Las memorias de Mary Karr

EL CLUB DE LOS MENTIROSOS DE MARY KARR

 

 

El club de los mentirosos de Mary Karr, Errata Naturae y Periférica. Traducción de Regina López Muñoz

 

 

p r ó lo g o

 

Poco antes de que muriera mi madre, el tipo que le estaba reformando la cocina sacó de la pared un azulejo con un agujerito redondo bastante sospechoso. Se sentó de rodillas y levantó el azulejo de manera que el sol filtrado por las cortinas amarillas y añosas pareció perforar el agujero igual que un láser. Nos guiñó un ojo a Lecia y a mí y a continuación se volvió hacia mi canosa madre, concentrada en su volumen de Marco Aurelio y en un cuenco de chiles picantísimos.

—Señora Karr, ¡esto parece un agujero de bala!

Lecia, que no dejaba pasar una, intervino:

—¿Eso no es de cuando le disparaste a papá?

Y mamá entornó los ojos, bajó un poco las gafas por su nariz patricia y dijo con displicencia:

—No, eso es de cuando Larry. —Se giró y señaló otra pared—. A tu padre le disparé allí.

Sirva esta anécdota para explicar por qué me decidí a escribir El club de los mentirosos como unas memorias y no como novela: cuando el destino te pone en bandeja unos personajes así, ¿para qué inventar nada? También ilustra en cierto modo la vena forajida de mi madre y hasta qué punto —ella dejó la bebida mucho antes de morir— había asumido la lotería de su pasado sin apenas tapujos.

Me encargué de prevenir a mi madre y a mi hermana Lecia de los sucesos que me proponía contar, y desde el principio la respuesta de mi madre fue: «Tú sácatelo todo de dentro, di que sí… Si a mí me hubiera importado alguna vez lo que piensa nadie me habría pasado la vida haciendo galletas y yendo a reuniones de la Asociación de Madres y Padres de Alumnos». Lecia, de natural más reservada, me animó también porque como madre soltera que yo era en Siracusa, Nueva York, donde el servicio de autobús escasea y la nieve se mide por metros, necesitaba desesperadamente dinero para comprarme un coche. Necesitar dinero es una causa nobilísima entre los míos, pero aun así Lecia habría respaldado cualquier proyecto que me hubiese propuesto. («¿Perpetrar una matanza? Bien. Con la de capullos que están pidiendo a voces que los maten…»).

La sorpresa llegó poco después de que viera la luz El club de los mentirosos (y, posteriormente, su hermano, Cherry): conforme iban desapareciendo tabúes antiguos en mi familia aumentó vertiginosamente el nivel de sinceridad. Ya no había ninguna necesidad de correr un tupido velo sobre la propensión de mi madre a beber y usar armas en el pasado, ni sobre el número de veces que se había casado (siete, dos de ellas con el trabajador de la industria petrolera que fue mi padre).

Nos resignamos extrañamente a ciertos episodios que antaño nos torturaron y estuvieron a punto de destruir nuestra familia, en cuanto fueron proclamados a los cuatro vientos. Llamadlo terapia de aversión, pero los acontecimientos calaban un pelín más hondo. Comprobamos que las heridas cicatrizaban mejor si las dejábamos al aire —si bien nunca fue ése mi propósito—. Nuestras catástrofes, tan lejanas, se volvieron asumibles. Es lo que los griegos llaman catarsis.

Verbigracia: cierto día, una sonriente presentadora de un magacín matinal de Houston, ciudad donde mi republicana hermana regentaba una importantísima empresa de seguros, se dirigió a mí delante de las cámaras y me preguntó (en ese tonillo alegre que se usaría para pedir la receta de un bizcocho con pasas): «¿Qué se siente cuando tu madre intenta matarte con un cuchillo de carnicero?». La sonrisa deslumbrante de sus labios pintados no perdió ni un ápice de su brillo mientras esperaba que yo le diera una réplica a la altura, cuando de pronto mi hermana intervino a voces desde detrás de la cámara: «¡Pues un bajón que te cagas!». A mí me dio la risa, los cámaras se tiraban por el suelo, y tuvimos que empezar de nuevo la grabación.

