Diario de una joven de provincias I

por María Yuste

Domingo, 25 de enero de 2015

 

Esta mañana me he despertado bien entrada la mañana con los gritos de mi madre maldiciendo al pájaro que, de vez en cuando, viene a destrozarle las plantas de la terraza y he sabido de inmediato que había llegado el momento de empezar este diario. No es el primero que escribo pero será, sin duda, el que más me dure. Veréis, cuando era pequeña me tomaba de forma demasiado literal la palabra “diario” y pensaba que para hacerlo bien tenía que ser muy exhaustiva y contar todos los pormenores, hasta los más irrelevantes, de cada día de mi vida. Agobiaba por tal ardua tarea, pronto acababa posponiendo la escritura de un día hasta el siguiente y así hasta que se me acumulaban meses enteros por contar en los que, por supuesto, ya no recordaba qué había estado haciendo o dejando de hacer. A eso había que sumarle, además, que las pocas páginas que sí lograba escribir iban sufriendo numerosas ediciones con el paso de las relecturas y los años. Nunca contenta con la vida y obra de mi yo pasada, arrancaba páginas o me autocensuraba con un rotulador negro hasta que mi diario parecía más un documento clasificado del Pentágono. Finalmente, siempre llegaba un momento en el que tiraba, avergonzada, a la basura una libreta con cuatro páginas, literalmente.

Bueno, el caso es que el pájaro, un ave negra de tamaño medio, es ya un viejo conocido de la casa. Hace unos dos años que frecuenta nuestro balcón expresamente para tirarnos la tierra fuera de los tiestos. Una situación que nos ha llevado a redecorar la terraza con un móvil de cedés que cuelga del techo, bolsas de plástico anudadas al tendedero y botellas clavadas en las macetas. Un grotesco museo del espantapájaros casero que, probablemente, haya logrado espantar a todos nuestros vecinos pero que, sorprendentemente, no amedranta al animal. Hoy, mientras mi madre barría el estropicio, se quejaba de que le dé por venir a jugar con sus plantas cuando tiene todo un jardín lleno de tierra para él solo abajo. Yo, con la mirada fija en las hojas y la tierra esparcida por las baldosas, he dicho en un tono medio serio, medio guasón que ¡menudo gamberro!, adjetivo que me parece de lo más gracioso aplicado a un animal, pero a ella no le ha hecho tanta gracia y me ha acusado de estar de parte del pájaro porque me hacen gracia sus trastadas. Y tiene razón, ¿cómo no va a hacerme gracia que nos esté puteando un pájaro?

Después de desayunar me he sentado en la terraza un rato a hacer de espantapájaros humano. Allí, sentada bajo un sol tímido de invierno, he intentado terminar la lectura de El año del pensamiento mágico de Joan Didion pero unos niños se peleaban en el jardín por saber quién de ellos era Cristiano Ronaldo y no me he podido concentrar. Cristiano Ronaldo, Messi, Joan Didion… Aquí lo importante es pensar que uno puede ser alguien que nunca será. El resto del día me lo he pasado leyendo, escribiendo y durmiendo porque es domingo y me lo puedo permitir.

María

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