Diario de una joven de provincias II

por María Yuste

Lunes, 26 de enero de 2015

 

Estoy cansada y me duele la cabeza porque no duermo. A finales del año pasado, el médico me diagnosticó un trastorno de ansiedad generalizada que me estaba impidiendo escribir. Aun así, había conseguido terminar, con lágrimas y otros fluidos, mi libro Vida de provincias aunque, para entonces, yo ya estaba completamente fuera de control. Un día empecé a tomarme como mortal una enfermedad muy común que, a día de hoy, tampoco estoy muy segura de haber padecido realmente y, desde entonces, todas las mañanas desayuno un zumo de naranja recién exprimido, una tostada con mermelada de fresa y mantequilla que en realidad es margarina pero que, por razones desconocidas, en mi casa a la margarina se la llama mantequilla y entre nosotros nos entendemos… y una pastillita de 20 mg de Citalopram que me quita todos los males y el sueño.

 

Cuando digo que no duermo, no me refiero a que lleve dos meses sin pegar ojo, claro está, sino a que no duermo bien. Todas las noches, entre las cuatro y las seis de la madrugada me despierto y el cerebro me echa humo. Así que siempre pasan varias horas hasta que logro volver a conciliar el sueño. A veces ya ha amanecido. Además, las horas que sí duermo las paso en una duermevela en la que tengo los sueños más extraños.

 

Esta noche he dormido especialmente mal pero me he levantado temprano para ir a la peluquería. Por supuesto, el resultado ha sido desastroso. Nunca debes dejar tu pelo en manos de alguien con falta de sueño por mucho que esa persona seas tú misma. Mientras el desastre se consumaba he tenido una inesperada conversación sobre literatura con la peluquera, a quien dice darle mucha rabia las faltas de ortografía. Me ha asegurado que ella no tiene porque siempre le ha gustado mucho leer aunque Cincuenta sombras de Grey, Harry Potter y Crepúsculo la han decepcionado. Ahora está muy interesada en conseguir un libro que le han recomendado y que tiene un título que ella misma reconoce que es un poco raro: Pelo y cosas.

 

Cuando he vuelto a casa, por fin me había llegado el paquete con mis propios libros. Llevaba tanto tiempo esperándolo que creo que mañana me voy a sentir muy vacía cuando no tenga nada que esperar. Hasta me había montado mi propio concurso que consistía en ver cuántos días seguidos era capaz de bajar al buzón sin que ningún vecino me pillara en el rellano en bata y pantuflas. No pretendo impresionar a nadie, pero he de decir que se me daba bastante bien. Una de las pocas pilladas (y la mayor) sucedió una mañana en la que me encontré a la vez a un vecino y a la cartera.

 

Lo cierto es que tras abrir uno de los libros, lo he vuelto a cerrar de inmediato porque solo veía cosas que ahora cambiaría (véase lo que contaba ayer sobre escribir diarios). También me ha parecido curioso recibir el paquete el mismo día que me cortaba el pelo. Hasta hoy no me había dado cuenta de cómo a lo largo del libro se repite constantemente esa imagen, la del pelo recién cortado y la decepción. Creo que tiene que ver con el rechazo a la propia identidad que planea por todo el relato, igual que uno rechaza su imagen la primera vez que se ve en el espejo tras el cambio. Como si de repente nos abofeteara la certeza de que alcanzar lo imaginado es imposible.

 

Ahora que el libro circula por casa no he podido posponer por más tiempo lo inevitable y mi madre lo ha leído. Aunque se ha escandalizado con muchas partes, se lo ha tomado mucho mejor de lo que nunca hubiera esperado. De hecho, tras leer la sinopsis ha pronunciado la que me gustaría que se convirtiera en la tercera frase laudatoria de la contraportada: “¡Uh! Esto no se lo regalo yo a nadie”. Sorprendentemente, lo único que parece haberla molestado es que revele que trabajó limpiando hospitales. Pobrecita mi mamá que es un cielo y ninguno de sus sueños se ha cumplido.

 

Por cierto, hoy no ha venido a visitarnos el pájaro (que ha resultado ser un mirlo) pero lo hemos bautizado. Ahora se llama Eustaquio. Yo le he escogido un nombre tan feo para que mi madre no me diga luego que es mi amigo, sin embargo ella opina que le pega mucho porque, según dice, Eustaquio es nombre de pájaro.

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