Diario de una madre sin hijo III

 

Miércoles, 28 de enero, 2015

Contar aquello que ha ocurrido es un trabajo minucioso. Porque si contara cada una de las cosas que hago durante el día, ustedes dejarían de leerme, y no es eso lo que yo querría. Sin embargo, este relato no pretende otra cosa que narrar lo que está por narrar y ya se ha vivido. Son unas memorias, pero las comparto con ustedes, que tienen memorias a su vez pero no tienen ningún interés en hacérmelas llegar. Entonces, ¿por qué les interesan las mías?, ¿me interesarían a mí las suyas? Estoy, ustedes pueden creerlo, convencida de que podría interesarme casi cualquier cosa, salvo lo aburrido. Si creen que me excedo en la confianza, sólo tienen que hacérmelo saber. Mientras tanto, continúo con mi relato.

Hoy hemos dormido toda la noche. Lo digo porque no pasa siempre, y cuando ocurre le ponemos un corazón a Criatura en el calendario. Pregunta, cuando sabe que lo ha hecho bien: ¿hoy tengo corazón? Si alguien observara a la familia Albero sin conocer lo que la familia Albero es, podría pensar que a Criatura le aparece y le desaparece el latido. Pero se trata sólo de un juego, porque es jugando cuando las criaturas comprenden lo que se les quiere enseñar. Si no se despierta por la noche, no hay problema. Si se despierta, no practica la paciencia, llama a su padre o viene hasta la habitación y se queda ahí quieta. No puede uno jugar con el descanso y el sueño del otro, ni siquiera con su pulso nocturno.

De vez en cuando miro el calendario y me acuerdo de las anotaciones que hacía Sylvia Plath en el suyo. Si muriera hoy y quisieran saber algo de Rita Albero por lo que tengo en el calendario, sabrían qué noches duermo sin interrupciones (corazón), qué días somos tres (señal bajo el número), qué días voy a nadar (círculo de color), qué días voy en bicicleta (marca en forma de equis), qué días… y así con todo: también un calendario necesita una lógica y una disciplina. Y depende del número de la marca, si lo he hecho sola, con el Señor Albero o los tres juntos.

Mañana tengo un club de lectura en Sabadell, en el Librerío de la Plata —no podría cambiar el nombre de un lugar hermoso como éste, puesto que la narración y el relato de lo que soy y vivo quedaría incompleto. Hablaremos de Volver, una novela espléndida —como diría Silvia Querini— de Toni Morrison. Lleva días anotado en el calendario. Las mujeres que, como yo, nos dedicamos a la escritura, de vez en cuando también nos dedicamos a la lectura. Pero no una cualquiera, no la solitaria, de la que soy devota: leer en comunidad es otra de mis tareas como escritora, y no hay quien escape de esta ordenanza.

Hoy, a diferencia de ayer, ha sido un día tranquilo. La traducción estaba entregada y revisada; así, podía pasar la mañana acabando El armario de la ginebra, un libro estremecedor del que ustedes ya tienen conocimiento; y, por otra parte, hoy Criatura duerme con Madre —estamos el Señor Albero y yo solos. Cuando una persona se enamora de alguien que tiene ya un hijo, por supuesto debe asumir ciertas cosas, pero el día a día es algo que por mucho que imagines, nunca llegas a recrear en su justa medida —ni siquiera una persona que, como yo, se dedica profesionalmente a recrear e imaginar. Es cierto, quiero a Criatura, me gusta cuando estamos los tres y muchas veces he deseado que fuera hija nuestra, de los dos —uno puede desear cualquier cosa. Pero agradezco los días de soledad y privacidad entre nosotros, tenemos un margen de tiempo y de intimidad mucho mayor. Es sano y natural que nos guste estar solos. Parece que debo tener previstos estos tiempos porque siempre he sabido que sería así, que el Señor Albero tenía una criatura, pero no siempre es fácil. Nuestra evolución, si puedo hablar de este modo, y uno de su matrimonio puede hablar en los términos que mejor se maneje, no se parece en nada a cualquier noviazgo: para avanzar un mes, debemos vivir dos. No crecemos de menos a más progresivamente, no disponemos de todo nuestro tiempo ni dinero, no podemos viajar ni planear en solitario sin tener en cuenta los horarios de una tercera persona —y no hablo de Criatura, aunque también hablo de Criatura. A veces me olvido de que éste no es el curso natural de una relación y apenas lo echo de menos, pero en ocasiones pesa y cansa y es la vida una enredadera, que en mi otro idioma tiene un nombre hermoso del que querría dejar constancia: enfiladissa. Hay muchas preguntas que puede una madre sin hijo hacerse a pesar de saber que no tienen respuesta. También es sano y natural hacerse esas preguntas y no conformarse con las migajas de tiempo que dejan la paternidad, el trabajo y la vida cotidiana. Pero no siempre eliges, no siempre te salen bien las cosas, no empiezas de cero —recoges lo que queda de la vida anterior y debe permanecer (hija, lazos, cargas) y continúas; asumes consecuencias de errores y aciertos que no has tenido nunca. Lo asimilas tanto como puede asimilarse la vida ajena y enemiga, y sigues. Pero antes de cargarlo y seguir, debes estar dispuesto a ser generoso. Hoy estamos solos el Señor Albero y yo. No es extraño, siempre hemos sabido cómo cambiar nuestro papel y sabemos estar sin la niña. Parece una tontería, dicho así, pero no lo es en absoluto —cuántas madres saben estar sin sus criaturas es algo que desconozco. Cuando estamos solos, sabemos estarlo. La complicidad es fundamental para poder tomar decisiones como dos y como tres, y alternarlo todo y que, clac, funcione.

