Diario de unas células madre V

 

23-de-septiembre

 

 

23 de septiembre

 

Te crecen mucho las uñas, como a mí. No se me da bien cortártelas. Procuro que lo haga tu abuela. Naciste con unas uñas larguísimas. No hay que cortarlas a los recién nacidos, me dijeron, espera un mes. Tu abuela fue la que te las cortó la primera vez. Yo no me atrevía. Eran unas uñas minúsculas. Ahora tu mano ya es una mano de persona, pequeña, pero hecha. Ayer acabé el libro Los hombres me explican cosas, de Rebecca Solnit. Me ha gustado mucho. Recoge una frase de Virginia Woolf que dice “Como mujer no tengo patria”. Me golpea en la cabeza mientras te acaricio las manos y pienso que yo soy de aquí, de estas manos que me agarran incluso cuando están dormidas. Estamos en nuestra cama, te he traído de tu cuna porque te has despertado a las seis y media. Te has vuelto a dormir a mi lado. Ahora son las ocho y veinte, tus manos se desenganchan de las mías y empiezas a moverlas y a tocarme los pelos del brazo. Te gusta pellizcar y estirar los pelos. Tu padre se pone nervioso cuando se lo haces. Enseguida te pones a hablar y a reírte. Parece que sabes que no vas a ir a la guardería y eso te hace estar contenta. La alegría te dura poco, se tuerce cuando intento lavarte la nariz con suero. Te tomas el biberón casi entero. Ya estás alegre de nuevo. No sé qué haré cuando llegue el día en el que me guardes rencor por algo que te he hecho y no se te pase el disgusto a los dos minutos. Mientras desayuno, pongo música. Tú bailes y te ríes. Tienes unas décimas de fiebre pero no se te notan. Limpiamos el suelo. Otra vez. Las células madre son también una empresa de limpieza. Jugamos con los regalos de tu cumpleaños. Leemos el cuento de la oruga. Aplaudes cada vez que lo terminamos. Tienes sueño y te intento dormir en brazos. Me llama el administrador de la comunidad para decirme que hay una tubería rota en el garaje y se está inundando mi trastero. Llevas diez minutos dormida y llaman a la puerta. Te despiertas. Mierda. Es un vecino, me dice que hay una tubería rota en el garaje y se está inundando mi trastero. La empresa está en camino para arreglar la avería. Gracias. Ya no te quieres dormir de nuevo. El vecino vuelve a llamar a la puerta. Que no tiremos de la cadena, me dice. Gracias. Hago mi comida y la tuya. Vuelve el vecino de nuevo. Me cuenta que han solucionado el escape de agua pero tienen que volver en un rato a solucionarlo todo. Le agradezco sus desvelos en mantenerme informada minuto a minuto. Quiere saber si ya he bajado a ver el trastero. Sí, pero no he podido entrar porque había agua en la puerta y llevaba a la cría en brazos. Si hay algo nuevo, subo y te lo cuento. No te molestes. No es molestia, no tengo nada que hacer. No te apetece comer, nos vamos. Tenemos visita con la pediatra. Revisión del año. No me gusta ir al médico, procuro evitarlo. Me pone nerviosa. También me inquieta llevarte a ti a tus revisiones. Tengo la sensación de ir a un examen. No sé si aprobaremos la asignatura de tabla de percentiles, Durante tus primeros meses, estabas fuera de la tabla, tenías el percentil menos tres. Luego ya te metiste dentro. Primero al tres y luego al diez. Si estás en el percentil diez de peso, quiere decir que de cien niños, noventa están más gordos que tú. Me gasto setenta y seis euros en una vacuna que te recomiendan poner pero no la cubre la Seguridad Social, mejor dicho, sólo la cubre para los niños nacidos en este año. Cosas del calendario vacunal. Sé que no te van a poner hoy la vacuna por haber tenido fiebre. Esperamos a que nos llamen con otra madre y su hijo. Me pregunta por tu edad, te llevas días con su hijo. Te ve andar unos pasos y me dice que su hijo no se lanza. El niño es como tú de alto pero tiene tres cuerpos como el tuyo. Y una cabeza como cinco tuyas. Pienso que ese niño no va a poder andar hasta que vaya al instituto y se le empiece a equilibrar el tamaño del tronco con el de las extremidades. No se lo digo, claro. La madre me sigue haciendo preguntas. Los dientes, hablar, duerme sola, toma pecho, come trozos. Creo que lo más cansado de ser madre es hablar con otras madres. Me pone más nerviosa que los médicos. Por eso respiro aliviada cuando nos llama tu pediatra. Todo bien. Percentil 10 de peso, 50 de altura. Le dices hola a la pediatra. Todo el rato. Le pondremos la vacuna la semana que viene. Dale Ibuprofeno. Pruebo a ver si quieres comer cuando llegamos a casa. Ahora sí quieres. Como también yo y dormimos la siesta. Te despiertas cuando llega tu padre pero sigues amodorrada en los brazos. Qué raro. Tienes de nuevo fiebre. Estás más parada de lo habitual pero juegas con tu padre. Coge el piano que te hemos regalado y te compone una canción. Tu padre canta muy bien y sabe algo de música. Espero que en eso también te parezcas a él. Si sumamos las habilidades de los dos, nos da negativo. Él suma, yo resto. No somos talentosos con los trabajos manuales. No se nos da bien. No tenemos herramientas en casa porque no las sabemos utilizar. Cuando una prima mía se quedó embarazada, le preparó una habitación preciosa a su hijo. Le hizo cortinas, ropa de cuna, una especie de cuco mullido, mucha ropa, baberos, colchas…Su pareja se encargó de hacer un dibujo en la pared. Nosotros no hicimos nada de eso cuando preparamos tu habitación. Compramos una cuna y un cambiador y nos apañamos con un armario, una cómoda y una estantería que ya teníamos. No pintamos un triste  dibujo, no cosimos ni un botón. Nada. Cero. No tenemos habilidades manuales. Nosotros leemos. Es otra manera de tejer. Y también abriga.

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