Las hilanderas (ensayo con espinas)

 

Tracey Emin & Louise de Bourgeois.

Tracey Emin & Louise de Bourgeois.

 

 

Un poema puede estar hecho de cualquier cosa. Este poema, por ejemplo, está hecho de ganglios y músculos, pequeños vasos sanguíneos, ligamentos. Es un órgano hueco en forma de pera, cabeza de vaca o simplemente es un telar. Una imagen hecha de millones de hilos rojos, delgadísimas fibras de palabras que se amontonan para decir algo, trasladar lo innombrable en lo nombrable, lo asible, transitable. Este poema es una concavidad, un hueco oscuro que contiene algo, ¿qué cosa? Tal vez un agujero negro supermasivo que te tragará al internarte ciegamente en él, te absorberá hasta el tuétano y te escupirá entero de nuevo. Ese es el trabajo de un útero: tragar y escupir. Ser un hueco entre el cuerpo que esconde algo, alguien. El útero es una vaca que muge dolor y coágulos cada 28 días. Un telar cuyo principal hilo, es la sangre. Un útero es un corazón que palpita de gozo con cada embestida. Un útero es un puño cerrado y cinco cuchillos listos para destrozar todo lo que se ponga en su paso. El útero es un problema matemático, un cerebro que piensa entre dos piernas. El útero es la cosa de este poema.

 

¿Qué cosa es un útero?

¿Una caverna roja en donde residen prisioneros?

Afuera hay hombres portando objetos

y el que está dentro de un útero

solo contempla las sombras, los ecos.

Caracoles que se multiplican creando monstruos.

 

Septiembre del 2009. Estoy esperando mi turno para que me hagan un legrado.

Es la primera vez que intento tener un hijo. Nunca pensé en ser madre. No sabía que era ser madre pero sabía lo que era la soledad. Estaba con otro para no estar. Tenía una gran familia para nunca sentir compañía. Solo pensaba en suicidarme desde que tenía nueve años. Los años de la sangre y la desesperación. A fuerza, mi reloj biológico obligó a mi útero a contraerse, forjar una piel de sangre que se desprendería con cada ovulación. A fuerza, algo ajeno a mí, dentro de mí, me robaba mi infancia.

A fuerza, un doctor puso sus frías manos en mis muslos separándolos hasta tensarlos bien.

A fuerza, un hombre desconocido metía un fórceps en mi interior.

 

¿Qué cosa es un útero?

¿Una boca devoradora de inmundicia o

una mandíbula bien dentada

esperando que alguien caiga

en las redes de su tejido?

 

Ovidio en su Metamorfosis, narra la batalla entre Minerva y Aracné. La diosa de las mil obras rememora la presunción de una joven hilandera que la reta a duelo, a partir de ahí tenemos una épica. Pero no es una épica al estilo grandilocuente de la Eneida o la Odisea. A veces, las grandes batallas se dan en los lugares más pequeños. Esta era una épica cuerpo a cuerpo. Sí. Eran dos pares de manos disputándose el título de la más habilidosa. La creadora que nadie podía superar. La capacidad creadora siempre se ha dividido en dos: lo natural y vulgar como crear y dar a luz a seres de piel, hueso y músculo, y lo formidable e ingenioso que es crear desde las estepas del lenguaje de la mente: tener habilidad para hilar ideas, conceptos y crear así animales de palabras, casas del lenguaje en donde la representación mental es meramente subjetiva. En cada mujer hay un desdoblamiento: la llamada biológica y la llamada intelectual.

 

¿Qué cosa es un útero?

¿Es mi madre, la vecina, la novia de mi hermano

un útero soy yo en posición fetal

esperando por mi destino?

 

Un año antes había ganado un premio por escribir. Un año antes yo no era un animal en una mesa de disección. Era una persona inteligente, haciendo cosas inteligentes, según decían mis padres y maestros; luego, una espina nació dentro de mí. Estaba bien enraizada en mi útero y sus raíces crecían y crecían, invadiéndome por completo. Las ramas salían por mi boca, mis ojos, oídos, el sexo. Quería florecer pero no podía.

¡Animal! Dijo mi madre cuando se enteró de que estaba embarazada de cuatro meses. Ciertamente, así me sentía con aquel hombre en medio de mis piernas, metiendo y sacando objetos de mi interior sin mediar palabra alguna, sin algún rastro de compasión.

 

¿Qué es un útero?

