Las chicas de la Alt Lit X: Emily Sipiora

Emily Sipiora vive en Rockford, Illinois. Tiene 17 años. En la actualidad se encuentra en proceso de publicación de su primera novela. Los poemas seleccionados aparecieron originalmente en  Electric Cereal.

http://emilysipiora.com/

 

 

Clarice Starling / Lolita

Me creía Audrey Horne de Twin Peaks
cuando hacía un rollo con la cintura elástica de la falda, una y otra vez o                             cuando solté un billete de veinte arrugado por unos tacones pasados de moda.
Me creía Angela Hayes de American Beauty
cuando robé mi primera barra de MAC’S Russian Red
o cuando me rayé las lentillas con el rizador de pestañas.
Me creía Harley Quinn de Detective Comics
cuando me justificaba al atender sus caprichos
y lloraba cuando ellos no atendían los míos.
Me creía Tracy Flick de Election
cuando comencé a obtener la atención que creía que quería
y se la arrojaba directamente a la cara.
Y me creía Hayley Stark de Hard Candy
cuando fingía ser tímida, y luego fingía ser agresiva.
En realidad, me volví pasiva.
Me digo que no soy ni una conquista o un hobby
ni una respuesta a su maldad absoluta.
Sin embargo, es así.
“No puedo salir”, dijo Clarice Starling,
mirad qué maraña de espinas.
“No puedo salir”, dijo Clarice Starling,
mirada qué maraña de espinas.

 

No volverá a ser como octubre otra vez

“¿O sea que vosotros dos nunca salisteis juntos?”, le pregunté, asomando las manos por fuera de la ventanilla del coche e introduciendo los dedos
en el sitio en que se ocultan las ventanillas
dentro de las puertas del coche.
“¡Qué dices! Claro que no,” me respondió,
los faros de los coches de la I-90
proyectandose en su cara por unos intantes que pasaron como eternidades mientras
esperaba una explicación
que nunca llegó.

Y así como los coches que desaparecían unos dentro de los otros
una y otra vez
los días se fueron cruzando (¿fue un jueves o un domingo?) y a través de las horas
en que nos vimos, nos distanciamos
y a través de los años que comenzaron a caer,
muertos los días a nuestros pies,
tomamos la decisión de no hablar

 

Una disculpa para las ranas que masacré involuntariamente
El verano ya hace meses que acabó
pero yo sigo sin poder dormir hasta las 4 de la mañana
y no encuentro mis calcetines

Así que cuando salgo al buzón en busca
de paquetes que nunca llegan (gracias, Amazon)
la piel bajo mis pies barre la escarcha
que hay sobre la hierba marchita
y cuando entro, con las manos vacías,
dejo manchas húmedas en la moqueta
Qué diferente del verano que pasé con el mundo bajo mis pies desnudos
y el cajero del Walgreen’s me miró mal
cuando le dije: “Me olvidé de los zapatos”

Cuando era pequeña, mi madre me hacía lavar los pies
después de jugar con la tierra en el chalet de la abuela que lleva dos años en venta
Me gustaba ver las arañas trepar por mis pies enterrados
y cazar las ranas que vivían debajo del bote a pedales

Al hacerme mayor me dejó de gustar
y la única razón para acercarme a la orilla del lago fue pillar cobertura
en el móvil en un sitio más alto
Comencé a odiar la casa del lago porque no tenía wifi
Comencé a odiar la casa del lago porque mi iPhone no tenía señal
Comencé a odiar la casa del lago porque profané la casa de las ranas para cazarlas
y que murieran en cajas de plástico que compré en los saldos de la tienda de mascotas
Mi padre me dijo: “Este año te vienes a la casa del lago con nosotros, Emily”

Me provoqué el vómito para no tener que ir, porque el verano hace meses
que acabó

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