En las páginas de este libro seréis testigos de la terrible carga que asumió mi hermana ya desde que iba a la escuela primaria, la de velar por que nuestra inflamable madre no empezase a arder. Con once años no sólo sabía conducir coches de cambio manual, sino que era capaz de disuadir a cualquier guardia de tráfico de que le pusiera una multa arguyendo que se había dejado el carnet en casa: «Señor agente, me pilla usted llevando a mi hermana pequeña a casa de nuestra madre porque tiene la fiebre disparada, la pobre criatura». Mi tarea consistía en poner cara de enferma. (Ya he comentado en alguna ocasión que cuando mi hermana se decida a escribir sus memorias yo siempre apareceré vomitando, haciéndome pis encima o llorando).

Por muy mías que sean estas historias, en cierto modo han dejado de serlo, pues diez años después yo ya no soy la misma persona que escribió El club de los mentirosos. Como bien dice Ian McEwan, alargar tanto la promoción de un libro te convierte en subalterna de tu antiguo yo. Aparte de leer algún que otro párrafo cuando me lo han pedido, no he abierto El club de los mentirosos desde que grabé el audiolibro, y no tengo ningún interés en hacerlo.

Sin embargo, gracias a él sigo recibiendo la mejor de las recompensas: la comprensión de la gente. Cada vez que dedico ejemplares después de una presentación hay algún lector que se queda hasta el final para hablar conmigo, y entonces me convierto en confidente de la improbable saga de un desconocido mientras el auditorio se vacía a nuestro alrededor. Soy la elegida para esa clase de confidencias porque la gente da por sentado que empatizaré, y no exagero si digo que no se equivocan.

Pero la primera vez que salí «a la carretera» iba con un miedo cerval, temerosa de que las personas que más quiero en el mundo fuesen percibidas como criaturas grotescas y a mí me compadecieran igual que a una huerfanita dickensiana. Ocurrió todo lo contrario. Lectores de toda clase y condición en ciudades de todo el país me confiaban unas infancias que, si bien discrepaban de la mía entérminos de pirotecnia superficial (hogueras y herencias despilfarradas), coincidían al cien por cien en lo tocante a los sentimientos. Me movía de ciudad en ciudad con la sensación de que se creaba una comunidad a mi alrededor.

Hasta el clan aparentemente más perfecto ha capeado sus temporales. «Yo tuve una de esas familias perfectas que una siempre querría que la adoptase», me dijo una se- ñora muy elegante en Chicago. Pero a su padre, médico, le encajaron una denuncia por mala praxis. Cada noche salían de la coctelera de plata unos cuantos martinis más de la cuenta. Contaban las malas lenguas que estaba liado con su enfermera.

¿Qué pasó? Yo estaba en ascuas.

«Tiramos para delante», me explicó. «Y la mala racha pasó». Pero no sin que él le destrozara la bici con el Cadillac en una noche de borrachera y su madre amenazara con el divorcio. También ella había pasado noches enteras en vela con la sensación de que los cimientos de su familia se tambaleaban mientras sus padres, transformados en criaturas monstruosas, discutían a grito pelado.

No todos relataban momentos tan caóticos como el pan de cada día. Un tipo cuyos padres eran traficantes cruzó infinidad de veces la frontera con bolsas de heroína bajo el esquijama. Otra mujer había visto con tan sólo cinco años a su madre alcohólica ahorcarse mientras ella trataba de taparle los ojos a su hermano pequeño.

Historias así desbarataban el mito de que dramas familiares tan turbios te condenan al pabellón psiquiátrico de por vida. La mayoría de esas personas —al menos, en apariencia— había superado sin secuelas una niñez problemática.

En una librería de Portland, una psicóloga me habló muy específicamente del poder que la narrativa había ejercido sobre su vida. Había sido criada por una esquizofrénica sin tratar que escogía la ropa que su hija se pondría para ir a la escuela según lo que Dios en persona le dictaba por la radio. La niña se aficionó (igual que yo) a meterse en casas ajenas. Durante la universidad combatió la depresión a base de terapias. Con cincuenta años llevaba una gabardina de Burberry, estaba felizmente casada y había criado a varios hijos. Además, mantenía el contacto con su madre, cuyos cambios de humor habían mejorado gracias a la medicación y a la disminución del estrés que lleva aparejada la vejez.

La señora de Chicago me contó que las historias le habían salvado la vida. Narrar la epopeya familiar es uno de los fundamentos de la terapia tradicional. Según la sabiduría popular, quien canta, su mal espanta. A partir de una serie de relatos sobre la niñez, aquella mujer se fabricó una identidad que ni rompía con el pasado ni se quedaba estancada en él.

