Relecturas I: ¿Qué pasó con Penélope?

 

Reading de Väinö Kamppuri, 1928.

Reading de Väinö Kamppuri, 1928.

De entre todos los logros humanos, Sigmund Freud sólo concedió a las mujeres la progenitura de uno de ellos: haber inventado el arte de tejer. En su opinión, tal invento habría servido para paliar –ocultándola– la deficiencia sexual femenina.

No obstante, como recuerda la crítica norteamericana Carolyn G. Heilbrun en su obra seminal Hamlet’s Mother and Other Women, las viejas historias que nos contamos desde el origen de los tiempos –mitos, cuentos, relatos– nos muestran que las mujeres no tejen para ocultar sino, más bien, para revelar e, incluso, para resistir ante la ancestral violencia masculina. Para las mujeres, tejer ha sido a menudo una forma de lenguaje, de discurso. Un auténtico modo de hablar y dar sentido al universo.

Heilbrun nos recuerda algunos ejemplos de costureras célebres. Aracne, la joven a quien Minerva convirtió en araña por alardear de sus dotes de tejedora y que, para escándalo de los dioses, urdió un tapiz feminista en el que representó los engaños de Zeus para conseguir los favores sexuales de mujeres y diosas; Philomela, quien tejió su violación en otro tapiz; o Ariadna, quien entregó a Teseo un hilo, un hilo como los que se utilizan para coser, para que con su ayuda pudiera salir del laberinto.

Pero quizás sea Penélope la costurera más famosa de la historia de la literatura. Resiste la seducción de los pretendientes tejiendo y destejiendo el sudario de su suegro Laertes, y promete casarse cuando lo termine, pero, como teje por el día y desteje por la noche, permanece incondicionalmente fiel a Ulises, quien tanto se retrasa en su viaje de regreso a casa.

Sabemos muy bien lo que le pasó a Ulises; lo encontramos contado con todo lujo de detalles entre los cantos IV y XVI de la Odisea. Lo encontramos re-escrito, citado, evocado… en miles de obras literarias posteriores. Troya, Calipso, Polifemo, Circe, Nausicaa son solo algunas etapas de esa gran aventura épica que nos funda como europeos, como occidentales. Desde Homero hasta James Joyce no hemos cesado de plantear la pregunta por Ulises. Telémaco no ha dejado de buscar, una y otra vez, a su padre. El mito del fundamento, ¿qué pasó con Ulises?, no ha parado de re-escribirse durante miles de años.

Pero a mí me gustaría saber qué pasó con Penélope. ¿Qué tejía y destejía durante tantas noches? ¿Qué aventuras le ocurrieron mientras esperaba? Como sostiene Heilbrun, no olvidemos que Penélope también se marchó de su ciudad, pues ella era de Esparta y no de Ítaca. Así, aunque haya sido retratada como la gran mujer sedentaria de la historia de la literatura, en rigor, Penélope es la verdadera nómada: viajera, extranjera, exiliada. Ítaca no es su casa, aunque en nuestra imaginación literaria se confunda con ella. Lejos de su madre, sin amigas ni hermanas, sin una hija… Penélope tuvo que emprender su propio viaje en la más extrema soledad. El suyo, como el de Ulises, también duró veinte años. Pero, a diferencia de aquél, su epopeya no se desarrolló en el espacio abierto de un océano poblado de sirenas y cíclopes sino entre los cuatro muros de la casa patriarcal.

¿Qué sabemos de ese viaje de Penélope? ¿Qué sabemos de Penélope, simplemente? Muy poco en realidad. Que era hija de Icario, que era esposa de Ulises, que era madre de Telémaco. Pero ¿quién era ella? ¿Qué hizo durante esos veinte años de larga espera? No lo sabemos, pues entre el canto IV y el XVI de la Odisea Penélope no aparece. Está ausente en el relato. A diferencia de Ulises, su aventura lejos de casa, su viaje personal, no fue contada por el poeta. Y, en consecuencia, su epopeya tampoco ha sido citada ni reinventada en miles de obras de arte posteriores. Su aventura, parece, no tendría el poder de fundarnos. ¿O será que su historia está aún por escribir?

Con todo, algunas mujeres sí se han hecho cargo de la pregunta por Penélope. Algunas mujeres han tratado de escribir, soñar e imaginar lo que pasó con Penélope. Con la madre. Lo que tejió y destejió durante esos veinte años solitarios, encerrada entre cuatro paredes. Esa madre cuyo viaje en soledad también nos funda. Christine de Pisan, Jane Austen, George Eliot, Louisa May Alcott, Virginia Woolf, Colette, Marguerite Duras, Julia Kristeva, Jean Rhys, Charlotte Perkins Gilman, Leonora Carrington, Susan Sontag son sólo algunos de los nombres de esas hijas que, como el Telémaco mítico, exploraron el mundo –el lenguaje– en busca de Penélope.

En esta sección de relecturas feministas que hoy inauguro recordando el viaje de Penélope me acercaré a la obra de algunas de ellas. Trataré de buscar en libros como La ciudad de las damas, Mujercitas, Middlemarch, Moderato Cantabile o Al faro las huellas de esa madre que se perdió entre los capítulos no escritos de la historia de la literatura. Iremos al encuentro de su historia. Su viaje. Su epopeya.

Como a Heilbrun, me gustaría pensar que durante todos esos cantos en los que no aparece, entre el canto IV y XVI de la Odisea, Penélope ha estado destejiendo las historias que se cuentan sobre las mujeres y ha estado aprendiendo a bordar una historia nueva. Por eso nosotras, que como Ulises regresamos de tan lejos –siglos de lectura en clave masculina– hemos de escuchar ahora a quien, sin moverse de casa, ha viajado al centro mismo de una nueva experiencia; hemos de escuchar a quienes como Christine de Pisan, Louisa May Alcott o Virginia Woolf, han sido capaces de inventar, desde ese lugar, una nueva historia.

*Una primera versión de este texto fue publicada en el primer número de BLUSA.

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