El cadáver de mi sinceridad: “Oculto sendero” de Elena Fortún

 

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No, no era el cadáver del amor lo que iba a quedar trágicamente entre nosotros sino el de mi sinceridad…

Elena Fortún , Oculto sendero

Nos atraen los manuscritos encontrados; las maletas mexicanas, los títulos perdidos y dados por leyenda. Por eso, cuando por fin traspasé la primera página de Oculto sendero , rescatado por Renacimiento y al cuidado de Nuria Capdevila-Argüelles y Maria Jesús Fraga, estaba muy dispuesta a sufrir una decepción: demasiado tiempo alimentando la fantasía. Era difícil estar a la altura de lo que para unas -cuatro frikis de Elena Fortún- había sido un acontecimiento ansiado, y para otros una curiosa anécdota.

Elena Fortún (1885-1952), autora de la saga infantil de Celia, escribió Oculto sendero, lo pasó a limpio y lo guardó en una carpeta. Antes de morir pidió a una amiga que quemara el manuscrito. Al igual que Virgilio cuando suplicó que tiraran la Eneida al fuego, afortunadamente obtuvo la desobediencia por respuesta. Así, en los años 80 la investigadora Marisol Dorao viaja a Estados Unidos a entrevistar a la nuera de Fortún, único vínculo familiar vivo de la escritora. La nuera le da a Dorao una bolsa llena de folios desordenados. Marisol Dorao vuelve a España con la bolsa apretada contra el pecho, y al deshojarla encuentra el manuscrito de Celia en la Revolución escrito a lápiz, y el de Oculto sendero a máquina, firmado con seudónimo y dedicado “A todos los que equivocaron su camino… y aún están a tiempo de rectificar”. Cuenta en el prólogo Nuria Capdevila-Argüelles que Dorao no se había sentido capaz de sacar el oculto sendero a la luz. Así, le había pedido que continuara ella la labor de completar la misteriosa figura de la autora y su obra.

Oculto sendero es una confesión a tumba abierta sobre sexualidad e identidad. Tiene el estilo propio y reconocible de la autora, pero con una crudeza insólita para un texto escrito en los años 30 a partir de una perspectiva femenina. Desde el primer capítulo aquí se habla de cuerpo, de rito social, de hipocresía, de intercambios tácitos, de prostitución, de maternidad, de abuso sexual, de la construcción del amor romántico –de ahí la cita que encabeza este texto: el marido de la protagonista, un artista frustrado, se empeña en interpretar el comportamiento de ella en clave de pasión romántica, cuando ella se limita a intentar evitar el conflicto y aferrarse a los escasos puntos de fuga que puede atisbar-. De lo que debe ser normal. Y de la transgresión del consenso, el oculto sendero. Un camino tortuoso que la protagonista intenta abandonar al amparo del sentido común, de la ciencia y la religión, sin conseguirlo. El peso de una verdad, que ha intentado sofocar muchas veces, la empuja, y solo la práctica del arte –una vocación machacada por su entorno- puede darle una herramienta para seguir y no perderse en la incertidumbre.

Las que amamos los libros de Celia reconoceremos casi en cada página de la primera mitad del libro, la que aborda la infancia de la protagonista, imágenes y recursos presentes en Celia: niñas cursis con las que es obligatorio merendar, compañeras ambiguas e idolatradas, madres distantes, padres cariñosos aunque difícilmente cómplices. Pero, lejos de instalarnos en una sensación de previsibilidad, desde el inicio -una niña observa a una pareja de mujeres en un restaurante- advertimos también que la narradora sigue un hilo y no nos aparta de él. No hay rodeos, no hay miedo, es la exploración kamikaze de una imposibilidad: la de encajar en los planes de los demás.