En nuestro anhelo solitario por reafirmarnos en que hemos obrado bien en el seno de familias considerablemente aisladas, la experiencia personal ofrece la posibilidad de transformar tanto a los narradores como a los oyentes. Así como la novela se apropió de las experiencias de una sociedad urbana e industrializada que no cabían en sermones, epístolas ni poemas épicos, las memorias —con voz única y profundamente personal— se enfrentan a los problemas familiares de una manera que magnetiza a los lectores. Los buenos ejemplos confirman mi experiencia en una familia disfuncional. Nos nutren igual que la hostia de la comunión, conforman un alimento que parece crear carne nueva.

Según la particular estadística que he llevado a cabo entre otros escritores, El club de los mentirosos y Cherry son singulares desde el punto de vista documental no tanto por la cantidad de correo que han generado (la bendición y al mismo tiempo la maldición del superventas), sino por la extensión e intensidad de esas cartas. En el punto culminante del ciclo de ventas del primer libro, cuando llegó a ocupar durante meses el segundo puesto en la lista de los más vendidos de The New York Times (no, nunca llegó a ser número uno), recibía del orden de las cuatrocientas o quinientas cartas semanales, una cifra que actualmente ha pasado a ser de entre veinte y sesenta al año, debido a sabe Dios qué.

¿Cuántas de ellas arrancaban con un: «Nunca le he contado esto a nadie, pero…»? No lo sé. He perdido la cuenta. Una barbaridad.

De acuerdo, reconozco que recibí muchas pedidas de mano desde la cárcel, criminales que me proponían ser su negra y escribir la fascinante historia de su injusto enchironamiento mientras ellos se ilusionaban con la posibilidad de un vis a vis. Pero la mayoría de las cartas eran de gente normal y corriente, misivas extensas en las que se devanaban toda clase de historias familiares. Recibí fotos escolares, recortes de prensa, esquelas y hasta una fotocopia de una orden de alejamiento (esto último, sólo una vez). Muchos psiquiatras me escribieron para contarme que habían recomendado mi libro a sus pacientes por considerarlo útil en las terapias para abusos sexuales en niños, alcoholismo y traumas infantiles.

Para mucha gente, leer El club de los mentirosos era como forzar una cerradura. «Tu libro ha desenterrado muchísimos recuerdos…». O bien: «Me he reconciliado con mi hermano después de leer El club de los mentirosos…», o: «He puesto por escrito algunos de los momentos que vivimos cuando mi padre volvió de Vietnam…»; o incluso: «Ignoraba hasta qué punto el cáncer que mató a mi madre me estaba pudriendo a mí también…».

Es la respuesta soñada por cualquier escritor, lo que yo misma deseaba ya desde que de pequeña dibujaba cartulinas para el Día de la Madre: conectar al lector a un enchufe y poner en marcha esa máquina psicológica y personal que le proporciona una vida con más sentimiento.

La semana pasada viví lo que en mi familia se conoce como «un momento club de los mentirosos» en un deli en pleno centro de Manhattan. Estaba tomando algo con unos compañeros de la clase de yoga cuando, de pronto, salió a colación el tema de las memorias. Una mujer soltó el cuchillo sin haber acabado de untarse la mostaza y se volvió hacia mí toda emocionada. «¡Tienes que leer El club de los mentirosos, de Mary Karr!». La cara de la mujer, una actriz de Broadway conocidísima, transmitía el celo de una curtida presentadora de teletienda.

«¡Pero si Mary Karr soy yo!», le contesté. 

Y en ésas se echó a llorar, pidiéndome perdón y enjugándose los ojos con la servilleta. «Tu libro me cambió la vida», me dijo.

Puede sonar a jactancia y pura palabrería, pero es un fenómeno lo bastante extendido como para comentarlo. Se me han echado a llorar tantos lectores al conocerme que acabé por llevar una caja de pañuelos a todas las sesiones de firmas. Incluso ideé una broma para romper la tensión a propósito de lo decepcionante que yo podía llegar a ser en persona. Y cada vez que alguien me decía (como esta mujer que acabo de mencionar) que su psiquiatra le había recomendado el libro, mi respuesta era animar a que lo denunciara por mala praxis, pues el libro no retrata a ningún as de la salud mental. En el momento en que salíamos del restaurante, la actriz me dio su tarjeta. «Tengo muchas historias que contarte».

Esas historias suyas sin duda confirmarán una vez más la única dosis de sabiduría irrefutable sobre la familia que me ha proporcionado la odisea de El club de los mentirosos, y que ahora se repite hasta la saciedad: cualquier familia compuesta por más de un miembro es una familia disfuncional. En otras palabras: en el barco donde tan sola puedo sentirme, en realidad, vamos todos.

