La tercera ola, esa otra actitud ante el feminismo. “Afortunada” de Gabrielle Bell.

 

 

Afortunada de Gabrielle Bell, La Cúpula, 2009

 

Siempre la misma discusión sobre si una de las cosas que les encanta contar a las autoras es su propia vida. La autobiografía es una decisión estética, un modo de aproximarse a la realidad y una forma de activismo prudente y sincera. Aquel que no sirve para escribir un diario no puede pasarse ni una semana completa haciéndolo, sin embargo esto no quiere decir que la mujer sea más consciente de sus ventajas, ni que acuda a este género más que el sexo contrario. En el siglo XIX Virginia Woolf se mofaba de esta supuesta asociación y del género biográfico en general con Orlando: Una Biografía (1928), donde la especulación narrativa va haciéndose con el papel principal y la introspección se adelanta a los hechos.  Por supuesto el relato sobre la vida de Orlando no es comparable a este cómic de la autora Gabrielle Bell, pero me sirve para ilustrar el prolongado equívoco que esta taxonomía ha establecido en la historia de la literatura.

Lo que más me duele es que la asociación entre mujeres y relato autobiográfico apunte hacia una posible excusa para desprestigiar a las pocas autoras que han conseguido destacar componiendo relatos sobre sí mismas, como fueron Santa Teresa de Jesús, Gertrude Stein o Doris Lessing, entre otras . Aunque todas ellas lo cultivaran en muchas ocasiones, los lectores y críticos deberían saber ya de sobra que el “yo” literario no tiene por qué aludir en todo momento a la autora que suscribe.

Gabrielle Bell, la autora de esta novela gráfica compuesta por historias y anécdotas costumbristas titulada Afortunada (2006), también ha tenido que explicar en multitud de ocasiones si aquello sobre lo que escribía era o no era autobiográfico. Si bien su respuesta fue positiva en muchos casos, lo cual constituye un patente favoritismo por este género, no quiere decir que vaya a ser así siempre. La comodidad del sujeto en primera persona quizá le sirva para poner de relieve aspectos sociales que incurren, como lo hace el conocimiento de que haya un posible lector, en su propia vida. El relato autobiográfico quizá ayude a conectar de un modo más directo con un público anónimo y diferido y por lo tanto constituya un modo pasivo de activismo social.

Tributo al cómic confesional alternativo, Diario de Nueva York (1991-1998), de Julie Doucet, una de sus autoras favoritas, o Diario de una Adolescente de Phoebe Gloeckner (2007) Bell representa lo opuesto a esa descarnada protesta feminista tan patente en toda la obra de Doucet. El activismo de Bell no realza la diferencia entre géneros, ni se ofusca en representar lo diferente que es la vida en Nueva York para una joven recién licenciada. De hecho la autora estiliza las figuras protagonistas hasta que parezcan asexuadas, naif, e incluso parientes entre ellas. Esta falta de detalles fisionómicos en los personajes se compagina con un estilo minimalista que ha ido cambiando con el paso de los años. Tampoco cae en el exceso de auto compasión y en el victimismo de un denominado “feminismo blanco”, consciente de que participar en discusiones tan generalistas no corresponden a un relato subjetivo. Como “la Woolf”, uno de los puntos fuertes de su narración lo constituyen las reflexiones introspectivas, así como los diálogos entre amigos. Lo esencial de esas experiencias diarias en las que las mujeres acometen empresas personales y desafíos –véase cómo la protagonista se adapta a la situación laboral de mil y una formas– sin acudir a la etiqueta “feminista”. Esa es la característica principal de la llamada Generación X, cuyo término se popularizó a partir del libro de Douglas Coupland (1991). Adolescentes y treintañeros que durante los años 90 residían en los grandes núcleos urbanos de Norteamérica, terminaron constituyendo un particular modo de buscar la autoafirmación a la vez que huían de los esclavos estereotipos sobre la juventud, la clase media o el capitalismo. En este sentido, las historietas de Gabrielle Bell me recuerdan a la película Reality Bites (1994), que tanto veía de pequeña, y que  fue escrita por la entonces prometedora guionista Helen Childress. Como refleja la película, en esta época se rehabilitan las estrategias pro-feministas, aunque constituyendo otro modo de feminismo más silencioso, oculto y discreto conocido como feminismo de la tercera ola, tal y como lo describía la activista italiana Marina Cacace en su libro Mujeres jóvenes y feminismo: Valores, cultura y comportamientos frente a frente (2006, Narcea Ediciones).

En los episodios, anécdotas y reflexiones que componen Afortunada, tenemos toques de ironía y sátira social a raudales. Vemos la disposición del individuo a auto convencerse, las penurias económicas del artista, ese idealismo interrumpido por sus vidas recién independizadas, que tienen que aprender a sobrevivir en media vorágine creativa. Me recuerdan, así mismo, a la vida de Patti Smith, quien anduvo de famoseo en famoseo respirando arte por todos los rincones de Nueva York a mediados de los 60 (Éramos Unos Niños, 2011). Como ella, esta joven historietista alternativa, hambrienta de cultura y conocimientos, se enfrenta a la viñeta como si usara un espejo de lo mínimo que dotara a su reflejo una enorme significación. Como en el episodio en que aprovecha un vale gratis para ir a unas clases de yoga y le hablan de la reencarnación y la obligación que tenemos de mantener todo arreglado y a punto en nuestras vidas para después volver a vernos en nuestras siguientes vidas. Justo después de la clase, la protagonista se marcha a casa y se cruza con un vagabundo durmiendo encogido en el suelo.

En ocasiones parece que le interese hablar más de la experiencia de ser una joven artista viviendo en Nueva York, en medio de una incipiente crisis de valores y economía en el mundo occidental. Sobre cómo logra sobreponerse ante las dudas haciendo de cada dificultad un nuevo reto. Llegado este punto recupera la historia de un trío de artistas que se instalan juntos en Nueva York y se nutren del ambiente creador hasta que uno de ellos decide huir de la bohemia del Greenwich para hacer dinero en Wall Street. El diario gráfico de Bell recupera algunas de las preguntas que rondan la cabeza de un artista cualquiera. ¿Cuándo sabe el artista si lo que hace merece la pena? ¿Es verdad que debe creer en la reencarnación para luchar porque su obra tenga una total repercusión? ¿Y si la gente que te lee no lo entiende?

La autora ha seguido cultivando el formato de la historieta corta  en obras como Cecil Jordan en Nueva York (La Cúpula, 2009) donde se hace patente el grado de complejidad a que ha ido llegando y donde adapta una historia de la pionera narradora Kate Chopin.

 

 

* Entrevista a al autora sobre sus inicios en The Paris Review  https://youtu.be/ou9u5zeR5-s

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