Digo kamikaze porque no encontraremos un punto de llegada; la solución satisfactoria no existe aquí. La inteligencia, deseo y necesidad de amor de la protagonista la llevan a aceptar una suspensión permanente, una soledad tensa. Hay un rasgo del estilo fortuniano que aquí se exacerba: el uso de puntos suspensivos a lo largo de toda la narración. No hay página de la novela que no contenga varias apariciones de puntos suspensivos, de una manera casi compulsiva. Me ha resultado inevitable relacionarlo con unas viñetas de la novela gráfica Fun Home, de Alison Bechdel, otro relato autobiográfico sobre identidad sexual y familiar. En Fun Home, la Alison preadolescente inicia la escritura de un diario. “Mis frases simples, enunciativas, empezaron a parecerme pretenciosas en el mejor de los casos, completas mentiras en el peor. Los nombres más rotundos se desvanecían en vagas aproximaciones bajo mi pluma. Mis creo eran suturas de telaraña en esa grieta abierta entre significante y significado. Para fortalecerlo, perseveré hasta convertirlos en borrones”. El relato de Oculto sendero avanza también a través de la duda de una manera literal. Las palabras son deshechas, abiertas, inacabadas, interrogadas. Es como si la protagonista no pudiera terminar una frase, igual que no puede atisbar el final de ese sendero que había permanecido oculto.

Es importante señalar que el nivel de opresión que transmite Oculto sendero, expresado a menudo a través del patetismo (de hecho Capdevila-Argüelles la clasifica como “novela patológica”), roza lo inimaginable, a pesar de discurrir en un código perfectamente cotidiano. Se proscribe la amistad entre mujeres, no existen palabras para nombrar, el desprecio hacia el género femenino es utilizado una y otra vez por la madre para abofetear a su hija. Hay que decir, sin embargo, que Fortún logra construir personajes complejos, como esta misma madre. En su condición de mujer áspera y controladora, brillan los momentos en que se atisba complicidad, fragilidad, amor. La autora permite que los personajes vivan y convivan, y no terminen de llegar a conocerse nunca. Hay que decir también que en esta toxicidad ambiental, cuando llega por fin un instante de placer, dan ganas de preguntarse por qué la humanidad ha llegado a prohibirse con tanta saña la posibilidad de un beso, de unos dedos sobre la piel. Me hizo acordarme también de El azul es un color cálido, de Julie Maroh, otra novela gráfica, otro relato de armario sufrido desde la adolescencia en el que el lector llega desesperado al primer beso.

Oculto sendero, por tanto, es la historia de un armario, cuya puerta se abre sin saber qué puede encontrar entonces. Pero yo tengo que confesar aquí que en mi relación con Elena Fortún también ha existido, y existe, un armario. La leí y releí desde niña, y estoy convencida de que Celia ha jugado un papel decisivo en mi escritura y mi visión del mundo. Sin embargo, durante años, cuando me preguntaban cuáles eran mis influencias literarias, ni se me ocurría mencionarla; yo buscaba referentes de prestigio, que demostraran a los demás mi calidad intelectual. El descubrimiento de Celia en la Revolución sí me llevó a afirmar en voz alta que era uno de los mejores textos sobre la Guerra Civil que había leído. Pero seguía sin atreverme a dar su nombre como fuente de inspiración para mí: literatura infantil, literatura para niñas. Para señoritas, en definitiva. Creí que todo esto estaba superado a raíz de su recuperación por parte de Renacimiento y las estudiosas de su obra, que la han devuelto visibilidad, o de lugares como este, que se proponen releer a las menospreciadas. Pero la verdad es que instintivamente tiendo a no atreverme a hablar de ella. Por ejemplo: le he dado muchas vueltas a si escribir sobre Oculto sendero o no aquí. Estoy convencida de que pronto vendrá alguien con autoridad a burlarse de todo esto, de su estilo, de su domesticidad y su pobreza de horizontes, y me sentiré patética yo también. Con esta sensación de inseguridad tengo que manejarme. Yo también estoy dentro de un armario, aunque desde luego la puerta está abierta, como me ha recordado Fortún.

 

 

 

 

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