Si bien El club de los mentirosos se concibió como una carta de amor a mi imperfectísimo clan, ésta ha engendrado (a su manera) otras cartas de amor procedentes del mundo entero. Su publicación supuso para mí —ya en la edad adulta, inesperadamente— lo que yo tanto había ansiado siendo una niña soñadora que sólo hallaba consuelo enla lectura: ese lugar mítico habitado por almas afines que florecen juntas al compartir viejas historias, esas que te enardecen el ánimo y te liberan, las auténticas. Así que pasad y poneos cómodos.

 

Mary Karr Diciembre de 2004

 

 

 

 

 

I. TEXAS, 1961

 

«nada importa sino la calidad

del cariño—

al fin— que ha grabado la huella en la mente

dove sta memoria»

Ezra Pound, en «Cantar LXXVI»

 

 

c a p í t u lo 1

 

 

Mi recuerdo más nítido es el de un instante aislado envuelto en oscuridad. Yo tenía siete años y estaba sentada en un colchón en el suelo, con el médico de la familia de rodillas ante mí. Llevaba un polo amarillo desabrochado y la mata de vello le formaba una uve en el pecho. Nunca lo había visto vestido con algo que no fuera una camisa blanca almidonada y una corbata gris. Aquel cambio me desconcertó. Tiró del dobladillo de mi camisón preferido, un campo de algodón blanco y crespo estampado con ramilletes de lupinos de Texas atados con cintas. Había recogido las rodillas para formar una tienda de campaña. Él podría habérmelo sacado por la cabeza con un sencillo movimiento, pero algo lo animaba a tratarme con delicadeza. «Enséñame las marcas», dijo. «Venga, va. No voy a hacerte daño». Tenía los ojos azules y acuosos detrás de las enormes gafas, y un bigote que parecía una oruga. «¿Vale? Levántate esto y dime dónde te duele». Agarraba una parte del dobladillo entre el pulgar y el índice. Yo no lloraba, y no recuerdo dolor alguno, pero me hablaba con esa voz suplicante que entonaba cada vez que escondía una aguja larga detrás de la espalda. No me fiaba un pelo de él, aunque me caía bien. El cuarto que compartía conmi hermana estaba a oscuras, pero no me apetecía subirme el camisón sabiendo que había un montón de extra- ños pululando por el salón.

Tardé tres décadas en descongelar este instante. Los vecinos y la familia me ayudaron a transformar en panorámica esa diapositiva suelta y diáfana. Detrás del médico, el cabecero de la cama inclinado contra la pared tenía una apariencia terrorífica y arácnida en la oscuridad. En una esquina, la cajonera estaba volcada hacia atrás como una tortuga varada, con los cajones salidos y tirados. Había pilas de ropa desparramada, puzles, tebeos y los libros de la colección Golden Books que mi madre me compraba en la cola del supermercado si no me movía del carrito. El vano de la puerta enmarcaba la inmensa silueta retroiluminada del sheriff Watson, que sostenía a mi hermana, de nueve años, con un solo brazo fornido. Ella llevaba su pijama rosa y le rodeaba la cintura con las piernas. Manoseaba la insignia con una concentración demasiado intensa para el interés real que un objeto así podía suscitar en ella. Ya a esa edad reaccionaba con cinismo ante cualquier forma de autoridad. Se burlaba públicamente de las monjas y faltaba al respeto a los profesores. Sin embargo, distinguí cierta expresión de deferencia en su semblante. El sombrero de vaquero proyectaba una espesa sombra sobre las facciones del sheriff, pero me pareció ver una especie de media sonrisa tierna que nunca antes le había visto.

Yo le tenía un miedo instintivo al sheriff, basado en la propensión de mi padre a meterse en peleas. De vezen cuando abría la mosquitera de la puerta trasera con los nudillos magullados y ensangrentados y se acuclillaba para darnos instrucciones a mí y a Lecia (pronúnciese «Lisa», me habría obligado ella a especificar). «Si se pasa el sheriff por aquí le decís que lleváis días sin verme». En realidad el sheriff nunca venía a nuestra casa, de modo que nunca se puso a prueba mi habilidad para mentir descaradamente a un representante de la ley. Pero su mera presencia aquella noche me embargó de una sensación extraña: «He hecho algo malo y ha venido el sheriff». Si hubiera sido capaz de articular palabra, o si alguno de los presentes hubiese estado por la labor de escucharme, habría dicho eso mismo. Pero cuando eres una niña y ocurre algo gordo el personal te hace el mismo caso que si fueras un mueble. 

