Diario de unas células madre II

 

fullsizerender

 

 

Martes 20 de septiembre

 

Nos despertamos igual que ayer, juntas en la cama. Te he traído conmigo cuando tu padre se ha levantado. Hoy tampoco vas a ir a la guardería. Sigues teniendo mocos y legañas aunque hoy, por lo menos, puedes abrir los ojos. Empieza la tortura de manzanilla para lavarlos y sacamocos extrae entrañas. Lloras hasta que abandono la lucha y te abrazo. Aplaudes. Me río. Creo que nunca me había reído tanto. Esa es una de las cosas que ha cambiado al tenerte. Hay más. Antes, el tiempo se me escurría. Ahora lo aprovecho mucho más. Pasado y presente. Me dolía menos la espalda. Escribo cuando tú duermes. Ir al baño era un momento íntimo. El suelo está más limpio pero con más obstáculos, tengo que andar con cuidado para no caerme al pisar uno de tus juguetes. No sabía lo que era una muselina. Hago muchas cosas con una sola mano. Leía más. Me he vuelto compradora habitual de libros infantiles. No había escuchado nunca los Cantajuegos y era feliz con esa ignorancia. Duermo peor. Paseaba menos. Disfruto mucho deteniéndome en cosas que antes me pasaban desapercibidas, por ejemplo, el recorrido de una hormiga. No escondíamos objetos peligrosos. Tenemos muebles con esquineras que amortigüen golpes. Tenía trabajo. Salimos menos por la noche. Había más silencio. Nos gusta más estar en casa. Cualquier momento era bueno para cortarme las uñas. Ponemos más lavadoras. Nunca llevaba manchas de puré en la ropa. Me cuesta más cruzar en rojo. No tenía tanta consciencia de la cantidad de barreras arquitectónicas que sigue habiendo para sillas de ruedas o carros de bebé. Me emociono más. Tenía menos paciencia. Disfruto como no había hecho antes de aprender y de verte aprender. Antes, mis células no eran madre. Eso lo cambia todo. Vamos al supermercado. El jueves es tu cumpleaños y voy a hacer un bizcocho para llevarlo a la guardería. Compro también una vela en forma de uno. Tu tía intentó enseñarte a soplar. También probó a que aprendieras a estirar tu dedo índice para señalar que tienes un año. Te falta algo más de entrenamiento para los dos ejercicios. Vamos a celebrar tu primer cumpleaños y vas a ser la única que no te vas a enterar. Tu primer cumpleaños sólo será para ti unas fotografías y una vela en forma de uno. La cajera que nos ha cobrado ha sido muy amable y te ha hecho carantoñas. Dieciséis pilas me ha costado su amabilidad. No he podido negarme cuando me las ha ofrecido como oferta. Siempre me la cuelan. Te estabas durmiendo al llegar a casa. Te he cogido del carro para llevarte a la cuna. Tiendo. Escribo. Me avisan de algo. Suena bien. Puede que se acabe convirtiendo en una buena noticia laboral. Es una redundancia. El paro convierte cualquier noticia laboral en buena. Escribo. Escribo. Escribo. Te despiertas. Preparamos la comida. Jugamos a poner y quitar figuras de animales de un panel de madera en el que están agujereadas sus siluetas. Me enseñas cómo has aprendido a pulsar en el estómago a tu muñeco búho para que suene música. Acercas tu dedo para pulsarlo, me miras y te ríes. Aplaudimos. Leemos un cuento. “Qui suis-je?”. Te encanta este libro pese a que te lo leo con mi acento francés del barrio de Torrero. Preparamos la comida. No quieres. Creo que tienes la garganta irritada y te cuesta tragar. No insisto. No quiero forzarte a comer. Mi cuerpo madre todavía está cerca de la hija que he sido, de lo mal que he comido y de las presiones por enmendarme. Recuerdo que un día, con siete u ocho años, mi madre hizo judía verde. Como no me la comí al mediodía, me la volvió a sacar para merendar y luego para cenar. O comía eso, o no comía nada. Otro día, en el colegio, los cuidadores me hicieron comerme un plato de paella que se había quedado sin tocar. Pensaban que era mío porque yo era la que peor comía siempre. Pero la paella me gustaba y me había comido mi plato. Lloré mucho por la frustración de que no me creyeran. Nos vamos al pediatra. Le dices ¡hola! cuando llegamos y se lo vas repitiendo durante todo el rato que estamos en consulta. Catarro, me dice. Tienes algo de inflamación en la garganta. Hoy estás mejor y ni siquiera has tenido las pocas décimas de fiebre de estos días. Mañana iremos (y sufriremos) la guardería de nuevo. Nos encontramos con un amigo que hace mucho tiempo que no veía. Va paseando a su hija de seis meses. También le dices ¡hola! de forma insistente durante todo el rato que dura nuestra conversación. Me cuenta que no le han renovado en el trabajo, según le dijo su jefe, “porque les había molestado que se cogiera los quince días de permiso de paternidad”. Me suena. Puñetero país de mierda. Volvemos a casa. Como. A mí también me duele la garganta pero no se me ha ido el hambre. Tú enredas dando vueltas a la mesa y tirando al suelo todo lo que pillas. Pruebo a ver si te apetece un biberón de leche con cereales. Te lo tomas entero. Te duermo en brazos y te acuesto en la cuna. Yo me voy a leer al sofá. El soslayo, eso también ha cambiado desde que soy madre. Ahora mi reojo eres tú. Incluso cuando estás dormida. Ahí estás siempre, en la pantalla del aparato de vigilancia. Hoy duermes bastante siesta. Pasamos el aspirador y fregamos el suelo. Me pongo a escribir. En lo que yo he tardado en escribir tres líneas, tú has hecho un bodegón en el pasillo con mi peine, una crema, un zapato, los discos desmaquillantes, el papel higiénico, tu libro, la lámpara piña, tu colonia, un bol, el mando de la tele, tu vaso de agua, el chupete y alguna cosa más. Es increíble lo que puedes hacer con un minuto. Eso también lo he aprendido al tenerte, que el tiempo, con un hijo, es más elástico. Tú lo estiras para meter en un segundo varios destrozos. Yo me adapto para hacerme a la idea de que te parí ayer, y de ese ayer ya va a hacer un año.

 

 

 

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