La lengua vulgar lo llama el nido de la araña

A la vagina:

Tarántula dormida

No importa cómo sea

Un hombre siempre tendrá miedo

del vientre femenino

a la oscuridad en él

a los dientes ocultos

que podrían destruirlo

 

En el drama épico de Ovidio, una Minerva convertida en vieja reprende a la pretenciosa Aracné con estas palabras: “Conténtate con la reputación con que por tu habilidad has sobrepasado a todas las mujeres del mundo; pero no trates jamás de igualarte a una diosa”; es decir, una mujer puede transgredirse a sí misma, pero no más allá de sí misma. La comparación con Minerva no da a lugar. Minerva es una parte cerebral de Júpiter, el gran padre, el gran rayo, la gran verga.

La espina se fue convirtiendo en otra cosa. Hilos, hilos y más hilos iban amontonándose dentro de mi útero. Una telaraña se hacía más fuerte y la imagen que siempre me mostraba era la de un niño, un niño que se negaba a crecer en mi interior.

El doctor me inyectó anestesia local. Sentía mi cuerpo sin sentirlo. Quería mover las piernas pero no me respondían. Quería salir corriendo de ahí pero sólo era un árbol partido a la mitad. El doctor me raspó con una cuchara metálica. Sentía cómo me habían abierto. Un gran agujero entre mis piernas veía a la cara de aquel hombre. Ese gran agujero, en mi pudor y asco, era como el ano de una actriz porno después del embate de un gran pene. Pero este gran órgano era un fórceps y aquello que me embestía era el raspado silencioso de una cuchara.

 

 

¿Qué es un útero?

Telar de sangre

Tejido que cuenta su historia

por medio de las contracciones

Un puño ardiente

que espera venganza

 

Apolonio en su libro IV y Lucio en los Diálogos de los dioses, hablan acerca del nacimiento de Minerva, quien no tuvo progenitora. Nació de un inmenso dolor de cabeza de Júpiter que sólo cedió ante el impacto del hacha de Vulcano, naciendo de aquella cabeza dividida, la sabiduría armada. Al no haber una mujer de por medio que ayude en la creación de la sabiduría, el conocimiento y las artes, ¿quiere decir que es exclusivo de los hombres y que una mujer; es decir, un útero según las concepciones arcaicas, no puede tener la capacidad de crear nociones más sublimes y que solo puede dar a luz ideas pedestres? Aracné, al igual que la Diosa del conocimiento, no tenía madre. El padre era un tintorero de telas y lanas que le enseñó el arte de hilar. De nuevo, la madre es suprimida y el conocimiento es adquirido a través del padre. Todo acto de creación estética e intelectual pasa a través de la semilla que planta un hombre en la mujer, no por la mujer en sí.

Al final, el doctor sólo dijo: “ya está listo”. Me palmeó la pierna que retumbó como un gran jamón. Me lo dijo en el tono en que un mecánico hubiera afinado un coche. Mi organismo me parecía innatural, monstruoso. Lloré los 25 minutos que duró el legrado. Así que, al oírle decirme eso, solo respondí con un sí lleno de patetismo y mocos. Retiró la mesilla metálica y me limpió con agua fría. No había nadie conmigo en el quirófano. Solo me daba una luz blanca en el rostro. Luego entró otro doctor, más viejo. Me apretó el hombro en señal compasiva. Era un señuelo y yo lo pesqué. Era la forma de prepararme para la mierda que iba a soltarme: “¿Por qué no te cuidaste? ¿Es que no sabes usar un condón? Lloré fuerte. Dije “cómo pude, yo que sí quería a mi hijo. ¡Devuélvamelo, puto doctor!”, dije borracha de anestesia, con la lengua pastosa, con las palabras encendidas en ira. El hombre se fue. Vino una enfermera. Ahí venía de nuevo el apretón de hombro. Ella dijo: “No te preocupes. Todo pasará. Eres muy joven”.

 

Ovidio sigue con su narración: durante la afrenta, las dos mujeres crean telares de magníficos bordados. El de Minerva cuenta la historia de los 12 principales dioses del Olimpo; mientras que el de Aracné narra la seducción del Dios Zeus hacia distintas diosas, y mujeres para satisfacer su compulsión sexual. La diosa ante la afrenta hacia su padre destruye el telar con su lanza y golpea a la joven quien, enloquecida por lo ocurrido, huye para ahorcarse. Ovidio menciona que Minerva llega a sentir piedad por la joven mujer y rocía la soga con una poción, haciendo que esta se transforme en telar y Aracné, en araña. El mito pretende instaurar un orden por medio de la rebelión, la cual es aplastada.

