán González (1983) aka MujerCiervo. Ilustradora autodidacta afincada en Galicia. También escribo: mis primeros pasos han sido publicados en dos números de la revista de difusión literaria argentina Por qué tiemblan; en el Fanzine Onírico: Seremos onironáutas, orquestado por Inés Martínez; y en la antología de poetas sin nombre, Anónimos 2.3.

He prestado además, mi imagen personal para proyectos visuales como el de Victoria Lukas, compositora francesa con residencia en Marsella, que fusiona electrónica y poesía.

Acabo de terminar mi primer poemario inédito: Bosque Líquido, libro autoeditado donde intento fusionar mi universo ilustrado con mi pequeño espacio escrito. Recolectar memoria. Empezar en bosque y terminar en mar, paisajes que desde niña me acompañan y circundan mi casa.

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Poética

Escribo para hacer del papel -el sacrificio del árbol-, una extensión de mi cuerpo. Necesito salir del habitáculo helado que la incertidumbre constituye en mi piel. No existe nada en el mundo más terrorífico para mí que la página en blanco. Y blancas han sido siempre mis pesadillas.

Me refiero a un vislumbre que me asaltaba de niña. Cuando anochecía. Y mis ojos subían, cubiertos de azúcar, por las escaleras que corrían hacia el desván. Si durante un tiempo mantenía la mirada fija en la sombra, un esqueleto emergía. Proyectado en pálido escalofrío desde la alta penumbra:

“Al primer latido. El esqueleto desciende raudo por los peldaños.

Dos golpes al pecho y su oscuridad blanca pasa ante mí. Silenciosa. Insondable.

Un latido más tarde, sus huesos desaparecen en profundo misterio por la garganta del pasillo. “

Entonces corría tras él. Le buscaba en secreto. Abría las puertas. Encendiendo desesperadamente todas las luces de la casa, escudriñaba la noche detrás de las cortinas. Tras los visillos de cada habitación.

En la última ventana del recorrido, el esqueleto decidió reaparecer dibujándose a sí mismo sobre el fondo negro de los cristales, con un trazo de tiza blanca que me deslumbró para siempre.

La impresión de este resplandor me obliga desde entonces a abigarrar mi cuaderno de tinta en colores chillones, que pronuncien bien alto mi presencia, para vencer así al blanco y por ende al esqueleto.

Todavía no lo he logrado. Espero no conseguirlo jamás. Conquistar el pánico supondría el fin de lo que entiendo por creatividad.

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Selección poética

*ÁLAMO BLANCO*

Hendiduras de sal anotan los días en el tronco del Álamo. Ahora Papá es casi tan blanco como aquel árbol y sin rendirse, juega todavía con su ramita de los vientos a encender el alba, después de predecir la lluvia en el titilar de las estrellas más altas.

El mar será siempre en él. Horizonte y recaída. Lo sé porque el oleaje enmarca su camino cada mañana y a su paso, un rastro de magia alza casitas de papel en la orilla.

Me atrevería a asegurar que dentro, las habitaciones se han pintado en gran medida de gestos nobles. Buenas acciones cubren las paredes y hay espejos que cada día desdibujan las facciones humanas en el óvalo de la ira. También un corazón al fondo del pasillo. Bordado de escamas. Que los niños recogen y guardan con tiento a sus espaldas.

Aprenderán de todos modos. A crecer con alas. Incluso después de la guerra.

Mostrarán, tal vez, a otras bestias marinas cómo aquí la tierra
es sinónimo de entrega.

*ÓXIDO*

[Para Alba Ceres]

Los hombros caen despacio. Como
briznas de polvo extasiado
en la luz. Restos de océano adornan
el paso de tus años. Y ya no es fácil orientarse.
Cuando el óxido estuca el cuerpo y todo lo que nace del

[silencio

se cubre de blanco a tu alrededor.

Un velo plomizo nubla el agua en tus ojos.
Aunque el gris jamás te ha impedido ver que
lejos de nosotros
habrá siempre una vida apagada. Emulando fantasmas en la nieve. A fuerza de imponer su tamaño

sobre las otras.*

De qué sirve recolectar palabras
de los árboles, si no queremos entender
que sus anillos se forman más allá del ser humano y las edades. Que a ras de suelo
ocurre a menudo lo importante.

Ciertas ambiciones ignoran que
las raíces surcan la tierra para encontrarse.

Ahí. Bajo el mantillo del tiempo.
Ya no quedan guerras ni gargantas
divididas. Lo que perdura es el hueso. La madera alargando su gesto amable. Un único corazón late

[para todos  vvvvvvvvvvvv

en el centro del hambre.

*LEJOS DE LA ORILLA*

*Un filamento de moco transparente sella el último gesto. Con pies de hierba se desliza la muerte. A prender el adiós en tu rostro. Mamá. Insólita belleza. Observar cómo brota de tu boca la nieve. Mientras el cuerpo enmudece. Como un astro. Desfigurado en intenso ardor blanco.

Te ves tan hermosa y terrible tendida en ese rincón del silencio. Tan lejos de la orilla. De papá. Tan cerca ahora de tu niña perdida: cervatillo devorado por un sanguinario milagro.*

Sin embargo aquí, idénticos fantasmas se suceden. Intentan saquear el bosque. Culpan a otros animales de su vacío insecto. Toman símbolos que no sienten ni conocen. Frutos sagrados que perecerán en argaz cuando la noche engulla sus gargantas.

Para que se entienda:

Subidas a la luna en una voluta de viento rojo, las polillas han avistado la ciudad. Su inconfundible esqueleto de plástico olvidado en la senda. Entre árboles que jamás

han estado

                          ciegos.

 

 

 

*PLEAMAR*

La marea ha borrado los rasgos azules
de las sirenas. Las encontré esta mañana todavía temblando. Escritas bajo las olas que arrastran la arena en mi cuarto.

Me acerqué despacio. Con cuidado, fui tomando
sus rostros saqueados por la angustia entre los arroyos de mis manos sucias.

A un paso más tarde del espejo y después de sacudir
el frío que hervía en la profundidad de su silencio, abrí
la despensa del tiempo. Y del sueño de las frutas arranqué
un corazón consagrado en negro universo. Que coloqué redondo, como un mantra, en el centro de su asombro.

Donde también hice flotar un ojo
de caballito de mar cósmico. Tierno como un columpio. Iluminando estrellas de polvo. El espacio interior
de sus cuerpos rotos.

 

 

 

*ANOCHECE*

Está subiendo la marea. Dentro de poco las olas batirán contra la escollera de los años y de alguna manera, romperán también tus pasos con su diabólico estruendo de árboles desplomados por el acantilado. No es difícil imaginar cómo entonces el océano resonará en mil ecos dentro de ti, ahora que las huellas de agua salada rebasan tu cintura.

Es por eso que escribo con premura las lágrimas de este canto, -querido anciano que, con humildad, amansas el viento-. Tú, que has vivido en alta mar y amado la rareza de algunos seres horripilantes. Vencido además, tantas tempestades que apenas conservas ya

tu apariencia humana.

 

 

 

*EL NUDO DEL AHORCADO*

Fieras eléctricas de faz humana confunden la culpa y llaman a tu puerta. Ante sí una escalera. De ceremonias pasadas. De soledades que escarbaron la tierra. Más allá de los ojos y sus nostalgias. Más lejos aún de la verdad:

Fractura de luz

en el hueso de la beluga.

Palabra acuática

que esquiva al hombre.

Gira, se eleva. Condensa el aire.
La distancia exacta entre sangre y lágrima.

 

 

 

 

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