Diario de unas células madre

 

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Lunes 19 de septiembre

Esta mañana, al despertarte, tenías tantas legañas que no podías abrir los ojos. Tu padre y yo ya habíamos decidido que no te llevaríamos a la guardería. Has estado el fin de semana resfriada y con algo de fiebre. Verte mal hace que una mano invisible me estruje un poco el estómago, igual que hago yo cuando escurro el agua de la esponja. Lo bueno de no ir a la guardería es que puedes dormir algo más. También que puedo traerte a mi cama y remolonear juntas un rato. Me encanta hacerlo. Tu padre se despide de nosotras. Te despiertas contenta pese a los ojos cerrados. Yo intento limpiártelos con manzanilla y quitarte mocos con ese aparato del mal que es el sacamocos. Te revuelves gritando. Yo también lo haría. Te pido que no me lo tengas en cuenta. Ser madre es hacerte un agujero en el pecho para esconderte ahí la frase es por tu bien llena de pinchos. Y retorcerte de dolor cada vez que tienes que tirar de ella. Termino con la tortura y te abrazo. Te calmas. Las mismas manos que te han hecho llorar son las que consiguen que dejes de hacerlo. Pienso en que me encantaría que siempre fuera así, en poder darte sosiego con un abrazo. Estás acatarrada pero no dejas de reírte. Aplaudes y te ríes. Llevas unos días que no dejas de aplaudir. Coges algo de lo que has dejado por el suelo, lo colocas en la mesa, me miras, esperas que yo te diga ¡bien!, te ríes y aplaudes. Me das algo en la mano, me miras esperando mi ¡bien!, te ríes y aplaudes. Así todo el rato. Aplaudes y te ríes, pero tienes los ojos tristes. Tenemos suerte, apenas te has puesto enferma desde que naciste y sólo nos has dado un par de sustos. Miedo sí he tenido. El miedo a que te pase algo lo tengo desde que ayudé a sacarte de mí, te recorrí todo tu cuerpecito y te conté los dedos. Eso fue lo primero que hice tras parirte. El miedo es una parte más del cuerpo de una madre. Sustos hemos tenido dos. En el primero todavía no habíamos salido del hospital. Parecía que todo iba bien y nos iban a dar el alta, pero no lo hicieron. Nos propusieron dejarnos un día más y hacerte algunas pruebas. Naciste con unos pequeños espasmos. Como si te estuvieras asustando todo el rato de todo. Querían descartar que fuera algo neurológico. Se me agarrotó todo el cuerpo. Pasé toda esa última noche de hospital abrazándote fuerte. Al día siguiente, te hicieron las pruebas y nos marchamos, todo estaba bien. El susto se me cayó al suelo y se deshizo en trozos muy pequeños. Tus espasmos debían de ser una reacción a este mundo que provoca escalofríos. El segundo susto fue culpa mía. Me equivoqué en la dosis de un medicamento. Me equivoqué mucho. Fuimos a urgencias. Era la noche en la que cumplías tres meses. Te hicieron un electro y llenaron tu diminuto cuerpo de cables y ventosas. Te pincharon. No dejabas de moverte, los médicos pensaban que te había alterado la dosis de medicamento que yo te había dado de más. Les dijimos que eras así, movida. En el informe escribieron: “Se perciben algunos signos de agitación con movimientos continuos de extremidades. Los padres manifiestan que es su estado normal. Se muestra alegre y se ríe con frecuencia”. Te quedaste la noche en observación. Y yo contigo. Era como la sala de observación de adultos pero con las paredes pintadas con dibujos, camas para los niños más mayores y unas cunas para los pequeños. Había dos niños más, los dos con fiebre muy alta. Estaban esperando para subir a planta. Sentí mucho miedo. Por haberme equivocado, por lo que hubiera podido pasar, por lo que te puede pasar en cualquier momento y por lo que no podré evitar que te pase. Por todo. Y me sentí imbécil, porque mi susto no era criminal, y no se parecía en nada al miedo asesino que hubieran podido sentir otros padres en esa misma sala. Tú estabas bien, y mi susto se quedó tiritando de frío. Te duermes en brazos y te llevo a la cuna. Me pongo a escribir. Cuando te despiertas, salimos a la calle. Hemos quedado con tus abuelos. Tienes unas décimas de fiebre. Vas en el tranvía diciendo ¡hola! a todo el que entra. Te recorres la casa de tus abuelos empujando una silla de plástico de tu tamaño, como si fuera un andador. Comes bien, aunque a veces te paras aburrida y hay que idear alguna estrategia de distracción. Estás cansada y te me acurrucas en el pecho para dormirte. Todavía no conseguimos que te duermas tú sola en la cuna. Necesitas un regazo que te acune. Puede que yo también necesite tenerte en brazos. Te despiertas a los treinta minutos. Las siestas te cuestan. En eso has salido a mí. Has salido a mí en muchas cosas, pese a todo lo que te pareces a tu padre. Ya estás andando por casa, agarrándote a todo lo que pillas a tu paso para mantener atado a tu equilibrio. No paras. Me gusta mirar como tu cuerpo pequeño se pelea con la gravedad y va aprendiendo a dar sus primeros pasos. A mis riñones les gusta menos este proceso de aprender a andar. Lo que ahora me cansa, luego lo echaré de menos. Te seguiré teniendo a ti, pero en cada momento será una tú distinta. De tu ahora me quedará el recuerdo. Saco a pasear a esos ojos llorosos que, ahora sí, se quedan quietos en el carro. Tienes algo de fiebre. Tu padre llega justo para el baño. Apenas cenas. Te duermes en sus brazos que suenan a Lorca. Duérmete, clavel, que el caballo no quiere beber. Duérmete, rosal, que el caballo se pone a llorar.

19-septiembre

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