Cosas que las mujeres deberían saber sobre la reproducción

Sonia Pulido.

Sonia Pulido.

Hace un par de semanas sucedió una de esas cosas que nos encantan a los que vivimos enganchados a las redes sociales: la indignación unánime. En portada de El País digital apareció el siguiente titular: “Demasiado tarde para ser madre”. El contenido del reportaje combinaba datos científicos (en los últimos 35 años, la edad a la que las españolas son madres ha subido de los 28,2 años a los 32,2, y una mujer de 35 tiene la mitad de posibilidades de lograrlo que una de 25) con escalofriantes testimonios de mujeres que habían esperado demasiado para concebir y, como dirían nuestras abuelas, se les había pasado el arroz. “Ahora lo que más miedo me da es el futuro”, sostenía una arquitecta catalana. “Me da miedo imaginarme sola el día de Navidad”.

El enlace se multiplicó de muro en muro como un virus infeccioso. Lo que muchas (casi todas) veíamos en el reportaje no era información objetiva sobre las causas y consecuencias de postergar la edad de maternidad, sino el discurso esencialista de siempre: la mujer es mujer por su capacidad para concebir; una mujer estéril es una mujer fracasada. Sin embargo, en mitad de la indignación mayoritaria, recibí un comentario muy interesante por parte de Muriel Cuadros, una embrióloga clínica que lleva años trabajando en clínicas de reproducción asistida y que sostenía que, por mucho que la redacción de la nota no fuera la ideal, se alegraba de que los medios se hicieran eco de un problema de sensibilización que, sin duda, tiene consecuencias importantes. Haciendo referencia a los testimonios que recogía el reportaje de El País, me comentaba lo siguiente: “Estoy constantemente viendo casos como los de estas mujeres y son los peores. Creo que parte de que sean tan duros tiene que ver con la absoluta desinformación que tiene la gente sobre fertilidad”. En su práctica diaria, Muriel trata con mujeres que, sobrepasados los 35 y tras varios intentos fallidos por quedarse embarazadas, no logran comprender cómo es posible que aquello que prometía ser tan fácil les esté resultando imposible. “A menudo se quejan de que nadie les informó de los riesgos”, observa, y me pregunta lo siguiente: “¿A ti tu ginecólogo te ha informado alguna vez sobre aspectos relacionados con la fertilidad?” Mi respuesta es negativa, y al instante reparo en una contradicción: siento que habría sido lógico que lo hiciera (como me pareció lógico a los 15 años, cuando asistí a mi primera revisión ginecológica, que me informaran sobre métodos anticonceptivos y ETSs), pero al mismo tiempo me habría ofendido que lo hubiera hecho. ¿Cómo se reconcilia esta paradoja?

En un artículo del Daily Mail, análogo en su función informativa (desglosar estadísticamente las tendencias reproductivas de la población en 2015) pero muy distinto en su enfoque, Clare Murphy, directora de asuntos externos del BPAS (British Pregnancy Advisory Service), observaba lo siguiente: “A menudo se advierte a las mujeres sobre los riesgos de intentar tener un hijo demasiado tarde, pero no deberíamos perder la perspectiva. El embarazo y la crianza tardías presentan retos distintos, pero en lugar de presionar a las mujeres para que tengan hijos antes, lo que tenemos que hacer es asegurarnos de que los servicios de maternidad estén preparados para ofrecerles la atención que necesitan”. En la misma nota, un portavoz del Royal College of Obstetricians and Gynaecologists (RCOG) apoyaba que se debe respetar que cada mujer sea libre para decidir cuándo quiere ser madre, pero añadía que “necesitan saber cómo las expectativas de concebir y sacar adelante un embarazo cambian con la edad”.

