María Fernanda Ampuero, 38 años. Escritora.

Una mujer debe tener dinero y una habitación propia si desea escribir ficción

— Virginia Woolf

Me llaman niña con inquietudes. «María Fernanda es una niña con inquietudes», dicen las amigas de mi madre cuando paso por ahí, aburrida hasta la muerte, mientras ella juegan a las cartas. Mi madre asiente. Ninguna trabaja, ninguna lee, ninguna habla de política ni de cine ni del mundo real. No sé si me gusta ser una niña con inquietudes porque eso quiere decir que soy distinta, que no soy, por ejemplo, mi prima Paola que es sólo una niña. No. Que es una niña muy bonita.

«Paola es una niña muy bonita».

«María Fernanda es una niña con inquietudes».

Mi abuela, cuando se cansa de jugar a las cartas y le da por ahí, de pura aburrida, hace vestidos para sus nietas. El de Paola siempre es rosa, rosa el color de las niñas, rosa lo apropiado, lo de princesa, lo de lucir con un lazo a juego en la cabeza.

El de María Fernanda es del otro color, ya sea verde, azul marino, amarillo pato sucio o celeste, el horroroso celeste. Mis padres me obligan a ponérmelo para visitar a los abuelos y sé que Paola estará ahí con su pelo liso en su cabeza lisa de niña sin inquietudes luciendo el maldito vestido rosa que yo tanto quería, que tanto pedí («abuelita, ¿el rosa es para mí?») y nos tomarán una foto a las dos («sonrían») y yo sonreiré tan mal porque ya se me han caído los dientes de adelante y me han cortado el pelo («qué desgracia que tengas el pelo tan rizado») como a un pobre soldado y pareceré un chancho celeste y calvo mientras que ella, la prima, parecerá una princesita de cuento.

Entonces el mensaje es que a las niñas con inquietudes hay que domarlas, hay que diferenciarlas, hay que hacerlas sentir que así no van a ninguna parte y que, además, son feas y siempre lo serán. Por eso el vestido rosa se lo gana la niña que no protesta, que no hace preguntas incómodas («¿y ustedes, mujeres, por qué no trabajan?»), que no observa con esos ojos que parecen querer tragarse el mundo, que no dice no, que no anda con la nariz pegada a un libro como un ratón feo de biblioteca, sino mirándose al espejo, siendo delgada, siendo delicada, riendo tapándose la boca, obedeciendo sin rechistar.

El otro vestido, en cambio, siempre fue para mí.

Así que un día cogí las tijeras y, jugando a ser Hulk, lo desgarré en mil pedacitos celestes.

Total, no me gustaba andar con vestido. 

      

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