Los disparos de Idea Vilariño

 

 

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La última carta que Onetti escribió a Idea Vilariño terminaba así: “Te pago con un sueño”. En 1994, sólo unos días después de la muerte del autor de Juntacadáveres, Idea leyó ese adiós postrero repleto de magia y ya instalado en lo onírico. Los enamorados se narraron los sueños por carta, cuando él vivía en Madrid y ella en Montevideo, hasta el final de sus días.

La editorial chilena Ediciones Universidad Diego Portales acaba de reeditar los poemas que Vilariño dedicó a Onetti: Poemas de amor.  Poemas que no son sino disparos, una suerte de elogio de la negación, de lo no dicho, de la resistencia, de lo que jamás debió haber ocurrido, de lo borrado. La herida -o quizás mejor, la llaga- de Vilariño, uno la aprecia en los primeros versos de cada poema: No sos mío / Yo no te pido nada / Todo es tuyo / Con amor corroído desplazando o Tal vez tuvimos sólo siete noches. Así lo corrobora en el prólogo la poeta Milagros Abalo: “No, ese término invariable, se repite más de cien veces en un libro donde hay pocos poemas, y donde éstos tienen poco versos, y donde éstos son de pocas palabras.”

Idea era la única mujer entre un numeroso grupo de hombres poetas que marcaron a una generación uruguaya – la del 45- especialmente afecta a la melancolía y a la revolución serena. Su poema Ya no es quizás uno de los más hermosos y dolientes del amplio catálogo de versos con los que los poetas suelen abrochar sus relaciones amorosas.

 

YA NO

Ya no será

ya no

no viviremos juntos

no criaré a tu hijo

no coseré tu ropa

no te tendré de noche

no te besaré al irme

nunca sabrás quién fui

por qué me amaron otros.

No llegaré a saber

por qué ni cómo nunca

ni si era de verdad

lo que dijiste que era

ni quién fuiste

ni qué fui para ti

ni cómo hubiera sido

vivir juntos

querernos

esperarnos

estar.

Ya no soy más que yo

para siempre y tú

ya

no serás para mí

más que tú. Ya no estás

en un día futuro

no sabré dónde vives

con quién

ni si te acuerdas.

No me abrazarás nunca

como esa noche

nunca.

No volveré a tocarte.

No te veré morir.

 

Con los poemas de Vilariño sucede algo extraño: cuesta encontrarles la puerta de salida. El lector los habita de tal modo que acaba incorporándolos a una cotidianidad que, tras su feroz lectura, ya no puede ser tal, pues en ellos hay dolor, desgarro, desprendimiento y viaje. En la década de los cincuenta, en ese tenso eje que se estableció entre Montevideo y Buenos Aires, como una cuerda interminable en la que paseaban los equilibristas de la época (Roberto Arlt, Borges, Bioy Casares, las hermanas Ocampo, Benedetti, José Bianco), se conocieron Onetti e Idea. Ella fue cofundadora de Número, la revista que aglutinó a aquellos acróbatas de la palabra y que se convirtió en la más prestigiosa de la poesía escrita en castellano.

Idea: hierática, pesimista, moribunda.

Onetti: maldito, triste, bestia.

Se encontraron en un café de Montevideo. Onetti sedujo a Idea y aquella misma noche, como Vilariño le contó a la periodista María Esther Gilio en su libro Construcción de la noche, la poeta se enamoró, se enamoró, se enamoró. Así. Tres veces. Antes se habían conocido en una presentación de la revista. Él la sedujo; ella también, con su “sonrisa giocondina”. Se escribieron continuamente hasta llegar al encuentro del triple enamoramiento, del amor al cubo. Años más tarde, la poeta confesó que se enamoró del único hombre del que no debía enamorarse. Imposibles de ligar, de cuadrar, de encajar, de habitar. Así eran estos dos monstruos -como la misma Idea subrayó a la Gilio-, inmersos en un marasmo de sexo, atracción y palabras. “Una noche me llamó desesperado para que fuera a verlo. Yo estaba con alguien que me amaba y lo dejé por ir a pasar una noche con él. Y recuerdo que lo único que hicimos fue ponernos de espalda, leyendo un libro él, y yo otro. A la mañana siguiente le agarré la cara y le dije: sos un burro Onetti, sos un perro, sos una bestia. Y me fui.” De este lacerante modo narra Vilariño el episodio entre dos seres salvajes que no pudieron salvarse mutuamente: “Hago muecas a veces / para no tener cara de tristeza / para olvidarme / amor / para ahuyentar mis duros / mis crueles pensamientos”, escribe Vilariño en Un verano, una composición que surge tras el abandono.

