¿Y yo qué os cuento de Cataluña?

 

Mariña Sánchez Testas.

 

 

Comienza la temporada, regresa esta columna e intento, de verdad que lo intento, no escribir sobre Cataluña. Pero, ¿qué otra cosa puede hacer una chica como yo, en un sitio como este, teniendo que entregar su texto el 1 de octubre de este otoño extrañísimo? Le doy vueltas, me engaño, intento inventar alternativas, pero acabo por preguntarme si no estaré en el fondo sucumbiendo a la siempre presente tentación de creer que “esto hay que dejárselo a otros, que son los que saben”. Me digo que aunque solo sea por si es así, habrá que hacerlo. Pero, ¿y yo qué os cuento de Cataluña? ¿Qué narices tengo que decir? Hace unos días alguien me recordaba una cita de Villoro: “Desconfío de quienes, en tiempos de peligro, tienen más certezas que miedo”. Anda estos días todo lleno de certezas. Se me ocurre que, como de costumbre, quizá yo pueda venir aquí a contaros mis dudas, las preguntas que me asaltan al intentar pensar.

Hasta hace poco, cuando me pedían mi opinión sobre el monotema, respondía con algo de cinismo: “Es una performance”. Un juego de roles en que cada actor cumple con los pasos pactados para su papel y todo el mundo sabe hasta dónde se va a llegar para conseguir el máximo beneficio de todas las partes implicadas (salvo, como de costumbre, el común de los mortales). Durante semanas, meses, la realidad parecía refrendar esta teoría. Ahora, dudo. A día de hoy, no sé si es así cómo estaba previsto que siguiera la obra o si al guionista se le ha ido de las manos la cuestión.

En todo caso, el tiempo de lo performativo tiene un límite. La materialización de la independencia tiene mucho que ver con dónde, cómo y cuándo se pronuncia la  palabra independencia, sí, pero a partir de determinado punto van a ser necesarias materializaciones que los juegos del lenguaje no pueden conseguir. Hay cosas que se hacen con palabras, pero no todas las cosas pueden hacerse con palabras. Ese punto de inflexión quizá llega el 2 de octubre. ¿Qué ocurre si se declara una independencia… y no pasa nada? Respondo, desde hace unos días, medio en serio, medio en broma, cuando me piden mi opinión sobre el monotema: “Es un problema metafísico”. ¿Qué pasa cuando operamos como si fueran reales con cosas que no tienen, que no pueden tener realidad? Un referéndum cuyo resultado no será reconocido, una declaración de independencia incapaz de generarla, son palabras en el aire. Los antidisturbios y las multas, sin embargo, son extrañas materializaciones de la performatividad. Dudas, dudas, problemas metafísicos.

Cuando intento pensar en qué pienso sobre todo esto, por otra parte, entran en choque en mi cabeza varios principios. Por un lado, no puedo evitar una reticencia atávica al nacionalismo. No me gustan ni las puertas ni los dueños de las puertas. Tiendo a creer que las soluciones no llegan por la vía de acotar y separar, sino por la de buscar mejores modos de encontrarnos. Ninguna forma de “sálvese quién pueda” me convence. Pero, en liza con este rechazo, otro convencimiento inamovible me dice que cada quien tiene derecho a juntarse en comunidad del modo que mejor le parezca, y que cada comunidad tiene a su vez el derecho irrenunciable de decidir cómo vivir. Entiendo entonces que la necesidad de escindirse viene, casi siempre, de no poder hacerlo. Si a uno le dejan hacer, no tiene que irse a ninguna parte. Dicho con palabras de manual: no hablamos de territorio, hablamos de soberanía. El derecho a un pueblo decidir cómo se organiza. Y entonces, otro melón por abrir: ¿Es el catalán un pueblo? Pues chico, es que eso es lo que se vota, de algún modo: en qué escala de pertenencias se quiere fundar la vida en común. ¿Y qué pasa con la respuesta y lo que implique? Dudas, dudas, dudas, pero veo bastante claro que, en un caso como este, un resultado que no sea nítido bien podría llevarnos a concluir que hace falta más tiempo para seguir pensando.