El artículo de El País recogía en una entradilla aparte que desde la Sociedad Española de Fertilidad se redactó un documento cuyo objetivo era instar a los ginecólogos a informar a las pacientes más jóvenes sobre su reserva ovárica. Sostenían, no obstante, que el alcance de este informe había sido limitado porque los profesionales tenían miedo de invadir la privacidad de las pacientes. Charlando con otras mujeres sobre este particular, las experiencias eran variadas. Sin que existan protocolos de actuación acordados entre los obstetras, todo queda a merced del criterio particular del especialista al que se acuda. “A mí sí me lo preguntó mi ginecólogo hace un par de años”, me comenta la escritora María Folguera, que ha sido madre hace poco. “Lo hizo en un tono amable y festivo, justo después de los típicos comentarios de `esto tiene muy buena pinta´, `estás estupenda´, etc. Supongo que no me sentí invadida porque me preguntaba por un tema ante el que me sentía muy segura”. Intuyo que el grado de confianza que transmiten estos comentarios es fruto de una relación médico-paciente que se ha sostenido a lo largo de los años y María me lo confirma. Yo, que cada pocos meses cambio de ciudad y, por tanto, de médico, es lógico que no me haya encontrado con ginecólogos que se aproximen a mí en estos términos. Se me ocurre entonces que, si las relaciones médico-paciente que se caracterizan por una mayor cercanía suelen ser aquellas que suceden en el ámbito de la medicina general, quizás esta función informativa debería realizarse desde la consulta del médico de cabecera. Llamo al Dr. Esteban Izaguirre, de la Clínica Euskalduna de Bilbao, y le pregunto cuál es su opinión al respecto. Me dice que jamás aleccionaría a una mujer sobre temas de fertilidad sin que ella se lo pidiera ya que la maternidad pertenece al “ámbito más estricto de las decisiones personales”. Ni siquiera se siente autorizado a informar a sus pacientes adolescentes sobre aspectos relacionados con la sexualidad, ya que considera que esta es competencia de los centros educativos. Lo cierto es que estoy bastante de acuerdo con él, pero entonces, ¿de quién es competencia informarnos a las mujeres de que, por ejemplo, existen pruebas capaces de determinar nuestra reserva ovárica?

Hasta hoy, yo jamás había oído hablar del test de la hormona antimülleriana, una sustancia cuya medición es solo una de las formas que existen para calcular la reserva ovárica, es decir, la cantidad de ovocitos que le quedan a una mujer y la calidad de los mismos. Otras técnicas comprenden la concentración de FSH del tercer día del ciclo, el recuento de folículos antrales o la respuesta ovárica a medicamentos estimulantes. Todas ellas permiten algo que me parece fundamental: que una mujer que, como es mi caso, no quiere (o no se puede permitir) ser madre a los 27 pero que no descarta la idea a largo plazo, sepa cuándo dejará de ser viable concebir.

Hace poco, una amiga que tiene mi edad y se encuentra en circunstancias similares a las mías (sin pareja ni estabilidad económica, los dos factores que, a priori, se consideran determinantes para animarse a concebir) me contaba que en un chequeo rutinario había descubierto que sufre una condición médica que, llegado el momento, dificultará seriamente sus posibilidades de concebir. “Nunca había querido ser madre”, me comentaba, “pero bastó con que me dijeran que no podía para experimentar una sensación de pérdida que me dejó de piedra. Quiero decir: ¿cómo te sientes triste por no poder hacer algo que, en principio, ni siquiera deseabas hacer?”

La psicóloga Irati Mariscal me comenta que, en su experiencia clínica, el número de pacientes con cuadros depresivos derivados de un proceso de fecundación fallido es, sin duda, importante: “Las pacientes tienen que elaborar diversos procesos de duelo. Es la renuncia al sueño que se les ha inculcado desde niñas”. Estamos de acuerdo en que, por encima de los condicionantes biológicos, que también existen, el factor discursivo es vital. Todos los productos culturales que hemos consumido desde la infancia nos han inculcado la idea de que la realización máxima de nuestras vidas es encontrar a un príncipe azul con el que procrear, envejecer y morir en una suerte de ciclo natural y perfecto. Este relato idílico implica muchas condiciones. Se nos presupone heterosexuales, monógamos y fértiles, y romper cualquier de estas expectativas, descubrir que una no es lo suficientemente buena para encajar en este diseño perfecto, resulta traumático. Lo saben quienes descubrieron que su deseo se desviaba de los cánones reproductivos, quienes decidieron que las relaciones tradicionales de pareja no satisfacían sus necesidades afectivas y probaron fórmulas divergentes, y lo saben, sin duda, las mujeres que no son fértiles.

Si somos optimistas, podemos soñar con un futuro en el que todos estos discursos ideológicos que interpretan la infertilidad como fracaso habrán desaparecido, pero mientras tanto, se pueden tomar medidas para paliar sus efectos inmediatos. Coincido con Irati Mariscal en que las autoridades sanitarias deberían abogar por “un proceso de sensibilización desde el respeto” a través de campañas informativas donde no intervengan agendas ideológicas de ningún tipo. Al fin y al cabo, si reivindicamos el derecho de las mujeres a decidir, tendremos que conceder que nadie elige con libertad si no está debidamente informado.

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