Sólo con el paso del tiempo cobró vida la panorámica, como una bola de cristal de película cuyas imágenes se precisan a partir de un borrón brumoso. La acción de los personajes se fue haciendo perceptible hasta que la escena adquirió de pronto un movimiento plácido. La mandíbula del sheriff Watson se bañaba en luz y regresaba a las sombras con regularidad mientras le decía algo a mi rubia hermana, de insólita actitud angelical, que yo no podía oír. Unos bomberos con impermeables amarillo canario empezaron a entrar y salir del cuarto de al lado, y los dedos rechonchos del doctor Boudreaux volvieron a frotar el borde de mi camisón estampado igual que las ancianas cuando evaluaban las telas del baratillo. Debía de haber una ambulancia en la calle, porque unos triángulos grandes de luz roja atravesaban la habitación con regularidad. Casi podía sentirlos desplazarse por mi cara, y a través de la trama de madreselva de la ventana vi en el jardín trasero unas llamas como las de la fogata de celebración de un partido de fútbol americano. 

El volumen de la noche empezó a subir. Personas con botas muy recias daban zapatazos por toda la casa. Alguien apagó la sirena de la ambulancia. La mosquitera de la puerta trasera se abría y se cerraba. Nipper, el perro de mi padre, gruñía por lo bajo y hacía tintinear la cadena en el jardín. Era un perro taciturno entrenado para beber cerveza y morder a los desconocidos. Se había hecho famoso por saltar de la camioneta en marcha para perseguir y pelearse con cualquier otro perro que viera. Al chihuahua de una señora lo había matado y sacudido como un guiñapo mientras papá intentaba sacarlo del garaje de la mujer, que lloraba desconsolada. Una voz desconocida exclamó que sacaran de allí a ese hijo de puta y yo supe que se referían a Nipper, que aquella noche se perdió en los bayous1 del este de Texas; o, más bien, según dedujo mi hermana más adelante, en la cámara de gas de la perrera local. Sea como sea, lo cierto es que no volvimos a verlo, y a mí me dio más o menos igual. Nipper me había mordido más de una vez.

Más portazos, más zapatazos y la estática de la radio del coche patrulla de la calzada. «Venga, cariño», me decía el doctor Boudreaux, «enséñame las marcas. No te voy a hacer daño». Yo seguía esperando que mi mirada y la de mi hermana se encontraran para tener alguna pista de có- mo actuar, pero Lecia no le quitaba ojo a la insignia. No recuerdo haber hablado. Debí de contarle en algún momento al doctor Boudreaux que no tenía ninguna marca. Y era verdad. Tardé mucho en cerciorarme, y más aún en abrir mi memoria desde ese punto exacto y orientarla hacia el resto de mi vida. Lo siguiente que recuerdo es ir de la mano del sheriff Watson. Seguía cargando con mi hermana, que había decidido hacerse la dormida. Mis ojos quedaban a la altura de su cinturón, del que colgaban el arma reglamentaria y una porra pequeña de piel que ya entonces debía de ser ilegal en el estado de Texas. Tenía la forma de una inmensa lágrima negra. Reprimí la necesidad de tocarla. Lecia apoyaba la cara contra su cuello en todo momento, pero yo sabía que estaba despierta. Mi hermana tenía el sueño ligero como los gatos, y tanto jaleo le habría impedido pegar ojo. El sheriff me cogía la mano izquierda. Levanté la que me quedaba libre y pellizqué el tobillo sucio de Lecia. Muy fuerte. Ella soltó una coz, subió el pie para ponerlo fuera de mi alcance y volvió a acurrucarse en su falso sue- ño contra el pecho del sheriff.

 

 

 

 

Mary Karr nació en Groves (Texas, Estados Unidos) en 1955, y desencadenó una revolución con su obra El club de los mentirosos, que fue uno de los libros más vendidos durante un año entero según el New York Times, y mejor libro del año para The New York Times Book Review, The New Yorker, People y Time. Karr ha ganado el Whiting Award, el Radcliffe’s Bunting Fellowship y dos premios Pushcart. Además, ha recibido una beca Guggenheim. Entre sus obras destacan The Art of Memoir, las memorias Lit y Cherry y poemarios como Sinners Welcome, Viper Rum o The Devil’s Tour. Actualmente es profesora de Literatura en la Universidad de Siracusa y vive en Nueva York.

 

 

 

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