Cómo escribir con la guerra en la cabeza. Sobre “El cuaderno dorado” de Doris Lessing

 

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Cuanto una termina de leer El cuaderno dorado, la obra cumbre de Doris Lessing (1919-2013), siente que debe hacer un acto de justicia y dárselo desesperadamente a leer a sus amigas, a su madre, a sus compañeros de trabajo, a todos aquellos que tenga a su alcance… y que debe escribir sobre él. Escribir como acto de justicia y también escribir para comprender, porque El cuaderno dorado es un libro complejo e intenso que exige un compromiso por nuestra parte: intentar llegar allí donde los críticos en su momento no lo hicieron.

Y es que apenas unos años después de su publicación, Lessing se vio obligada a escribir un largo prólogo justificándose ante tanta incomprensión lectora. Su libro había quedado reducido a una diatriba feminista, cuando aglutina precisamente todos los temas y se alza como un canto de dolor ante la fragmentación y la subjetividad del individuo. Es como “El grito” de Munch, una convulsión interna, personal y privada, que se vuelve colectiva por ser sintomática de una época y de una sociedad que convulsiona ante la complejidad del mundo. Así, Lessing lamenta en su prólogo que los críticos no hayan sido capaces de entender lo que ella quería lograr con su obra y que se hayan quedado con lecturas sesgadas: la lucha de sexos, el comunismo o la locura, en lugar de contemplar las tres juntas y mucho más.

Por eso las lectoras, los lectores, nos vemos obligados a hacer un esfuerzo extra, justo para con Lessing, y tratar de hacer convivir nuestra convulsión interna con la suya, por mucho que resulte complicado a medida que avanza la lectura y la angustia vital de la protagonista sobrepasa a la nuestra. Entonces, si lo logramos, alcanzamos un estado de comprensión mutua y suspiramos reconfortados porque sentimos que el mundo era esto, El cuaderno dorado, y que no estamos tan solos.

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-(…) Anna, ¿me ocurre sólo a mí? Siento que vivo en una farsa inverosímil.
-No, no eres tú sola.
-Ya lo sé, y esto empeora las cosas.

Así, Lessing nos presenta a Anna Wulf, la escritora que alcanzó fama con un best seller basado en su propia experiencia en África durante la Segunda Guerra Mundial -del que ahora no quiere oír hablar- y que ya no escribe porque el mundo es difícil y entiende que no arreglaría nada que ella escribiera. En el contexto de la Inglaterra de la Guerra Fría, Anna es una mujer libre que vive con su hija y con su amiga Molly en una época en la que el matrimonio era un imperativo social, ante las críticas miradas de su entorno. Sus devenires se recogen en la sección “Mujeres libres”, que funciona como una novela realista (incluso costumbrista, podríamos decir) con un narrador omnisciente, y es la que da cohesión al resto de la obra, que se divide en varios cuadernos, los cuadernos que Anna escribe, cada uno de un color distinto según su temática, en un intento por compartimentar su vida para así poder abordar el caos del mundo.

Esta obra, que le valió a Lessing el Premio Nobel de Literatura muchos años más tarde –por “su capacidad para transmitir la épica de la experiencia femenina y narrar la división de la civilización con escepticismo, pasión y fuerza visionaria”-, no es “Mujeres Libres” ni el “Cuaderno Negro”, el de la Anna escritora; el Rojo, en el que Anna escribe de política y de su militancia en el Partido Comunista –hay que dejar claro que para Anna creer en el comunismo es como la fe en la religión, algo a lo que ampararse para sentir que el mundo posee algún sentido y que el individuo no está solo-; el Amarillo, en el que recoge una historia sobre una especie de alter ego, Ella, a partir de su propia experiencia en las relaciones sentimentales con los hombres; el Azul, a modo de diario, que nos deja ver a la Anna más vulnerable y compleja; o el Dorado, que Anna pensaba como el cuaderno de todos los cuadernos, el cuaderno total. Es esa totalidad a la que Anna Wulf aspiraba, es el desconcierto al que nos somete la ruptura del orden cronológico que nos descubre a Anna a golpes, que nos hace tomar conciencia de su complejidad interior poco a poco, justo como uno conoce a las personas importantes de su vida.

Como telón de fondo del malestar de Anna, los conflictos armados que no cesan de producirse en todo el mundo y que ella sigue con gran interés. Si le preguntan de qué va su libro, el best seller gracias al cual puede vivir sin trabajar, ella responde que de la guerra. Sus conversaciones con Molly son acerca de la guerra y llega un momento en el que también su diario y las paredes de su habitación se convierten en una compilación de fragmentos de noticias bélicas, que Anna reúne en un afán por comprender. Así, sobrepasada por un mundo atroz en el que no tendrá el más mínimo impacto que ella escriba (o no), en el cual las relaciones amorosas entre hombres y mujeres están condenadas al fracaso y en el que el comunismo de la URSS se desbarata, ¿qué hacer? ¿cómo seguir viviendo? ¿cómo escribir?

El libro de Lessing es una obra necesaria, un libro que venía rugiéndose y que tenía que ser escrito para tratar de poner orden a base de palabras a toda la complejidad y convulsión del mundo y del individuo, entonces y ahora.

Hay unos cuantos como nosotros por el mundo, confiamos los unos en los otros, a pesar de que no nos conocemos por los nombres. A pesar de todo, contamos unos con otros, ¿comprendes? Formamos un equipo, somos los que no nos hemos rendido, los que seguiremos luchando. Te lo aseguro, Anna, a veces cojo un libro y digo: <<Pues lo has escrito tú, ¿eh? Estupendo. Vale, ya no tendré que escribirlo.

Eso: un libro que tenía que escribirse. El libro total. Y Lessing lo hizo: nos liberó de tener que darlo a luz.

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