El libro que ahora Ediciones Universidad Diego Portales publica es grande. Un formato poco usual que parece enlazar con el amor que contiene. La mayoría de los poemas no ocupan más de una página y uno los mira casi como si escudriñara un cuadro, conociendo los límites físicos pero imaginando el latido que se esconde detrás ellos.  Poemas que son como canciones y que se resisten a ser sofisticados o intelectualizados en exceso, pues ¿cómo se refina un disparo?

Idea fue profesora universitaria. Tradujo las dos obras más esenciales de Shakespeare (Macbeth y Hamlet) que después serían representadas en los teatros uruguayos.  Con Cuba nunca perdió la esperanza. A una mujer revolucionaria le correspondía un temblor político de ese calibre. Compuso el poema Digo que no murió, dedicado a Ernesto Che Guevara tras su muerte: “(…) cómo morirse el Che / cuando quedaba / tanta tarea por hacer / cuando tenía / que recorrer la América Latina / hermoso como un rayo / incendiándola (…)” Era una gran pesimista llena de pasión. Una que volcó en Onetti irremediablemente. Uno les imagina como a los amantes del relato de Juan Rodolfo Wilcock: “Harux y Harix han decidido no levantarse más de la cama: se aman locamente, y no pueden alejarse el uno del otro más de sesenta, setenta centímetros. Así que lo mejor es quedarse en la cama, lejos de los llamados del mundo”, escribía el argentino, para después volver a una metáfora -la del canibalismo- que en Onetti y Vilariño pudo ser literal: “La primera semana se alimentaron de galletitas, de las que se habían provisto abundantemente. Como se terminaron las galletitas, ahora se comen entre ellos (…) No son lindos de ver, eso es cierto, ensangrentados, descuartizados, pegajosos; pero su amor está más allá de las convenciones.”

Cuando la relación mejor estaba, cuando Idea sentía que las piezas encajaban, Onetti le dijo que debía marcharse: tenía que casarse con otra. Esa otra era Dorothea Muhr, Dolly, la mujer que le acompañó hasta el final de sus días. El matrimonio no significó el final del romance con Idea. Eso sí, introdujo ciertos elementos de desconfianza y celos, de temor.

“Nos moriremos sin aprender a hablarnos”, le dijo Idea a Onetti cuando este salió de la cárcel donde había estado ingresado por indicación del régimen militar. Probablemente la última vez que se vieron fue en 1974 en el hospital. Onetti estaba acompañado de Dolly. Cuando Idea entró a la habitación, Dolly los dejó solos. Sabía de su relación. Jamás sintió celos, sí envidia por no haber podido “expresar lo que sentía, como ella lo hacía, de una manera tan simple, directa y bella”. Idea recordaba así aquel último encuentro: “Me levanté y quise tocarlo, tocar su mejilla con la mía. Apenas llegaba a él cuando me agarró con un vigor desesperado y me besó con el beso más grande, más tremendo que me hayan dado, que me vayan a dar nunca, y apenas comenzó su beso, sollozó, empezó a sollozar por detrás de aquel beso, después del cual debí morirme”.

Idea hizo honor a su nombre. Su padre, anarquista, quiso llamarla así para celebrar la razón. A sus hermanos les había tocado en suerte otros nombres igualmente poderosos: Azul, Alma, Poema y Numen. Su último marido fue un alumno veinte años menor al que sedujo sin demasiadas ganas. Fue una mujer de piel enfermiza. Le gustaban las plantas,  las fotografías en color sepia. Los besos del bruto Onetti.

 

Idea, la disparadora de poemas.

 

EL FUEGO

Sin él

aquí

sin él.

Su fuego susurrando.

 

 

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