Sí creo, sin embargo, en un nacionalismo entendido de otro modo: el tierno empeño por proteger las manifestaciones culturales, las lenguas, las tradiciones, las formas de vida. En un tiempo que arrasa con homologaciones, la protección de la riqueza que reside en lo diverso es un valor en sí. Pero también en esto, no me parece que la vía sea acotar. No me gusta imaginar un mundo de reservas, de pequeños lugares homogéneos aferrados a la palabra mío: eso es solo una versión en miniatura del mismo esfuerzo por aplanar. Si la expresión país de países me gusta es porque imagino cauces, y no compuertas. Es porque entonces mi país es el país de Rosalía y de María Mercé Marçal. Es porque entonces mi país tiene montañas y desierto, bertsolaris y carnaval.

Sin embargo, una amiga profesora me contaba hace unos días que, por el contrario, el claustro de comienzo de este curso de su instituto planteó que en el temario de Lengua y Literatura se saltase por ahora el tema de las lenguas del Estado. Ese miedo al mutuo conocimiento, ese “mejor no menees esto”, ese impedir el debate, es lo que nos ha traído hasta aquí. En esto sí que no tengo dudas.

Quizá por el hastío pensamos a menudo – habrá que confesarlo – que esto no iba con nosotras. Que era una cosa de los catalanes. El día en que el Gobierno mandó a las fuerzas del orden a registrar sedes de partidos, el día en que las órdenes judiciales se pusieron a buscar papeletas, el día en que votar volvió a ser considerado delito, empezamos a pensar que sí, que iba con nosotras. Por si acaso, supongo. Pero ya iba, iba desde antes, iba desde siempre. No solo porque nuestra ley electoral nos condene, si Cataluña dice adéu, a una larga era de gobiernos de derechas. No solo porque nos ponga frente a cómo las identidades se construyen, las identidades se manosean, las identidades son moneda de cambio, y en este sentido nos obligue también a repensar nuestra historia (y si hablamos de Historia, por cierto, y hablamos de referéndums y hablamos de consecuencias revisables del régimen de la transición, alguien podría acordarse del Sáhara Occidental).

Esto va de nosotros en tanto toda forma es al mismo tiempo hueco, y nos definimos también por lo que nos falta. A nadie le apetece irse de un lugar en el que se está bien. Es inquietante, en este sentido, la mezcla interesada entre Historia y conyuntura: no tiene sentido alguno decidirse país en relación a un gobierno concreto. Esto va de nosotros porque la pregunta por qué quiere Cataluña es también la pregunta sobre qué España somos. Cuando este artículo se publique, habrá pasado el 1-O y la duda metafísica se habrá resuelto en hechos concretos. Y, a día de hoy, en el reino de las posibilidades, cabe que en unos días estemos hablando de decenas de cargos públicos detenidos, o de la policía entrando en hospitales a reprimir gente que vota, o hasta de heridos, o hasta de muertos. ¿Qué país dibuja esta mera posibilidad?

Oía en un telediario a una joven, entrevistada por la calle, decir con brillo en los ojos que la nueva República catalana sería “feminista, anticapitalista, una sociedad distinta”. Ojalá me lo pudiera creer. Ya sabemos quiénes hacen las guerras de los ricos: esto va de nosotros porque nos obliga al esfuerzo de discernir el juego de élites de la voluntad popular. Esto va de nosotros porque al final siempre pierden las mismas.

Sí, estamos obligados a pensar sobre el monotema, a encontrar las dudas y buscar respuestas. Cataluña nos apela a todos porque de esto se trataba la política: precisamente de cómo construir cuando afrontamos lo que no está pactado. Hacer política no es aplicar una ley: es encontrar la ley que corresponde al tiempo. Es la capacidad de diagnosticar la voluntad común o de aglutinarla, es la apertura de posibilidades. Solo en tanto seamos capaces de hacer algo así como eso con las circunstancias seremos comunidades tratando de decidir cómo vivir. En todo caso contrario, espectadores de obras de teatro que acaban siempre igual.

1 Comment

  • Ulises Lima dice:

    Por qué alguien quiere independizarse de un todo? Obviamente porque se siente distinto, es decir, se siente superior y porque se niega a ser solidario con las regiones más pobres…El fondo ideologico del nacionalismo catalán es profundamente insolidario y profundamente racista: Junqueras, uno de los ideólogos de esta cosa, ha hablado del ADN catalán, que según él es muy distinto del adn español. Es alucinante que no se hable de la ideologia xenófaba y racista de los impulsores de todo este proceso.

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