Diario de mujer infectada por mosca tse-tse I

Día 1. No puedes caerle bien a todo el mundo

 

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Es madrugada ya, y no estoy de mal humor, pero tengo sueño, mucho, y para vengarme, mentalmente añoro trabajar en esa cafetería donde me he imaginado tantas veces escupiendo en la taza del cliente envarado, antes de girarme y ofrecerle el café humeante con la sonrisa que esperaría de mí el jefe de zona.

—¿Azúcar?

Me llamo Sonsoles Yovanka, me llamo así de verdad y creo que es un estigma. ¿Me tengo que confesar? ¿se supone que eso es lo que se hace en los diarios personales? Vale, empezaré por el principio. Tengo 38 años y soy muchas cosas y ninguna, periodista pero no, comunicadora pero no, diseñadora pero no, escritora pero no. Tengo un hijo de cinco y otro de año y medio. Tengo marido y trabajo fuera y dentro de casa. Tengo familia y muchos amigos, y todos están fuera de esta ciudad, donde algunos camareros te dicen ‘miarma’. Vivo aquí desde hace 14 años. Tengo todo eso, que es bastante, y no me puedo quejar, pero lo hago, sobre todo porque tengo sueño y me creo con derecho. Me quejo porque soy la mujer infectada por mosca tse-tse que en días laborables aporrea el teclado del ordenador en una oficina, un sitio de esos que tanto les gusta retratar a los autores postmodernos. Bostezo, gris. Me gusta el trabajo, pero diría que hay días en que estoy literalmente zombi, que arrastro sueño desde hace siglos. No lo diría, es así. Cargo con el sueño de generaciones de mujeres trabajadoras, mujeres de las que se esperaba la máxima eficiencia y abnegación, mujeres que no tenían ganas de ocio porque ni sabían lo que era eso. Yo peno por todas mis compañeras y por mí primero con este sueño de plaga, coqueteo de enfermedad con sonrisa tenue, sangre sobre pañuelito fino de algodón, miradas de reojo del jefe, de esas que no sabes si es pena o es asco, pero superioridad seguro. Haría una broma sobre eso, pero en el trabajo, principalmente, en el trabajo, no se pueden hacer ciertas bromas, hay que reprimirse, no puedes caerle bien a todo el mundo.

Mi madre ha aprendido a usar el chat del móvil, me dice, ¿te creías que era fácil?, mírame a mí, que tuve cuatro. Creo que algo de todo ese cansancio que ella debía de sufrir me va en los genes, estoy colonizada. Mi madre entró a trabajar en unos talleres cuando yo ya tenía cuatro años, sacó unas oposiciones, antes se opositaba para eso. No era un trabajo de mujer, de hecho, era la única, era la primera. Tuvo que escuchar mucho eso de no sé cuántas telarañas tendrá bajo la cama, la tiparraca. Mi madre dice de nosotras que lo hemos tenido muy fácil, gracias al cielo, y seguramente es verdad, aunque no sé si agradecérselo al aire y las nubes así, en abstracto. Ella dice que lo tuvo más difícil, los machistas eran más machistas, sí, la denunciaron cuando se embarazó de mi hermano por sentarse un minuto y poner las piernas en alto, es cierto, lo cuenta siempre, pero no sé, no estoy convencida de que estemos ante el mismo caso, mi madre y yo. Será que con tanto sueño no puedo pensar claramente. Mi madre hizo una proeza, no era lo normal en la época, cayó en la mentira agarrada de la mano de la superación, nómina fija a fin de mes, carné de conducir y más hijoputas que ventanas. Pero si el recuerdo no me falla había una estructura social estable: amigos, vecinos, abuelos, sobre todo abuelos, hermanos mayores, y juventud paterna que para nosotros entonces era tercera edad, pero que permitía mágicamente que mi padre nos llevara a cuestas sin que eso le costara una semana de fisio. Ahora es más fácil, puede, pero tengo 38 años y los niños son muy pequeños, tengo mucho sueño, me duele la espalda y estoy sola, la familia lejos. No sé cómo se llaman mis vecinos, los pocos amigos que tengo aquí no tienen hijos, cualquier movimiento inesperado es a base de pagar niñera, no hay nómina fija, sabemos lo que significa fijo porque tenemos gastos fijos, pero nunca he sido indefinida y en mi vida laboral pone que llevo 13 años cotizados. ¿Cómo se hace eso? Magia, autobuses de línea, contratos que firmas y sabes a ciencia cierta que alguna trampa habrá, sitios de los que te echan porque te casas, en pleno siglo veinte, y mucho disimulo, mucha apariencia, sonrisa cortijera, pero el mismo número de hijoputas por metro cuadrado.

Trabajo fuera, trabajo dentro, como todas, cuido de los niños, recojo la casa, doy besos de buenas noches, espero el silencio del cierre e inicio de semana, escribo y estoy muerta de sueño, espero despierta al marido que trabaja muchas más horas pero no se puede quejar y de hecho no lo hace jamás. Qué entereza la suya, admirable. Yo soy una queja con patas.

—A mi me engañaron—le digo. Y él me sonríe. Sabe a lo que me refiero, a mi eterno argumento de que me hicieron creer que podría con todo, que me iban a dejar poder con todo, más bien. A mi me engañaron y yo tenía ganas de hacerme la lista y creerlo. —Pero no sé de qué te quejas, si no cambiarías nada—me dice.

Y es verdad, porque yo quiero todo, estamos en la sociedad en la que nadie quiere renunciar a nada, la palabra renuncia es el enemigo, y al enemigo, ni agua (y no puente de plata). Yo quiero marido, hijos, familia, casa limpia, buena comida en la mesa, trabajo fuera de casa donde sea reconocida y bien remunerada, apreciada, quiero tiempo para escribir, escribir, mi pasión, no olvidarla, quiero terminar la segunda novela aunque la primera lleve cuatro años en un cajón, quiero leer, y ser crítica, quiero todo eso, pero me ha picado una mosca tse-tse y estoy que me caigo, cierro el día tan agotada que no puedo pensar más, son 24 horas y la niñera cobra 10 euros por una sola.

Buenas noches, hasta mañana.

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