El tomate y la materia oscura

 

 

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I

Cuando supo que Albert Einstein había expresado el deseo de ser incinerado tras su muerte, T.H., el médico patólogo que le practicaba la autopsia,  abrió el cráneo del genio y se llevó su cerebro en un tarro de cristal para galletas. Pocos días después ofreció una rueda de prensa. Ante el estupefacto auditorio confesó que además le había arrancado los ojos. ¿Cómo iba a permitir que el fuego consumiera todos los secretos que aquellos órganos guardaban?

T.H. fue despedido del hospital y excomulgado por la comunidad científica. Curiosamente la familia del premio nobel no le reclamó lo sustraído. Le pidió, eso sí, que no se lucrara con ello. En su afán por encontrar una prueba física de aquella inteligencia suprema troceó el cerebro de Einstein en 240 secciones que colocó sobre cristales para poder estudiarlas bajo el microscopio.  Al tarro para galletas devolvió lo sobrante, despojos de color pálido que se movían en el líquido preservador con la elegancia de las medusas. ¿Y los ojos? ¡Ay, los ojos! Tan tercos como mudos. El alma, ¿dónde estaba el alma de la cual habían sido espejo?

II

De niña acompañaba a mi padre cuando iba a hacer alguna chapuza. Señoras vestidas con batas de guatiné nos abrían la puerta. Dependiendo del lugar donde estuviese la avería me sentaban en un taburete del cuarto de baño o en una silla de la cocina. Me ofrecían un Cola-Cao. Desde el origen de su oficio, los fontaneros pertenecen  a las zonas húmedas y encharcables de los hogares. Los mismos azulejos hipnóticos que adornaban el cuarto de baño de mi casa, las mismas hornillas de butano con la cafetera y el cazo para hervir la leche en los quemadores. Un Cola-Cao calentito, insistían. Si en busca de la avería pasábamos  por las habitaciones de los niños y había niños en ellas, los niños me seguían con la mirada  y las madres me preguntaban si quería jugar con ellos. Cada casa era un túnel y conforme nos  adentrábamos en él, mi padre empezaba con sus chistes, sus bromas, sus explicaciones sobre atascos y salideros. ¿Ve, usted? Está picada, decía enseñando un trozo de goma al que llamaba zapatilla. Las señoras asentían. Me fascinaban sus dedos rebuscando en la caja de herramientas. Estaño, plomo, llaves inglesas, estopa, piezas macho, piezas hembra, piezas machihembradas, así era la vida. Si hubiera estado atenta hoy sería fontanera, tendría un oficio,  o, al menos, sabría arreglar una cisterna. Nunca he tenido un oficio, una vocación. Hay que tirar de la cadena, no colgarse de ella como Tarzán.  A las señoras les caía muy bien Pepe el Fontanero, Pepe el Fonta. Las señoras nos despedían al final del túnel. Cada casa era como la mía, cada casa era todo lo contrario a la mía, en cada casa entraba con mi padre y salía con su personaje. De regreso a nuestro barrio, era un extraño el que me apretaba la mano.

III

La distancia que separa al hecho ocurrido del narrado, a la persona de carne y hueso del personaje es la misma que separa al tomate del gazpacho. Efectivamente, el gazpacho lleva tomate, pero no es tomate, ni siquiera es, y esto es lo fabuloso, la mezcla resultante de batir  todos los ingredientes de su receta. Desconocemos de qué está hecho el 90% del universo. Creo que idéntica proporción nos sirve para el cerebro de Einstein, el gazpacho y la literatura. Ignoramos lo esencial. Obtener una partícula, una sola partícula de eso que llamamos materia oscura nos colocaría a las puertas de la quinta revolución copernicana,  o de la sexta, quién sabe. Mientras, tendremos como T.H que huir con el cerebro de Einstein, custodiar la oscuridad, contemplarla con la esperanza de hallar entre sus sombras todos los misterios de la noche.

No sé si T.H. leyó la obra científica de Einstein cuando buscaba su genialidad. Solo en 1905, el año milagroso lo llaman, el físico escribió cuatro artículos que  cambiaron la visión que teníamos del mundo y la historia de la ciencia.  Con cualquiera de ellos podría haber ganado el nobel que le fue otorgado en 1921. De todo esto charlaba  T.H. con el cerebro de Einstein. Juntos recorrieron los Estados Unidos de Norte a Sur, de costa a costa. La huida duró veintitrés años, hasta que un periodista dio con ellos en un centro médico de Kansas.  Aunque  lo hayamos olvidado, alguna vez, al igual que nuestro T.H. quisimos atrapar el brillo del sol en el agua, la luz que se escaquea como hilos de oro entre las hojas de los árboles. Opino que ese deseo que nos lleva corriente arriba y nos desgaja la coraza contra las rocas, es el que impulsa cualquier aventura artística o científica por pequeña que sea. Pero en el comportamiento de T.H., y extrapolándolo al ámbito literario, observo algo más, cierto paralelismo con una tendencia que considero cada vez más extendida entre el público lector y que, básicamente, consiste en buscar el talento de un autor o una autora, lo esencial de su obra, no en las páginas que escribió, sino en los deshechos de su biografía. Se quiere también la verdad, la verdad que la ficción contiene; pero así entendida, la verdad es una infancia traumática, una colección de amores tormentosos, el dolor de un secreto inconfesado, una enfermedad, obsesiones varias, la llegada del éxito y la consagración, el fracaso, cromos repetidos que se expenden en los oráculos de la cultura.

IV

Una historia más. La invitación a escribir este texto surgió hace más o menos dos meses en la librería La Fuga de Sevilla. Allí me encontré con Carmen G. de la Cueva y una poeta argentina que pasaba unos días en nuestra ciudad. No sé cómo empezamos a hablar de la escritura y del interés de los lectores y lectoras por el proceso creativo.  Solo he escrito una novela, El corazón de Livingstone, que fue publicada hace un año por la editorial Libros de la Herida. Tanto los editores como yo estuvimos de acuerdo en reservar un lote de veinte ejemplares para aquellos grupos de lectura que quisieran conocerla y compartir luego su experiencia con nosotros. Es muy habitual que en esos espacios de encuentro y conversación surja una pregunta que me da mucho pudor contestar: ¿cómo escribes? Comentaba párrafos arriba, cuando hablaba de la conversión de mi padre en personaje, que yo, a diferencia de él, nunca he tenido un oficio. Y esa pregunta, ¿cómo escribes?, va a la raíz de una carencia, a la raíz de un anhelo. Quisiera decir con naturalidad que soy escritora, beneficiarme de la dosis de identidad, del paquete de cromos repetidos que aporta el oficio, pero me resisto, no tanto por modestia como por honestidad. Yo no soy escritora, lo mío más que escribir es mirar. Sentarme en un taburete de cuarto de baño o en una silla de la cocina, dependiendo de donde esté la avería, y observar, registrar cualquier detalle que me ayude, si no a comprender, por lo menos a intuir de qué estamos hechos, de que está hecho el mundo y a qué fuerzas obedece el universo entero, el tomate y su gran obra maestra, el gazpacho, el mismísimo T.H. cuando entregó por fin el cerebro de Einstein al gobierno de los Estados Unidos. Si pudiésemos obtener una sola, una sola partícula de eso que llaman materia oscura, estaríamos a las puertas de la noche que sigue a la anterior.

 

 

 

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