La ingeniosa hilandera se rebela y por ello es castigada. Muchos de los mitos en las Metamorfosis nos enseñan eso: si tu conocimiento e ingenio sobrepasan a un Dios serás destruido. Las cosas mundanas, humanas, no pueden ser sublimes. El conocimiento cuando no puede entenderse, solo engendra monstruos.

Regresé a la casa del que era mi pareja en ese entonces. Fue por mí al hospital. Durante el trayecto no dijimos ni una sola palabra. Él solo me apretaba la mano. Él hacía esfuerzo por no llorar. Yo lloraba y lloraba y lloraba, pero nunca dijimos una sola palabra hacia el otro. Nada. Ni un respiro. Llegamos a la casa. Yo sentía todavía dormido el vientre por la anestesia. Temblaba. Tenía los labios agrietados, como si estuviera deshidratada. Empezó a dolerme la cabeza. Recordé que no había hecho una tarea para entregar como examen en la escuela. Le pedí su computadora. Iba a acceder a Youtube para poner música pero me apareció de opción Youporn.

Desde que me había quedado embarazada no teníamos sexo. Cuatro meses sin ni siquiera fajar. Revisé el historial. Durante cuatro meses él veía el mismo video de una rubia mamándosela a un hombre acostado sin rostro. Sentí asco. Corrí al baño. Vomité. Me dolía el estómago. Salí del baño como un animal. Azoté la puerta. Al oírme, él vino hacia mí y yo lo recibí con un puñetazo en el rostro. “¡Cerdo! ¡Yo tenía a tu hijo dentro de mí, pasé un mes en cama y ahora el hijo que no tuvimos se pudrirá en la basura!” Dijo que no sabía de qué le hablaba. Dijo que esos videos no los veía él. Dijo que lo que nos había pasado me tenía trastornada. “¿Pero cómo mierda puedes decirme eso?”, le contesté. “¡La pinche computadora es tuya. Eres el único que la usa!”

Parecía ajeno a la circunstancia. Estaba ahí físicamente pero su mente se había ido. Trató de calmarme. Lo abofeteé. Trató de abrazarme y yo me convulsioné en sus brazos para tratar de zafarme. Me aventó al piso. Me apretó. Lloré. Dije que me estaba haciendo daño. Y lo hacía. Me estaba lastimando los brazos y me dolía el vientre. Me soltó y corrí hacia el cuarto. Cerré y puse llave. De una patada él abrió la puerta. Estaba acostada en la cama. No podía moverme del dolor. Él me abrazo. Dijo algo. No supe qué decía.

 

 

 

¿Qué es un útero?

¿Un monstruo de albos dientes

y de forma afrutada?

¿Qué es un útero?

¿Un demonio que en

la cavernosa oscuridad

gime nuestro nombre?

 

Diego Velázquez creó en 1657 un cuadro titulado “La fábula de Aracné” o “Las hilanderas”. La pintura está hecha en tres planos: En el primero, cinco mujeres preparan las lanas que han de hilar. En el segundo, tres mujeres observan a las dos mujeres que se enfrentan en el tercer plano.

Las primeras representan la humanidad, las segundas son las moiras mirando el momento culminante en que Minerva y Aracné pelean por el telar que representa “El rapto de Europa”, (ingeniosamente copiado de Rubens). La Diosa agrede a la joven, quien después se ahorca.

En el segundo plano, a la derecha, la luz ilumina a una de las moiras que ve parece sorprendida ante la contemplación del espectador. El lugar parece una cueva. Una cueva donde solo hay sombras y fuera estamos nosotros portando el fuego en nuestro interior.

Después del legrado empecé a cortarme el brazo izquierdo. Me odiaba. Me sentía inservible. En la escuela una chica tuvo un bebé. Yo obtenía premios literarios, publicaciones. Ella tenía un ser de carne y hueso gimiendo en sus brazos. Yo tenía un ente de papel y líneas negras tatuadas como estelas proféticas. No hablaba, no lloraba este ser, a menos que alguien abriera su interior y mirara dentro de él.

Empecé a cuestionarme. ¿Sigo siendo mujer si mi útero no sirve? ¿Sigo siendo mujer si no puedo procrear? ¿Qué es una mujer? Me miraba en el espejo y veía un monstruo. Un ser deformado. Otra yo me miraba desde el fondo del reflejo.

Veía dos pares de manos, dos pares de piernas. Ocho extremidades en total. Veía un vientre inflamado lleno de vacío. Veía, veía. La que estaba dentro del espejo me miraba sorprendida.

 

¿Qué cosa es un útero?

No encuentro el hilo

ni el tejido

para formar redes de palabras

que puedan nombrarlo

asirlo.

 

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