Bárbara Sánchez, 27 años. Docente, artista visual y redactora.

Y mientras estaba escribiendo esta reseña, descubrí que, si quería dedicarme a la crítica de libros, tendría que librar una batalla con cierto fantasma. Y ese fantasma era una mujer, y, cuando conocí mejora esta mujer, le di el nombre de la protagonista de una famosa poesía, “El Ángel de la Casa”. Ella era quien solía obstaculizar mi trabajo, metiéndose entre el papel y yo, cuando escribía reseñas de libros. Ella era quien me estorbaba, quien me hacía perder el tiempo, quien de tal manera me atormentaba que al fin la maté… […]

— Virginia Woolf, introducción a su conferencia El ángel de la casa, perteneciente a Las mujeres y la literatura

Desde que era pequeña pasaba mucho tiempo con mi abuela y con mi madre, supongo que debido al hecho de que también era mujer. Así que crecí sintiéndome parte de un matriarcado. Recuerdo preguntarle a mi abuela si no tenía miedo a la oscuridad a lo que ella me contestaba que a lo único que había temido alguna vez era a su marido, y que al estar ya muerto ya no le temía a nada. Ese comentario permaneció en mi mente, aunque por entonces no lograba entenderlo. Pero a medida que iba creciendo era consciente del desamparo y la injusticia que rodeaban a mis compañeras, a mi condición femenina.

Siempre me sentía al margen, me gustaban las mismas cosas que a mis compañeros de clase, yo no quería ir con las chicas, no quería darme dos besos al llegar al colegio cada mañana, maquillarme, ponerme falda o tener que separarme de los chicos para intercambiar impresiones distintas. Así que todo eso me haría pensar que era una chica masculina, que el mundo cursi y color de rosa no era para mí.

A lo largo de los años descubrí que había más chicas como yo, en la adolescencia y gracias a Internet se me abría un mundo de posibilidades, donde existían alternativas, recuerdo la primera vez que vi la web de Suicide Girls, que ahora ya no tiene nada que ver, pero fue una revolución: chicas que se salían de la norma establecida. Internet también me mostró lo que ya me olía: la gran desventaja en la que se había encontrado siempre una mujer por el único hecho de ser eso, una mujer. El mundo entero era como una de aquellas conversaciones entre chicos en la que ni yo ni muchas otras mujeres podíamos participar: Hollywood y sus películas se encargaban de repetir patrones donde la mujer era una reclusa insumisa que siempre esperaba ser rescatada. 

Y descubrí el movimiento feminista, la teoría queer, el test de Bechel, el postporno, autoras del movimiento, tanto clásicas como nuevas, y descubrí gente como yo. Gente que compartía la rabia y quería cambiar las cosas, y ya no me sentí sola. Ser diferente se ha convertido en un estandarte y el feminismo es esa conversación que engloba a todo el mundo, (no sólo a mujeres como algunos quieren hacer creer), y no deja a nadie fuera. Está en nosotras divulgarlo lo suficiente como para que todas (y todos) lo sepan.

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