Diario de lo que duele muchísimo todos los días, hasta que un día se olvida I

 

Primer día. Sábado por la mañana, creo.

A esa tierna edad en la que las muchachas nos dejamos (inconscientes) lo mejor del final de nuestra juventud en esos espejos que nos reflejan enamoradas al pasar; ante esas almas que consideramos gemelas hasta que se vuelven extrañas, que se alejan hasta que al final desaparecen y, mucho después, son olvidadas.

Escribo en primera persona del plural para hacerme menos daño y es que todo empezó a terminarse con una gran pelea.

Ya había anochecido y yo le dije que iba a marcharme –era más bien una amenaza, creo, unas palabras que él bien podría haber acallado con un abrazo– que me iría para siempre y que nunca volvería a tocarme. Que ya no nos levantaríamos los sábados por la mañana para ir al mercado de Poble Nou a comprar fuet y queso Idiazábal, que ya no nos pasaríamos la vida echando la siesta y jugueteando en la cama. Le dije todas esas palabras así, de corrido, utilizando protolágrimas a modo de signos de exclamación. Y, bueno, él me contestó verbalmente que “vale” y, por supuesto, bajé por las escaleras para no tener que esperar al ascensor y en el portal me puse a llorar por muchas razones: una de ellas es que nuestra cama era el mejor lugar del mundo. Sé que es cursi pero también es verdad. Otra verdad es que no sé empezar a llorar mientras bajo escaleras (el llanto tiene que aparecer en el rellano) y que nunca he llorado conduciendo un coche. Ni un tranvía.

Hoy es el primer día de la nueva vida, ahora Barcelona se convertirá en un piso compartido y cada uno tendrá su habitación, que podrá cerrar con llave en cualquier momento, incluso con doble llave. El amor dará paso al desamor, al olvido, probablemente pasando antes por una angustia irrespirable que es eso que se siente cuando se ha conseguido un clima humano compartido, demasiado humano, tan humano que se vuelve animal, irracional y los dos tenemos algo que decirnos –a gritos– y claro que nos lo decimos, con odio. Ya no necesitaremos los abrazos ni los besos para transmitir lo que sentimos el uno por el otro, bastarán las palabras.

Después colgamos el teléfono pero antes de eso nos mandamos a la mierda mil veces y después nos ponemos a llorar. Escribo en primera persona del plural para consolarme y porque todavía siento amor pero sé que mientras escribo estas líneas, ya en la cama antes de dormirme, sólo estoy llorando yo.

 

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