Por la tarde, mientras el Señor Albero trabajaba en casa, he empezado Sa meu mare, el libro de Pau Riba del que tengo pensado hablar en Muerte de la madre, uno de los cuatro artículos que estoy escribiendo a la vez —también uno debe, para sobrevivir a la voracidad del arte, jugar con la ficción de los demás; hablaré de varias novelas que arrancan así, con la muerte de la madre, con el vacío que deja su muerte. Después me quedo dormida en el sofá porque, quizá ustedes no lo sabrán, Rita Albero es de natural perezosa y animal soñoliento. Y en el que podría haber sido un plácido descanso, sueño que un hombre me persigue en una biblioteca, a mí, que ya nunca voy a la biblioteca, y debo esconderme. A las siete, nos preparamos para ir a nadar, cosa que no podríamos hacer si Criatura estuviera con nosotros —estaríamos descontando minutos, ducha, cena, dormir dormir dormir, corazón.

 

Toda persona que haya practicado algún deporte sabrá que con el deporte, la adolescencia y sus conflictos desaparecen. Yo pasé diez años metida en una piscina (es un decir) y, es cierto, domestiqué las clásicas rebeldías con los entrenamientos. Era demasiado exigente el agua, no podía dedicarme a las pavadas, porque si la adolescencia está contaminada de algo es de pavadas, y no les quedará otro remedio que darme la razón. Entrenaba dos horas diarias —seis días a la semana— con dos personas, mis entrenadores, que esperaban más de mí como persona que como deportista. Así crecimos los nadadores de mi generación, una generación fuerte y decidida, intermedia. Desde los nueve años me dediqué a nadar —entrenos y competiciones. No quedaba tiempo para todo lo demás, pero todo lo demás era irrelevante porque en el deporte encontré todo lo que debía aprender. Aún aplico a mi vida cosas que descubrí braceando. Criatura dice que si, como a mí, le pregunta algún responsable de la piscina si quiere apuntarse al club de natación, dirá que sí. Le cuento las cosas que hacíamos en el vestuario, en las colonias con el club, cómo me hice adolescente en la piscina, y cuando acabo, me pide que vuelva a contárselo. Cuando vamos con ella y nos cambiamos juntas, observa a todas las criaturas que están en el vestuario, y si las ve gritar y hacer el tonto, me pregunta: ¿son adolescentes, Señora Albero? Hoy vamos solos a la piscina, y cuando voy a nadar vuelvo al refugio de entonces, un refugio azul lleno de ruidos que van desde la respiración de uno mismo a la música exterior. Soy perezosa, ustedes ya reconocen esa característica en mí porque no hay nada mejor que exponerse tal como uno es, y sobre todo en invierno soy perezosa, pero el Señor Albero y yo nos convencemos el uno al otro —esta semana sólo tenemos dos días sin Criatura, y mañana vamos al club de lectura— y acabamos yendo siempre que podemos. Nado y respiro y me siento en paz, un cansancio pacífico y placentero —igual pero distinto al descanso del creador cuando da por finalizada su obra. Dejamos de estar en el mundo exterior durante una hora y lo agradecemos cada vez que salimos de la piscina y volvemos a casa. Hoy no hemos podido hacer demasiados metros porque a las nueve juega nuestro equipo de fútbol y tenemos prisa por llegar.

 

Iba a decir que el fútbol es casi una herencia emocional de mi padre, pero no es el fútbol en general —a mí sólo me gusta mi equipo. Es pasional, irracional, un sinsentido, y ¡necesario! para alguien como yo. Vemos el partido y tenemos un minuto de retraso con respecto a la retransmisión de la tele, que está viendo mi padre en su casa. Si me despisto, me entero del gol antes de verlo. Mi padre y yo nos llamamos con cada gol, llamamos y colgamos, para que conste: como un celebración. En El armario de la ginebra, Tilly dice que Lucy, su madre, se anticipaba y sabía qué cosas le iban a dar miedo antes de que se asustara: le sacaba los libros cuyas portadas la aterraban por la noche. Mi padre me advierte de los goles que marca nuestro equipo antes de que yo misma vea en mi pantalla cómo entra el balón en la portería. Es más o menos lo mismo. Una madre sin hijo como yo también conoce cuáles son los miedos de su Criatura, sin que esa posesión signifique nada. Conoce sus miedos y puede evitarlos, pero no es una madre y para ustedes ese conocimiento no vale nada. Ustedes, que tienen hijos en su propiedad, no toleran la presencia de las madres como yo, porque creen que la sangre todo lo puede —la sangre sólo es sangre.

2 Comments

  • Carmen de la Cueva dice:

    Gracias por tu lectura. Nosotras tambin estamos disfrutando mucho.

  • Diva Calva dice:

    Me gusta, me estoy enganchando a este diario, a pesar de ser yo una madre con hijos que no tiene ni un minuto de respiro a solas, a pesar de que esas descripciones del tiempo ‘sin’ me den una ligera envidia cochina.

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