Cinco voces-surco I: Sharon Olds

 

Durante toda la semana la poeta Laia López Manrique estará en La tribu de Frida presentándonos a sus cinco poetas vivas preferidas. Comienza con la maravillosa Sharon Olds.

 

La poeta Sharon Olds.

La poeta Sharon Olds.

 

Sharon Olds (San Francisco, 1942) escribió su primera obra, Satan says, a una edad tardía, en 1980, es decir, cuando contaba con 38 años. Según explica la propia autora, tras recibir su doctorado en Literatura Americana con una tesis sobre Ralph Waldo Emerson en la Universidad de Columbia, decidió cerrar un trato con Satán por el cual renunciaría a todo lo que allí había aprendido a cambio de poder escribir poemas verdaderamente propios.

Algunos de los motivos más destacables de la poesía de Olds son el marco crítico de las relaciones familiares, el sexo, la figura del padre, la maternidad, la condición de las mujeres y las desigualdades sociales, motivos que la emparentan con los llamados “poetas confesionales”, como Robert Lowell, Anne Sexton o Sylvia Plath, con cuyas obras sin duda se pueden trazar muchas líneas de correspondencia. No obstante, en una entrevista, ante la cuestión concreta de su filiación poética, Olds manifiesta su rechazo ante el término “confesión” y describe su poesía como “aparentemente personal”. El adjetivo “aparente” unido a “personal” tiene que ver con la conciencia de la imposibilidad de trazar la frontera exacta entre la identidad biográfica en cuanto tal y su construcción literaria, expresiones a menudo redundantes, así como entre la identidad individual y la experiencia compartida. De este modo, aunque la poesía de Olds está siempre vinculada a episodios o, a veces, a estadios sucesivos de su propia vida, marca una distancia con el término “confesión” en la medida en que no es una apertura o examen de la subjetividad ni un desprendimiento de ella lo que pretende con su escritura. La poesía de Olds parece tener una intención distinta, una intención expansiva, desmitificadora, purulenta. Su grado de violencia es proporcional a su capacidad para nombrar aquello que el pudor (y es innegable que existe también un pudor poético) convierte en indecible. Sharon Olds es practicante de una impiedad sonora e intemperada, que ha llevado a algunos a acusarla de escribir poesía “pornográfica”. Pero no es a ello a lo que apuntan los versos de Olds, sino más bien a la desnudez casi amoral de la vivencia, el lugar donde lo que existe propiamente es el cuerpo, la materia y sus engranajes a menudo perversos: los que determinan la relación con los otros.

Más sobre Sharon Olds:

Castro, Carlos Vicente, El cuerpo en el centro de la percepción: Sharon Olds, en El informador, marzo de 2014.

Derusha, Will, Sharon Olds. Un arte de la desnudez, en Dossier: cinco mujeres poetas de USA, Quimera, Revista de Literatura, octubre de 1999, núm. 184, p.45-50.

López Manrique, Laia, Sharon Olds: pactar con el diablo, en Panfleto Calidoscopio, mayo de 2010.

Multimedia Companion to Anthology of Modern American Poetry
(Oxford University Press, 2000). Edited by Cary Nelson.


 

 

LOS INDISPENSABLES OJOS

 

De la mano de las muchachas ciegas

recorría el pasillo con las niñas del coro.

Dios podía cegar. Dios podía hacer

cualquier cosa. El Padre Tomás

llamaba a las muchachas ciegas “las desprovistas

de vista terrestre”. Yo poseía

vista terrestre. Temía las pupilas

blancas y lechosas, no podía soportar

su vergüenza de no poder saber

si alguien las miraba.

Yo las miraba

durante toda la misa. Cada año

mis gafas eran más penetrantes. No soportaba mirar

lo que pasaba en casa. ¿Qué habían visto

las muchachas ciegas? Toda la noche recorríamos

el pasillo,

vidriosas ágatas en nuestras cuencas.

Por la mañana

me despertaba debajo de la cama, con miedo

de abrir los ojos, de saber. Poco a poco

levantaba los párpados: el reverso del

colchón de muelles como las ásperas

vigas de madera de una iglesia, el techo de un establo:

abría así los ojos a otro día de una

vida entre animales cegados

bajo la amenaza del fuego.

 

 

EL AMOR NUESTRO

 

A ese amor nuestro al que llamé un niño

nacido muerto

colgado por los pies –ultimamente lo he visto

moverse, Padre.

 

Su vendada forma azul-negruzca ha dado

ligeramente la vuelta, una crisálida

en un grueso capullo.

 

Lo he visto girar despacio, morado,

las líneas del vendaje como hojas de col

plegadas y apretadas, más oscuras y secas

en los bordes.

 

He visto al capullo aferrarse cual garra,

desenrollar ligeramente su envoltura y ajustarla

cómodamente alrededor del cuerpo.

 

Como un murciélago que abre su manto de piel

para arroparse de nuevo,

colgado cabeza abajo, la sangre

 

latiendo en la cabeza como un corazón:

ese amor nuestro, este amor ciego

se alimenta a sí mismo, sin chocar contra nada,

y amamanta su cría.

 

De: Satán dice, (edición bilingüe), traducción y prólogo de Rosa Lentini y Ricardo Cano Gaviria, Tarragona, Igitur, 2001.

 

FOTOGRAFÍA DE LA NIÑA

 

La niña está sentada en la tierra dura,

áspero molde de Rusia, en la sequía 

de 1921, aturdida,

los ojos cerrados, la boca abierta,

un crudo viento abrasador le sopla

arena en la cara. Hambruna y pubertad

se apoderan de ella. Echada sobre un saco,

el calor descoloca todo lo que lleva puesto,

curvado el tierno radio de su brazo.

No puede no ser bella, pero

se muere de hambre. Adelgaza cada día, y sus huesos

se hacen largos, porosos. El pie de foto dice

que va a morir de hambre ese invierno

con miles de otros seres. En la sima de su cuerpo

los ovarios liberan sus primeros óvulos,

dorados como el grano.

 

 

LOS INVASORES

 

Hitler entró en París como mi

hermana entraba en mi habitación por la noche,

se sentaba a horcajadas sobre mí, me estrujaba con las rodillas,

clavaba las uñas de los pulgares en mis muñecas y

meaba encima de mí, sabiendo que nuestra madre nunca

creería mi versión. Todo muy

cauto, la cara borrosa sobre mí

refulgiendo en la sombra, el olor ocre

de su orina propagándose por el cuarto, el

calor hirviendo en mis piernas, mojada

mi estrecha pelvis. Cuando cesó el silbido, cuando un

agujero había sido marcado a fuego en mi cuerpo, tumbada

y calcinada de vergüenza, percibí el

relumbrar de su piel en el aire, el placer

ocre que crecía cuando Hitler se asomaba a

la tumba de Napoleón y murmuraba Éste es el

mejor momento de mi vida.

 

De: Los muertos y los vivos (edición bilingüe), traducción y prólogo de J.J. Almagro Iglesias y Carlos Jiménez Arribas, Madrid, Bartleby Editores, 2006.

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